Torres de medianoche
- Автор: Джордан Роберт, Сандерсон Брендон
- Серия: La Rueda del Tiempo #13
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:
El propio al’Thor parecía resplandecer. ¿Sería el reflejo de las guadañas de fuego o tal vez el estallido de los relámpagos? al’Thor parecía más brillante que todos ellos, con la mano alzada contra los Engendros de la Sombra. Sus Doncellas se habían agazapado —casi pegadas al suelo— a ambos lados de él, con la vista al frente y los hombros en contra del fortísimo viento.
Nubes que giraban unas sobre otras crearon embudos suspendidos sobre las hordas trollocs y barrieron el área de la parte alta de la colina, absorbiendo a los monstruos en sus remolinos. Grandes trombas se alzaron a su paso, pero eran de carne y fuego, no de agua. Los monstruos se precipitaron como una horrenda lluvia sobre los que quedaban en tierra. Ituralde contemplaba el despliegue sobrecogido, notando que se le ponía de punta el vello de los brazos y el pelo en la cabeza. Había una extraña energía en el propio aire.
Sonó un grito en el edificio, muy cerca, en una de las estancias aledañas. Ituralde no dejó de mirar a través de la ventana. Tenía que contemplar ese maravilloso y terrible momento de destrucción y Poder.
Se desbarataron oleadas de trollocs, el ritmo de los tambores flaqueó. Legiones enteras de monstruos dieron media vuelta y huyeron cuesta arriba trompicando unos con otros, poniendo pies en polvorosa de vuelta a la Llaga. Algunos aguantaron firmes, demasiados furiosos o demasiado intimidados por aquellos que los dirigían o demasiado estúpidos para pensar en escapar. La tempestad de destrucción pareció llegar a su apogeo con estallidos de luz que se descargaban al compás del ululato del viento, del vibrante zumbido de oleadas de fuego, del tintineo de las agujas de hielo.
Era una obra maestra. Una obra maestra terrible, destructora, maravillosa. Al’Thor alzó la mano hacia el cielo. Los vientos giraron con más velocidad, las descargas de las chispas eléctricas cobraron intensidad, los fuegos se hicieron más abrasadores. Los trollocs chillaban, gemían, aullaban. Ituralde se descubrió a sí mismo temblando.
Entonces, al’Thor cerró el puño y todo acabó.
Los últimos trollocs arrastrados por el viento hacia las alturas cayeron del cielo como hojas abandonadas por una brisa fugaz. El silencio se adueñó de todo. Las llamas se consumieron, las nubes negras y blancas se despejaron y dejaron un cielo azul.
al’Thor bajó la mano. El campo que se extendía ante él se hallaba cubierto de cadáveres apilados unos sobre otros. Decenas de miles de trollocs muertos ardían lentamente. Justo delante de al’Thor, un cúmulo de cuerpos de anchura formaba un caballón de cinco pies de alto, una montonera de cuerpos que casi había llegado hasta él.
¿Cuánto tiempo había pasado? Ituralde se dio cuenta de que era incapaz de calcularlo, aunque, por la posición del sol, como poco había transcurrido una hora— Tal vez más. Y le habían parecido segundos. Al’Thor giró sobre sus talones para alejarse de allí. Las Doncellas se posaron sobre las piernas temblorosas y lo siguieron a trompicones.
—¿Qué era ese grito de antes? —preguntó Naeff—. El que sonó tan cerca, dentro del edificio. ¿Lo oísteis?
Pensativo, Ituralde arrugó la frente. Sí, ¿qué había sido eso? Cruzó la habitación seguido por unos cuantos, incluidos Bashere y varios de sus oficiales. No obstante, muchos otros permanecieron contemplando el campo purificado con hielo y fuego. Era extraño, pero Ituralde no había visto que hubiera una sola torre derribada en lo alto de la colina. Era como si, de algún modo, los ataques de al’Thor sólo hubieran afectado a los Engendros de la Sombra. ¿De verdad un hombre podía ser tan preciso?
El pasillo estaba vacío, pero Ituralde creía saber ahora de dónde había partido el grito. Se encaminó hacia la puerta de lord Torkumen; Bashere la abrió y entró en la habitación.
Parecía no haber nadie en ella. Ituralde sintió una punzada de temor. ¿Habría escapado ese hombre? Desenvainó la espada.
