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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Junto a la entrada estaban media docena de guardias de la reina, cuyos pulcros tabardos rojiblancos y bruñida armadura ofrecían un marcado contraste con el desaliño de la gente que pasaba por riadas bajo el arco de la piedra. Con espaldas rígidas y cabeza enhiestas, observaban a los recién llegados con un recelo desdeñoso que evidenciaba que, si les hubieran dado a escoger, habrían cerrado el paso a la mayoría de ellos. No obstante, aparte de dejar espacio libre suficiente para el tráfico procedente de la ciudad y contener a quienes pretendían entrar a empellones, no ponían trabas a nadie.

—Manteneos en vuestro lugar. No empujéis. ¡No empujéis, así os ciegue la Luz! Hay espacio suficiente para todos, con la ayuda de la Luz. Manteneos en vuestro lugar.

El carro de Bunt franqueó las puertas de Caemlyn con la lenta marea del gentío.

La ciudad se asentaba en suaves colinas, distribuidas como escalones que ascendían hacia el centro, el cual se hallaba rodeado por un segundo muro de un blanco resplandeciente, en su interior había aún más torres y cúpulas, albas, doradas y purpúreas, cuya posición en la cima de los altozanos las elevaba por encima del resto de Caemlyn. Rand dedujo que aquél debía de ser el casco viejo que había mencionado Bunt.

El camino de Caemlyn cambió de aspecto tan pronto como se encontraron al otro lado de las murallas, para convertirse en una amplia avenida, dividida por anchas franjas de hierbas y árboles. El césped estaba seco y los árboles desprovistos de follaje, pero la gente, que caminaba con paso apresurado junto a ellos, y reía, charlaba y discutía, parecía no percibir nada extraordinario, pues nadie acusaba el hecho de que aquel año no había llegado la primavera y tal vez no fuera a hacerlo. Rand advirtió que, consciente o inconscientemente, no lo veían. Sus ojos se desviaban de las desnudas ramas mientras hollaban la hierba muerta sin bajar la vista hacia ella. Podían hacer caso omiso de lo que no veían, creer en su inexistencia.

Mientras miraba boquiabierto la urbe y su habitantes, lo sorprendió que el vehículo se adentrara en una calle lateral, más estrecha que la anterior; aunque a pesar de ello tan amplia como cualquiera de las de Campo de Emond. La circulación no era tan intensa allí; la multitud se dividía en dos al paso del carro, sin aminorar la marcha.

—Lo que escondes debajo de la capa, ¿es realmente lo que Holdwin dice?

Rand, en el acto de cargarse las alforjas al hombro, ni siquiera pestañeó.

—¿A qué os referís? —inquirió con voz firme, a pesar del nudo que se había formado en su estómago.

Mat contuvo un bostezo con una mano, pero introdujo la otra bajo la capa —Rand sabía que era para aferrar la daga de Shadar Logoth—y sus ojos adquirieron una dura mirada de animal acorralado. Bunt evitó mirar a Mat, como si estuviera al corriente de que empuñaba un arma oculta.

—A nada, supongo. Vamos a ver, si oísteis que me dirigía a Caemlyn, os quedasteis suficiente rato como para escuchar el resto. Si me interesara cobrar la recompensa, habría encontrado alguna excusa para entrar en la posada y hablar con Holdwin. Lo que ocurre es que Holdwin no me cae simpático y tampoco me gustó nada aquel amigo suyo, nada de nada. Da la impresión de que está más interesado en vosotros dos que en… otra cosa.

—No sé lo que quiere —comentó Rand—. Nunca lo habíamos visto. —Era factible incluso que aquello fuera la pura verdad, dado que era incapaz de distinguir un Fado de otro.

—Ya, ya. Bueno, como digo, yo no sé nada y creo que tampoco quiero saberlo. Ya hay suficientes problemas como para que vaya a buscar más.

Mat se demoró en recoger sus cosas; Rand ya se encontraba en la calle antes de que él se dispusiera a salir del vehículo y lo aguardaba con impaciencia. Cuando Mat se apeó del carro con el arco, el carcaj y la manta doblada apresados contra su pecho, murmuraba entre dientes. Sus ojos estaban marcados por profundas ojeras.

