El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
La hora tardía explicaba el hecho de que las calles estuviera solitarias. Sin embargo, la mayoría de las casas proyectaban luz en una de sus ventanas y la posada, en el centro del burgo, despedía una potente claridad, rodeada por una aureola dorada que ahuyentaba las tinieblas. La música y las risas, amortiguadas por gruesas paredes, llegaban al exterior. El letrero crujía sobre la puerta impulsado por el viento. Junto a una de las esquinas del edificio había un caballo enganchado a un carro y un hombre que comprobaba los arreos. En el otro extremo había dos hombres de pie, en el borde del círculo iluminado.
Rand se detuvo en las sombras de una casa, demasiado extenuado para tomar uno de los callejones laterales. Un minuto de reposo no sería perjudicial. Sólo un minuto. Mat se dejó caer contra la pared con un suspiro de agradecimiento y se apoyó en ella como si tuviera intención de quedarse dormido allí mismo.
Aquellos dos individuos situados en el borde de las sombras tenían algo que lo inquietaban. Al principio no estaba seguro de ello, pero advirtió que el hombre del carro también lo percibía. Al llegar al extremo de la correa que examinaba, ajustó el bocado en la boca del caballo y luego retrocedió para reiniciar el mismo proceso. Entre tanto se mantenía cabizbajo, con los ojos fijos en lo que hacía, sin mirar a los otros hombres. Habría sido posible, asimismo, que no hubiera reparado en su presencia, a pesar de que se hallaban a menos de doce metros de distancia, si no hubiera tenido en cuenta la rigidez de sus movimientos y el cómo se volvía de modo brusco al realizar una tarea para evitar quedar frente a ellos.
Uno de aquellos individuos no era más que una forma negra, pero el otro permanecía más cerca de la luz, de espaldas a Rand. Con todo, era evidente que no disfrutaba de la charla que estaba manteniendo. Se retorcía las manos, miraba al suelo y agitaba de tanto en tanto la cabeza a modo de asentimiento a algo que el otro le había dicho. Rand no alcanzaba a oír nada, pero tenía la impresión de que el hombre que estaba en la zona más oscura mantenía todo el peso de la conversación; el otro lo escuchaba inquieto.
Por último el individuo envuelto en sombras se alejó y su nervioso acompañante avanzó unos pasos, adentrándose en la zona iluminada. A pesar del frío se enjugaba la cara con el largo delantal que llevaba puesto, como si estuviera empapado de sudor Rand observó, estremecido, la silueta que se perdía en la oscuridad. Desconocía la razón, pero su inquietud parecía estar relacionada con él, un vago prurito en la nuca y el pelo de los brazos hirsuto como si acabara de advertir que algún animal se había colado por su manga. Con un brusco respingo, se frotó los brazos vigorosamente. «Estas volviéndote tan alocado como Mat, ¿no es cierto?»
En aquel momento la silueta pasó junto a la claridad proyectada por una ventana, justo en el borde, y Rand sintió un hormigueo en toda la piel del cuerpo. El letrero de la posada continuaba bamboleándose con el impulso del viento, pero aquella capa oscura no se agitaba.
—Fado —musitó.
—¿Qué? —inquirió Mat, y se levantó de repente como si hubiera oído un grito.
Rand le tapó la boca con la mano.
—En voz baja. —La oscura forma se había perdido en las tinieblas. «¿Dónde?»—Ya se ha ido, creo. Espero. —Cuando retiró la mano, el único sonido que emitió Mat fue una larga inspiración.
El nervioso interlocutor, que se encontraba casi al lado de la puerta de la posada, se detuvo y se alisó el delantal, recobrando a todas luces la compostura antes de entrar en el local.
—Vaya unos amigos más extraños que tienes, Raimun Holdwin —observó de improviso el hombre del carro. Su voz era la de un anciano, pero impregnada de firmeza. El interpelado se irguió y sacudió la cabeza—. Unos amigos extraños para que los frecuente un posadero a oscuras.
El tal Raimun tuvo una sacudida al oír hablar al otro y miró a su alrededor como si hasta entonces no hubiera visto el vehículo ni a su dueño. Hizo acopio de aire, recuperó el aplomo y luego preguntó:
—¿Y qué insinúas con eso, Almen Bunt?
