Torres de medianoche
- Автор: Джордан Роберт, Сандерсон Брендон
- Серия: La Rueda del Tiempo #13
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:
—¡Tai’daishar! «¡La genuina estirpe de la batalla!»
Mat obligó al ser a desviarse hacia una puerta abierta al fondo del vestíbulo. La habitación que había más allá estaba completamente a oscuras. La luz de las llamas no se reflejaba en las paredes de dentro.
Carai an manshimaya Tylin. Carai an manshimaya Nalesean. ¡Carai an manshimaya ayend’an! «Que mi arma honre a Tylin. Que mi arma honre a Nalesean. Que mi arma honre a los caídos».
El grito de venganza.
El gholam retrocedió hacia la habitación oscura y pisó un suelo de color blanquecino como el hueso; bajó la vista hacia el piso.
Haciendo una profunda inhalación, Mat atravesó el vano de un salto con un último arranque de energía y, con el extremo ardiente del asta de la ashandarei, asestó un golpe fortísimo en la sien del monstruo. Un surtidor de chispas y ceniza saltó alrededor del rostro del gholam. El ser maldijo y trastabilló hacia la derecha.
Y allí casi pisó fuera del borde de una plataforma suspendida sobre un inmenso vacío. El gholam, con una pierna en vilo encima de la oscuridad, lanzó un gruñido rabioso mientras agitaba los brazos con frenesí para mantener el equilibrio.
Visto desde ese lado, el vano de la entrada a la habitación estaba rodeado por una intensa luz blanca que irradiaba de los bordes de un acceso creado para Rasar.
—No sé si puedes morir —susurró Mat—. Pero quiera la Luz que no.
Alzó un pie y propinó un patadón al ser en la espalda que lo lanzó fuera de la plataforma, a la oscuridad inmensurable del vacío. El gholam cayó retorciéndose en el aire y mirando hacia arriba con el semblante contraído en una mueca de espanto.
—Ojalá que no puedas morir —deseó Mat—, porque voy a disfrutar con la idea de que estarás cayendo a través de esa oscuridad por siempre jamás, jodido bastardo nacido de las heces de una cabra.
Mat escupió por el borde y la saliva un poco teñida de sangre cayó detrás del gholam. Ambos desaparecieron en la negrura sin fondo.
Sumeko se acercó a él. La fornida Allegada tenía el cabello negro y largo, así como ese aire de mujer a la que no le gusta que le den órdenes. Casi todas las mujeres lo tenían. Había permanecido escondida a un lado del acceso, donde nadie la vería desde el vestíbulo. Debía quedarse allí para mantener la plataforma blanca, la cual tenía forma de un libro enorme. Lo miró con una ceja enarcada.
—Gracias por el acceso —le dijo Mat.
Después se puso al hombro la ashandarei, que todavía soltaba un hilillo de humo por la punta del asta. La Allegada había creado el acceso dentro de palacio y lo había utilizado para trasladarse a este punto y abrir el acceso al vestíbulo. Habían confiado en que, de ese modo, el gholam no percibiría la presencia de una mujer encauzando, ya que había realizado el tejido en palacio.
Sumeko resopló con aire desdeñoso. Los dos cruzaron el acceso y entraron en el edificio. Varios soldados de la Compañía se afanaban en apagar el incendio. El acceso desapareció, y Talmanes se acercó presuroso a Mat acompañado por otra de las Allegadas, Julanya.
—¿Seguro que la oscuridad no tiene fin? —preguntó Mat.
Julanya era una mujer bonita y metida en carnes que habría cabido bien en las rodillas de Mat. El que tuviera blanco el cabello no mermaba en absoluto su atractivo.
Que nosotras sepamos, no —contestó Sumeko—. Faltó poco para que todo esto desembocara en una pifia, Matrim Cauthon. A ese ser no pareció sorprenderlo el acceso, pero de todos modos creo que lo percibió.
Aun así, logré hacerlo recular hasta la plataforma —argumentó Mat.
Por los pelos. Debiste dejar que nosotras nos ocupásemos de él.
No habría funcionado.
Mat aceptó un pañuelo mojado que le tendía Talmanes. Sumeko le miró el brazo herido, pero Mat no pidió la Curación. Esos tajos se curarían solos sin dar problemas. Hasta podrían dejar una buena cicatriz. Las cicatrices impresionaban a muchas mujeres, siempre y cuando no fueran en la cara. ¿Qué opinión tendría Tuon sobre eso?
