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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Los carromatos de mercaderes avanzaban coro escaso impedimento entre los puños alzados hacia ellos, ya fuera en dirección a Caemlyn o a la inversa. Cuando apareció la primera caravana, temprano por la mañana, aproximándose a un trote regular cuando el sol apenas superaba la altura de los carruajes, Rand se hizo a un lado. No parecían dispuestos a detenerse por nada y vio cómo los otros caminantes hubieron de cederles el paso con urgencia. Él se apartó al margen, pero continuó caminando.

Un asomo de movimiento al acercarse el primer carromato rodando con gran estrépito fue el único aviso que tuvo. Se echó al suelo un segundo antes de que el látigo del carretero restallara en el aire que había ocupado su cabeza. Tendido en el suelo, percibió la dura mirada del conductor. Unos ojos imperturbables sobre una boca deformada en una rígida mueca. A aquel hombre no le importaba si le había hecho brotar sangre o le había arrancado un ojo.

—¡Así os ciegue la Luz! —gritó Mat detrás del carruaje—. No tenéis derecho… —Un guardián a caballo le golpeó el hombro con el mango de su lanza y lo derribó encima de Rand.

—¡Fuera del camino, asqueroso Amigo Siniestro! —gruñó el guarda sin detenerse.

Después de aquello, se mantuvieron alejados de los carromatos. Su circulación era frecuente, por desgracia. Apenas se había amortiguado el estrépito de uno cuando ya se oía aproximarse otro. Los guardas y los conductores miraban sin excepción a los viajeros que caminaban hacia Caemlyn como si fueran basura ambulante.

En una ocasión, Rand calculó mal la longitud de un látigo y éste le abrió un profundo tajo encima de la ceja. Tragó saliva para contener su protesta. El carretero le sonrió de modo afectado. Agarró a Mat de la mano para evitar que colocara una flecha en el arco.

—Déjalo —dijo. Dio un respingo al advertir a los guardas que cabalgaban cerca de los carromatos. Algunos reían; otros miraron con fiereza el arco de Mat—. Con suerte, sólo nos aporrearían las lanzas. Con suerte.

Mat gruñó con amargura, pero permitió que Rand tirara de él hacia el camino.

Dos escuadrones de la guardia de la reina se acercaron al trote, con las cintas de sus lanzas flameantes en el viento. Algunos granjeros los saludaban, deseosos de expresarles la necesidad de reaccionar ante la presencia de tantos forasteros, y los guardias se detenían cada vez para escuchar pacientemente. Cerca del mediodía Rand se paró para oír una de aquellas conversaciones.

Detrás de la rejilla de su yelmo, la boca del capitán de la guardia formaba una fina línea.

—Si uno de ellos roba algo o traspone el límite de vuestras tierras —explicaba al desgarbado campesino que fruncía el entrecejo junto a los estribos—, lo llevaré ante un magistrado, pero no infringen ninguna ley real por caminar por la carretera pública.

—Pero están por todas partes —objetó el campesino—. ¿Quién sabe quiénes son ni de dónde vienen? Todas estas habladurías acerca del Dragón…

—¡Luz, hombre! Aquí sólo hay un puñado. Las murallas de Caemlyn están a punto de rebosar y cada día llegan más. —La hosca expresión del capitán se agudizó al advertir a Rand y Mat, plantados al lado. Señaló el camino con un guantelete reforzado con acero—. Continuad camino u os arrestaré por interrumpir el tránsito.

Su voz no fue más ruda al hablarle a ellos que al hacerlo con el granjero, pero sus palabras surtieron efecto. La mirada del capitán los siguió durante unos minutos; Rand la sentía clavada en su espalda. Habiendo concluido que a los guardianes les quedaría poca paciencia con los vagabundos y poca compasión para un ladrón hambriento, decidió contener a Mat cuando pretendía robar huevos otra vez.

De todos modos, el hecho de que el camino se hallara tan abarrotado de vehículos y personas que se encaminaban a Caemlyn, en especial de hombres jóvenes, tenía su lado bueno. Por más Amigos Siniestros que pretendieran darles caza, su tarea sería tan difícil como la de distinguir dos palomas concretas en medio de una bandada de ellas. Si el Myrddraal que había atacado la Noche de Invierno no sabía exactamente a quién buscaba, tal vez sus secuaces se hallarían igual de desorientados allí.