—Simplemente lo que he dicho. Unos amigos extraños. No es de por aquí ése, ¿verdad? Ha venido mucha gente rara las últimas semanas. Una terrible cantidad de gente rara.
—Mira quién fue a hablar. —Holdwin dirigió una mirada al hombre del carro—. Conozco a muchas personas, incluso a ciudadanos de Caemlyn. No como tú, que te pasas la vida encerrado en esa granja tuya. —Se detuvo y luego prosiguió, como si se creyera en la obligación de dar una explicación—. Es de Cuatro Reyes y va buscando a un par de rateros. Unos jóvenes que le robaron una espada con la marca de la garza.
Rand había contenido el aliento a la mención de Cuatro Reyes; al escuchar lo de la espada miró de reojo a Mat. Su amigo tenía la espalda pegada a la pared y estaba escrutando la oscuridad con los ojos tan desorbitados que parecían totalmente blancos. Rand también quería concentrar la mirada en la noche —el Semihombre podía estar en cualquier parte—, pero sus ojos volvieron a posarse en los dos individuos apostados frente a la posada.
—¡Una espada con la marca de la garza! —exclamó Bunt—. No me extraña que quiera recuperarla.
—Sí, y a ellos también quiere echarles las manos encima. Mi amigo es un hombre rico, un…, un mercader, y ellos le han ocasionado problemas con sus criados, les han contado historias falsas y han creado malestar entre ellos. Son Amigos Siniestros seguidores de Logain.
—¿Amigos Siniestros y seguidores del falso Dragón? ¿Y que cuentan historias falsas también? Es mucho pedir para dos muchachos. ¿Has dicho que eran jóvenes? —La voz de Bunt expresaba una jocosidad que el posadero no pareció percibir.
—Sí, de menos de veinte años. Hay una recompensa de cien coronas de oro para ambos. —Holdwin titubeó antes de añadir— Son unos tipejos astutos, esos dos. Sólo la Luz sabe qué tipo de patrañas le contarán a uno, para intentar crear enemistades entre la gente. Y peligrosos también, aunque no lo diríais por su aspecto. Perversos. Es mejor que no os acerquéis a ellos si los vierais por azar. Dos hombres jóvenes, uno con una espada, y los dos caminan mirando tras de sí. Si son ellos, mi… amigo vendrá a recogerlos cuando sepa dónde están.
—Hablas como si los conocieras en persona.
—Los reconoceré cuando los vea —confesó confidencialmente Holdwin—. Pero no intentes atraparlos solos. No es preciso que alguien salga malparado. Ven a decírmelo si te topas con ellos. Mi…, mi amigo se ocupará de ellos. Cien coronas, pero los quiere a los dos.
—Un centenar de coronas para los dos —murmuró pensativo Bunt—. ¿Y cuánto da por esa espada que desea recuperar a toda costa?
De pronto Holdwin cayó en la cuenta de que el otro hombre estaba mofándose de él.
—No sé por qué te estoy explicando esto —espetó—. Veo que aún estas empecinado en llevar a cabo ese descabellado plan.
—No tan descabellado —replicó plácidamente Bunt—. Quizá no haya otro falso Dragón que ver antes de que me muera, ¡así lo quiera la Luz!, y soy demasiado viejo para tragar el polvo levantado por un mercader durante todo el camino a Caemlyn. Tendré todo el camino para mí y mañana a primera hora estaré en Caemlyn.
—¿Para ti? —La voz del posadero tembló con una extraña turbación—. Nunca se sabe qué puede haber fuera, de noche, Almen Bunt. Solo en el camino, a oscuras. Aunque te oyera gritar, nadie descorrería el cerrojo de su puerta para socorrerte. No en estos tiempo, Bunt. Ni siquiera tu vecino más próximo.
Nada de lo dicho pareció amedrentar al viejo granjero, que respondió con tanta calma como antes.
—Si la guardia de la reina no es capaz de preservar la seguridad del camino a esta distancia de Caemlyn, no estaremos a salvo ni en nuestra propia cama. Por si te interesa saberlo, una de las cosas que podría hacer la guardia para conservar la placidez de los viajeros es arrestar a ese amigo tuyo, que se desliza en la oscuridad, como si tuviera miedo de que le vean la cara. No me digas que está tramando algo bueno.