—El orgullo de los hombres —respondió Sumeko con otro resoplido desdeñoso—. No olvides que también hemos perdido a algunas de las nuestras a manos de ese monstruo.
—Y me alegro de haber ayudado a que tuvieseis vuestra revancha —le contestó Mat.
Sonrió a la mujer, pero sabía que ella tenía razón, que había faltado poco para que el plan saliera mal. Y estaba convencido de que el gholam había percibido a la Allegada más allá del hueco de la puerta cuando se estaba acercando a él. Menos mal que, por suerte, ese ser no había considerado que una encauzadora representara un peligro.
Talmanes le devolvió los dos medallones caídos, y Mat se los guardó. A continuación desató el que llevaba sujeto en la punta de la ashandarei y volvió a colgárselo al cuello. Las Allegadas contemplaban los medallones con un ansia voraz. En fin, que siguieran mirándolos así cuanto quisieran. Su intención era dar uno a Olver y el otro a Tuon, una vez que la hubiera encontrado.
El capitán Guybon, segundo al mando de Birgitte, entró en la casa.
—¿El monstruo ha muerto?
—No, pero el resultado le anda lo bastante cerca para un contrato de la corona.
¿Contrato de la corona? —inquirió Guybon, ceñudo—. Le pedisteis ayuda a la reina para esta misión, que no se ha llevado a cabo por un acuerdo contractual.
En realidad —intervino Talmanes, que se aclaró la garganta—, acabamos de librar a la ciudad de un asesino que, según el último recuento, ha dado muerte a casi una docena de súbditos de la reina. Tenemos derecho a percibir una prima por combate, infiero.
El cairhienino lo dijo con absoluta seriedad, impertérrito. Bendito fuera.
Tiene razón, puñetas —remachó Mat. Lo fuera de combate al gholam y que encima les pagaran por hacerse el no va más. Tanto como disfrutar de un día soleado, para variar.
Le echó el pañuelo a Guybon y se alejó dejando atrás a las Allegadas, que se cruzaron de brazos y lo vieron marchar con cara de enojo. ¿Por qué razón una mujer se enfadaba con un hombre a pesar de haber hecho exactamente lo que había dicho que haría y haber arriesgado incluso el cuello en el proceso?
—Lamento lo del incendio, Mat —se disculpó Talmanes—. No era mi intención tirar la linterna así. Sé que mi cometido era atraer al gholam dentro del edificio.
—Salió bien —lo tranquilizó Mat, que examinó el extremo del mango de la ashandarei. El daño era mínimo.
No habían sabido de antemano dónde lo atacaría —o si lo atacaría— el gholam, pero Guybon había hecho bien su tarea al sacar a todo el mundo de los edificios aledaños y después elegir un callejón en el que las Allegadas abrirían el acceso. Después, había enviado a un soldado de la Compañía para informar a Talmanes dónde tenían que ir.
En fin, la idea de Elayne y Birgitte respecto al acceso había funcionado, aunque no hubiera sido como ellas tenían planeado. Pero era mucho mejor que lo que se le había ocurrido a él; su única idea había sido tratar de meterle al gholam a la fuerza uno de esos medallones por el gaznate.
—Vayamos a recoger a Setalle y a Olver a su posada y volvamos al campamento —dijo—. De momento se acabaron las emociones. Ya iba siendo hora.
32
Una tormenta de Luz
La ciudad de Maradon estaba ardiendo. Columnas de humo serpenteadas, virulentas, salían de docenas de edificios. La urbe planeada con tanto esmero impedía que los incendios se propagaran con demasiada rapidez, pero no los contenía por completo. El ser humano y la yesca siempre iban de la mano.
Ituralde se hallaba agazapado en el interior de un edificio en ruinas, con escombros a la izquierda y un grupo reducido de saldaeninos a la derecha. Había abandonado el palacio temprano porque los Engendros de la Sombra habían irrumpido en él. Lo había dejado atiborrado con todo el aceite que había conseguido encontrar y después los Asha’man le habían prendido fuego, con lo que mataron centenares de trollocs y Fados que habían quedado atrapados dentro.