No. Acurrucada en un rincón, junto al lecho, había una figura vestida con finas ropas que estaban arrugadas y con el jubón manchado de sangre. Ituralde bajó el arma. Lord Torkumen no tenía ojos. Al parecer, se los había sacado con el cañón de la pluma de escribir; el cálamo ensangrentado se encontraba tirado en el suelo, a su lado.
La ventana se había roto y Bashere se asomó por el hueco.
—Lady Torkumen está ahí abajo.
—Saltó —susurró Torkumen mientras se arañaba las cuencas vacías con los dedos llenos de sangre. Hablaba como si estuviera ido—. Esa luz… Esa terrible luz.
Ituralde miró a Bashere.
—No podía mirarla —farfulló Torkumen—. ¡No podía! ¿Dónde está tu protección, Gran Señor? ¿Dónde tus ejércitos para hacer pedazos, tus espadas para dar muerte? Esa luz me devora la mente como ratas dándose un festín con un cadáver. Me abrasa las ideas. Me mata. Esa luz me mata.
—Se ha vuelto loco —dijo Bashere con voz sombría; se arrodilló junto al hombre—. Es una suerte mejor que la que se merece, a juzgar por sus balbuceos. ¡Luz! Mi propio primo un Amigo Siniestro. ¡Y con la ciudad bajo su control!
—¿De qué habla? —preguntó uno de los hombres de Bashere— ¿Una luz? Es imposible que haya visto la batalla. Ninguna de estas ventanas da a la colina.
—No creo que se refiera a la batalla, Vogeler —dijo Bashere—. Salgamos de aquí. Sospecho que el lord Dragón se encontrará muy cansado. Quiero ocuparme de que se le dé la atención requerida.
«Esto es, sí», pensó Min mientras daba golpecitos con el dedo en la página— Estaba sentada en el alféizar de una ventana, en la Ciudadela de Tear, disfrutando de la brisa. E intentando no pensar en Rand. No se encontraba herido, pero sus emociones eran fortísimas. Cólera. Había albergado la esperanza de que jamás volvería a estar tan furioso.
Desestimó la preocupación; tenía trabajo que hacer. ¿Estaría siguiendo el hilo equivocado? ¿Estaría interpretando mal las cosas? Releyó la línea. La Luz resiste ante las fauces del vacío infinito, y todo cuanto él es puede serle arrebatado.
Sus reflexiones se cortaron de golpe al ver aparecer una luz en el cuarto que había al otro lado del pasillo. Soltó el libro y se bajó al suelo de un salto. Rand estaba de repente muy cerca, lo notaba a través del vínculo.
Dos Doncellas vigilaban la puerta del cuarto al otro lado del pasillo, más que nada para evitar que la gente entrara y resultara herida con los accesos. El que se había abierto ahora se comunicaba con un lugar que olía a humo. Rand lo cruzó tambaleándose y Min corrió hacia él. Estaba exhausto, con los ojos enrojecidos, el rostro demacrado. Suspirando, se apoyó en ella y permitió que lo condujera hasta un sillón.
—¿Qué ha pasado? —demandó Min a Evasni, la Doncella que entró a continuación.
Era una mujer larguirucha, con el cabello pelirrojo corto a excepción de una cola en la parte posterior de la cabeza, como lo llevaban casi todas las Doncellas.
—El Car’a’carn está bien —dijo la Aiel—. Aunque es como un joven que corre alrededor del campamento una vuelta más que todos los demás, sólo para demostrar que puede.
—Hoy ha obtenido mucho ji —argumentó Ifeyina, la otra Doncella, casi con acaloramiento y con voz solemne.
Rand suspiró y se recostó en el respaldo del sillón. Bashere apareció por el acceso y las botas sonaron al pisar las baldosas de piedra. Min oyó llamadas desde abajo; a través de un acceso más grande estaban pasando a un grupo de soldados heridos. Los patios de la Ciudadela bullían de actividad con las Aes Sedai que corrían a ocuparse de la Curación de los hombres ensangrentados y sucios de hollín.
Después de Bashere llegó un domani enjuto de mediana edad: Rodel Ithuralde. Su aspecto era terrible, con sangre seca en el rostro mugriento, la ropa desgarrada y un vendaje desmañado en un brazo. Rand no parecía estar herido y tenía la ropa limpia, aunque seguía empeñado en llevar ese viejo capote de mangas anchas de color marrón. Pero, Luz, qué agotado estaba.