A Rand le rugió el estómago. El hambre combinado con el agrio ardor de tripa le hizo temer que fuera a vomitar. Mat lo observaba ahora en actitud expectante. «¿Qué iban a hacer ahora? ¿Adónde debían encaminarse?»

Bunt asomó el cuerpo y le indicó que se acercara. Lo hizo, con la esperanza de que le diera consejos para moverse en aquella ciudad.

—Yo que tu escondería eso… —El viejo campesino se detuvo para mirar cauteloso en torno a sí. La muchedumbre circulaba a ambos lados del carro, pero, a excepción de algunos viandantes que protestaban porque obstruían el paso, nadie reparaba en ellos—. Deja de llevarla —le avisó—, ocúltala, véndela o regálala. Eso es lo que haría yo. Una cosa así llamará por fuerza la atención y supongo que no es eso lo que te conviene.

De pronto se enderezó, azuzó al caballo y se alejó lentamente por la transitada calle sin añadir palabra alguna ni mirar atrás. Un carromato cargado de toneles avanzaba hacia ellos. Rand se apartó de un salto, se tambaleó y, cuando volvió a mirar, Bunt se había perdido de vista.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Mat, que se humedecía los labios mientras observaba con ojos muy abiertos a las personas que no cesaban de recorrer la calle y los edificios que se elevaban hasta seis pisos por encima del nivel del suelo—. Estamos en Caemlyn, pero ¿qué vamos a hacer? —Se había destapado las orejas, aunque movía las manos como si deseara volver a cubrírselas. En la ciudad reinaba un constante murmullo, del que participaban los numerosos comercios abiertos y las conversaciones de centenares de personas. A Rand le parecía hallarse dentro de una gigantesca colmena, habitada por un incesante zumbido.

—Aun cuando estén aquí, Rand, ¿cómo podremos encontrarlos entre todo esto?

—Moraine nos localizará —repuso Rand.

La inmensidad de la ciudad era una pesada carga sobre sus hombros; deseaba irse, buscar un lugar al amparo del gentío y el ruido. El vacío lo rehuía a pesar de las enseñanzas de Tam, a causa de sus ojos, que no paraban de retener imágenes. En su lugar se concentró en lo que lo rodeaba inmediatamente, dejando de lado lo que se extendía más allá. Si observaba sólo una calle, ésta semejaba a cualquier otra de Baerlon. Baerlon, el último lugar donde todos se habían considerado a salvo. «Nadie se encuentra a buen recaudo ya. Quizá todos hayan perecido. ¿Qué vas a hacer entonces?»

—¡Están vivos! ¡Egwene está viva! —afirmó con violencia. Algunos peatones lo miraron de reojo.

—Tal vez —concedió Mat—. Tal vez. ¿Y qué pasará si Moraine no nos encuentra? ¿Y qué si el único que detecta nuestro paradero es el… el…? —Se estremeció, incapaz de concluir la frase.

—Pensaremos en ello cuando se produzca —dijo con firmeza Rand—. Si es que se produce. Como última alternativa, solicitaría la asistencia de Elaida, la Aes Sedai que vivía en palacio. Primero iría a Tar Valon. Ignoraba si Mat recordaba lo que había explicado Thom acerca del Ajah Rojo… y del Negro…, pero él lo guardaba en la memoria. Volvió a sentir espasmos en el estómago.

Thom dijo que fuéramos a una posada llamada la Bendición de la Reina. Miraremos allí en primer lugar.

—¿Cómo? No podemos pagarnos ni una comida entre los dos.

—Al menos es una manera de empezar. Thom creía que allí nos prestarían ayuda.

—No puedo…, Rand, están por doquier. —Mat bajó la mirada hacia las losas del pavimento y se replegó sobre sí, tratando te esquivar a la muchedumbre que caminaba en derredor—. Dondequiera que vayamos, acuden allí o están ya aguardándonos. Estarán en la Bendición de la Reina también. No puedo… Yo… Nada es capaz de contener a un Fado.

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