Su estómago lo atormentaba con frecuencia, recordándole que no les quedaba dinero, en todo caso no lo suficiente para pagar una comida con los precios tan desmesurados que pedían en las cercanías de Caemlyn. Se sorprendió una vez con la funda de la flauta en la mano y la empujó con firmeza hacia su espada. Gode sabía lo de los conciertos de flauta y los juegos malabares. No había otra forma de averiguar qué había transmitido a Ba’alzemon antes de morir —en el supuesto de que realmente hubiera muerto— ni cuánta información había llegado a otros Amigos Siniestros.

Observó con añoranza una granja que encontraron a su paso. Un hombre patrullaba las cercas con un par de perros que gruñían, ansiosos por zafarse de las correas que los retenían. Aquel individuo tenía aspecto de buscar una excusa para soltarlos. No todas las alquerías tenían perros fuera, pero ninguna ofrecía trabajo a los viajeros.

Antes de la puesta del sol, él y Mat atravesaron dos pueblos más. Los lugareños se apiñaban en grupos compactos; charlaban entre ellos y observaban el continuo flujo de caminantes. Sus rostros no eran más amistosos que los de los granjeros, los conductores de carromatos o los guardias de la reina. Toda esa gente extraña que iba a ver al Dragón. Insensatos que no sabían quedarse quietos en sus casas. Tal vez seguidores del propio Dragón. Si es que había alguna diferencia entre ambas categorías.

Con la proximidad del crepúsculo, la multitud comenzó a disminuir en el segundo pueblo. Los pocos que tenían dinero desaparecieron en el interior de la posada, si bien parecieron tener ciertas dificultades para ser admitidos; otros comenzaron a buscar setos o campos que no estuvieran guardados por perros.

Al anochecer, Mat y él se encontraron a sus anchas en el camino. Mat empezó a sugerir la conveniencia de encontrar otro almiar, pero Rand insistió en la necesidad de proseguir.

—Mientras podamos distinguir el camino —arguyó—. Cuanto más lejos lleguemos antes de parar, más lejos estaremos. «Si os persiguen, ¿por qué habrían de hacerlo ahora, cuando han estado aguardando que os acercarais a ellos?»

Aquél fue un argumento suficiente para Mat. Con frecuentes miradas por encima del hombro, aligeró el paso. Rand hubo de apresurarse para no quedarse atrás.

La noche se oscureció, iluminada sólo por la tenue luz de la luna. El acceso de energía de Mat tocó a su fin y sus quejas arreciaron de nuevo. Rand tenía las pantorrillas agarrotadas y doloridas. Se dijo que había recorrido mayores distancias en un día de trabajo duro en la granja con Tam, pero, por más que se lo repitiera, no lograba convencerse de ello. No obstante apretó los dientes, hizo caso omiso del dolor y la fatiga, y continuó caminando.

Entre los rezongos de Mat y su propia concentración en el siguiente paso que iba a dar, casi se encontraron en el próximo pueblo antes de advertir luces. Se detuvo, tambaleándose, consciente de improviso de una comezón que le recorría los pies y le remontaba las piernas. Dedujo que tendría una llaga en el pie derecho.

Al divisar la población, Mat se dejó caer de rodillas con un gruñido.

—¿Podemos pararnos ahora? —jadeó—. ¿O quieres buscar una posada para colgar un letrero destinado a los Amigos Siniestros? ¿O a un Fado?

—Al otro lado del pueblo —repuso Rand, mirando las luces. A aquella distancia, en la oscuridad, habría podido tratarse de Campo de Emond. «¿Qué nos aguardará aquí?»—. Otro kilómetro, eso es todo.

—¡Todo! ¡No voy a andar ni un palmo!

Rand sentía un terrible ardor en las piernas, pero se obligó a dar un paso y luego otro más. A pesar de que cada uno de ellos entrañaba igual dificultad, porfió en su esfuerzo. Cuando no había dado aún diez pasos, oyó que Mat lo seguía vacilante, murmurando para sus adentros. Pensó que era preferible que no lograra descifrar lo que decía su amigo.

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