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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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A pesar de las distorsiones temporales, Carysford parecía un lugar normal, al menos a primera vista. Casas cuidadas, cubiertas de parras, y callejones angostos —a excepción del propio camino de Caemlyn—, silenciosos y apacibles. «¿Pero lo serán de veras?», caviló. El mercado de Sheran también tenía un aspecto apacible, al igual que el pueblo donde los había atacado la mujer… No había llegado a conocer su nombre y prefería no pensar en ello.

Las ventanas de las casas proyectaban su luz en las calles solitarias. Aquello era conveniente. Deslizándose de esquina a esquina, evitaba a los escasos viandantes. Mat iba pegado a su espalda; se paralizaba siempre que el crujido de la gravilla anunciaba la proximidad de un lugareño y avanzaba agazapado en los lugares iluminados cuando la oscura silueta se había alejado.

El río Cary, cuyas aguas discurrían perezosas, apenas tenía treinta metros de ancho allí, pero el fuerte se había desmoronado mucho tiempo atrás. Los siglos de lluvia y viento habían corroído los contrafuertes de piedra hasta conferirles la apariencia de formaciones naturales. El continuo tránsito de carros y caravanas de mercaderes había desgastado asimismo las gruesas planchas de madera. Algunos tablones sueltos resonaban bajo sus botas con el mismo estrépito que la percusión de un tambor. Hasta mucho después de haber atravesado el pueblo y haberse adentrado en la campiña, Mat mantuvo la aprensión a oír una voz que exigiera saber quiénes eran. O, aún peor, que conociera realmente su identidad.

A medida que avanzaban, el campo presentaba una población más densa. Siempre percibían alguna luz que indicaba la cercanía de una granja; los setos y las vallas cercaban el camino y los campos que se extendían en la distancia. Siempre había campos junto al camino, pero ni un árbol. Tenían la constante sensación de hallarse a las afueras de un pueblo, aun cuando se encontraran a horas de distancia de la próxima población. Belleza y paz; allí no había indicios del posible acecho de Amigos Siniestros.

De repente Mat se sentó en el camino. Tenía la bufanda encima de la cabeza, ahora que la única iluminación emanaba de la luna.

—Dos pasos para un palmo —murmuró—. Cien palmos para un kilómetro, cinco kilómetros para una legua… No voy a dar diez pasos más a menos que me lleven a un sitio donde dormir. Y tampoco estaría mal algo de comer. ¿No estarás escondiendo algo en los bolsillos, eh? ¿Una manzana tal vez? La compartiría contigo si la tuviera. Al menos podrías mirar.

Rand escrutó ambos lados de la vía. Eran los dos únicos seres que se movían en la noche. Echó una ojeada a Mat, que se había quitado una bota y se frotaba el pie. Él también tenía los pies doloridos. Un temblor le recorrió las piernas, como para recordarle que todavía no había recobrado todo el vigor que él pensaba.

Unos bultos oscuros se elevaban en un campo contiguo. Almiares, que habían ido reduciéndose durante la alimentación invernal del ganado, pero que aún conservaban cierto espesor.

—Dormiremos aquí —anunció. Su amigo, colocándose otra vez la bota, se incorporó de inmediato.

El viento estaba alzándose e incrementaba la gelidez de la noche. Saltaron la valla y se zambulleron deprisa en el heno. La lona alquitranada que lo protegía de la lluvia, contenía también las ráfagas de viento.

Rand se revolvió en el orificio que había franqueado hasta hallar una postura cómoda. Aun así, las hierbas lograban abrirse camino por su ropa, pero no tuvo más remedio que conformarse. Intentó calcular el número de almiares en los que había dormido desde que habían partido de Puente Blanco. Los héroes de los relatos nunca se veían obligados a pasar la noche entre pajas ni bajo los matorrales. Sin embargo, ya no le resultaba sencillo imaginarse como un héroe de aventuras, ni siquiera durante un rato. Suspirando, se subió el cuello de la camisa con la esperanza de que el heno no penetrara en su espalda.

—Rand… —lo llamó quedamente Mat—. Rand, ¿crees que lo conseguiremos?

—¿Tar Valon? Todavía falta mucho, pero…

—Caemlyn. ¿Crees que llegaremos a Caemlyn?

Rand irguió la cabeza, pero aquella improvisada madriguera estaba tan oscura como una boca de lobo y lo único que le indicaba la posición de Mat era su voz.

—Maese Kinch ha dicho que estaba a dos jornadas. Pasado mañana o un día después estaremos allí.

—Si no hay Amigos Siniestros que acechen en el camino, o un Fado o dos. —Tras una pausa Mat agregó— Creo que somos los únicos que quedamos con vida, Rand. —Parecía amedrentado—. Sea lo que sea lo que nos persigue, sólo quedamos dos ahora. Sólo nosotros dos.

Rand sacudió la cabeza. Sabía que Mat era incapaz de verlo en la oscuridad, pero de todos modos era ante todo un gesto dirigido a sí mismo. —Duérmete, Mat —aconsejó fatigado.

Él, sin embargo, tardó largo rato en conciliar el sueño. «Sólo nosotros dos».

Al despertar con el canto de un gallo, salió de su escondrijo y sacudió el heno de su ropa. A pesar de sus precauciones algunas briznas se le habían colado por la espalda; las pajitas prendidas a los hombros le producían escozor. Se quitó la chaqueta y se sacó la camisa de los pantalones para hacerla caer. Fue mientras tenía una mano en la nuca y la otra torcida hacia atrás cuando advirtió la proximidad de la gente.

El sol todavía no se había levantado del todo, pero el camino ya estaba transitado por una procesión de personas que caminaban solas o acompañadas en dirección a Caemlyn, unas con fajos a los hombros, otras únicamente con un bastón de apoyo y había algunas muchachas e incluso gente de más edad. Todos sin excepción tenían el polvoriento aspecto de los caminantes que habían cubierto largas jornadas a pie. Parte de ellos clavaban la mirada en el suelo con hombros abatidos; algunos fijaban la vista en cierto punto del horizonte, algo que se encontraba más allá de su visión.

Mat salió rodando del almiar y se puso a rascarse con violencia. Sólo se detuvo el momento justo para enrollarse la bufanda en la frente; aquella mañana se cubrió menos los ojos.

—¿Confías en que podamos llevarnos algo a la boca hoy?

El estómago de Rand rugió ante aquella mención. —Ya pensaremos en eso de camino respondió.

Cuando llegaron a la cerca, Mat reparó en el gentío que recorría la carretera y se detuvo ceñudo en el campo, mientras Rand saltaba. Un joven, apenas mayor que ellos, les dedicó una mirada al pasar. Tenía la ropa polvorienta, al igual que la manta enrollada que colgaba de su espalda.

—¿Adónde te diriges? —le preguntó Mat.

—Hombre, a Caemlyn, a ver al Dragón —repuso a gritos el interpelado sin aminorar el paso. Enarcó una ceja y señaló las mantas y la alforja que ellos acarreaban y añadió— Igual que vosotros. —Continuó andando, con los ojos ávidos prendidos en la lejanía.

Mat formuló la misma pregunta varias veces en el transcurso del día y las únicas personas cuyas respuestas difirieron fueron las de los habitantes de los alrededores, que normalmente se limitaban a escupir y desviar la mirada con aire despreciativo. Miraban a todos los viajeros del mismo modo: de soslayo, con una expresión que indicaba que los forasteros podían causar contratiempos si no los vigilaba alguien.

La gente que vivía en la zona no sólo mostraba recelo ante los desconocidos, sino un leve enfado. La gran cantidad de gente que ocupaba el camino constreñía la marcha de sus carros, ya de por sí lenta. Ninguno de ellos se encontraba de humor para invitar a alguien a subir a sus vehículos. Lo más probable era observar en ellos una amarga mueca y tal vez escuchar una maldición referente al trabajo que no llegaban a tiempo para atender.

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