Torres de medianoche
- Автор: Джордан Роберт, Сандерсон Брендон
- Серия: La Rueda del Tiempo #13
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:
Rand. —Min se arrodilló a su lado—. Rand, ¿te encuentras bien? , Me enfurecí —respondió él en voz queda—. Creía que eso ya lo había superado.
Min tuvo un escalofrío.
—No era una ira terrible, como antes —añadió Rand—. No era la cólera destructiva, a pesar de que causé destrucción. En Maradon vi lo que les habían hecho a los hombres que me siguen. Vi Luz en ellos, Min. Desafiando al Oscuro por larga que sea su sombra. Viviremos, parecía clamar ese desafío. Amaremos y tendremos esperanza.
Y lo vi intentando destruir eso con todas sus fuerzas. Él sabía que si conseguía quebrantarlos sería una victoria significativa. Algo mucho más importante que Maradon. Quebrantar el espíritu de los hombres… Eso es lo que ansia. Golpeó con mucha más dureza de la que habría utilizado porque quería quebrantar mi espíritu. —El tono de voz se hizo más quedo y más suave; abrió los ojos y la miró—. Y por eso me enfrenté a él.
—Lo que hicisteis fue asombroso —intervino Bashere, que se había quedado de pie al lado de Min, cruzado de brazos—. Sin embargo, ¿os dejasteis arrastrar por él a ese enfrentamiento?
Rand movió la cabeza en un gesto de negación.
—Tenía motivos para sentirme encolerizado, Bashere. ¿No te das cuenta? Antes intentaba mantenerle oculto todo. Era un error. Tengo que sentir. He de sentir en mí el dolor, las muertes y las pérdidas de estas gentes. He de aferrarme a esas cosas para saber por qué estoy luchando. A veces necesito el vacío, pero eso no hace que la ira sea menos parte de mí.
Parecía cobrar más seguridad con cada palabra que pronunciaba, y Min asintió con la cabeza.
—En fin, salvasteis la ciudad —dijo Bashere.
—No tan pronto como tendría que haberlo hecho —contestó Rand, y Min percibió su pesar—. Y lo que hoy he hecho aún puede resultar un error.
—¿Por qué? —inquirió Min con el entrecejo fruncido.
—Faltó poco para que llegáramos a un enfrentamiento entre los dos. Eso ha de ocurrir en Shayol Ghul y en el momento apropiado. No puedo permitirme el lujo de dejarlo que me provoque. Bashere tiene razón. Y tampoco me puedo permitir que los hombres den por sentado que siempre estará a mi alcance intervenir para salvarlos.
—Es posible —admitió Bashere—. Pero hoy lo habéis hecho…
—No debo intervenir en esta guerra, Bashere —respondió Rand, que sacudió la cabeza en un gesto negativo—. La batalla de hoy me ha agotado más allá de lo que debí permitirme. Si mis enemigos cayeran sobre mí ahora, estaría acabado. Aparte de que no puedo luchar en más de un sitio a la vez. Lo que está por venir será más espectacular que eso. Más espectacular y más terrible de lo que ningún hombre esperaría aguantar. Os organizaré, pero tengo que dejaros. La guerra será vuestra.
Guardó silencio. Flinn cruzó el acceso y luego dejó que se cerrara.
—Ahora he de descansar —susurró Rand—. Mañana me reuniré con tu sobrina y con los otros fronterizos, Bashere. Ignoro lo que me exigirán, pero ellos han de regresar a sus puestos. Si Saldaea se encontraba en semejante situación con uno de los grandes capitanes dirigiendo la defensa, no quiero imaginar lo que estarán sufriendo las otras naciones fronterizas.
Min lo ayudó a levantarse del sillón.
Rand, Cadsuane ha regresado y ha traído a alguien —le dijo en voz baja.
Llévame con ella —dijo tras una fugaz vacilación.
No tendría que haberlo mencionado —se recriminó Min, que torció el gesto—. Deberías descansar.
—Lo haré, no te preocupes.
A pesar de todo, Min aún percibía lo exhausto que estaba, pero no discutió. Salieron del cuarto.
—Rodel Ituralde —llamó Rand, que se paró en la puerta—. Si haces el favor de acompañarme… No hay nada que compense el honor que has demostrado, pero tengo algo que sí puedo darte.
El canoso domani asintió y los siguió. Min ayudó a Rand a caminar por el pasillo, muy preocupada. ¿Tenía que exigirse tanto a sí mismo?
«Por desgracia, sí».
Rand al’Thor era el Dragón Renacido. Lo harían derramar hasta la última gota de sangre, lo exprimirían, lo consumirían antes de que todo acabara. Casi bastaba para que una mujer renunciara a intentarlo.
—Rand… —empezó.
Ituralde y varias Doncellas caminaban detrás de los dos. Menos mal que el cuarto de Cadsuane no estaba lejos.
—Estaré bien, lo prometo —le aseguró él—. ¿Hay algo nuevo sobre tus investigaciones?
Esa pregunta, por desgracia, le recordó a Min una preocupación más.
¿Alguna vez te has preguntado por qué se llama a Callandor tan a menudo «esa temible arma» o «la espada de perdición» en las profecías?
Es un sa’angreal muy poderoso —contestó él—. ¿Quizás es por la destrucción que puede causar?
—Quizá.
Pero tú crees que es por algo más —adivinó Rand.
Hay una frase en la Profecía Jendai. Ojalá supiéramos más de esas Predicciones. Sea como sea, dice: «y la Espada lo atará a dos». Dos mujeres —dijo Rand—. He de formar un círculo con dos mujeres para controlarla.
Ella torció el gesto.
¿Qué? —preguntó Rand—. Más vale que lo digas de una vez, Min. Tengo que saberlo.
—Hay otra frase, de El Ciclo Karaethon. Sea como sea, creo que el defecto de Callandor podría estar más allá de lo que suponemos. Creo que podría… Rand, creo que podría debilitarte, dejarte inerme a un ataque si la utilizas.
—Entonces, quizás es así como me matarán.
—No te van a matar —lo contradijo Min.
—Yo…
—Sobrevivirás a todo esto, pastor —insistió—. Me encargaré de ello.
Él sonrió. Qué cansado se lo notaba.
—Casi estoy por creer que lo harás, Min. Quizá no es en torno a mí que se pliega el Entramado, sino en torno a ti.
Se volvió y llamó a una puerta del pasillo.
La hoja de madera se abrió una rendija, y Merise atisbo por ella. Miró a Rand de arriba abajo.
—Casi no te tienes de pie, al’Thor —dijo.
—Muy cierto —respondió él—. ¿Está aquí Cadsuane Sedai?
—Ha hecho lo que le pediste —contestó Merise—. Y yo diría que ha sido muy transigente, si se tiene en cuenta que tú…
—Deja que pase, Merise —ordenó la voz de Cadsuane desde dentro.
Merise vaciló; después asestó a Rand una mirada encolerizada y abrió de par en par la puerta. Cadsuane se había sentado en una silla y hablaba con un hombre mayor de largo cabello gris que le caía suelto sobre los hombros. Tenía una nariz ganchuda y vestía ropas regias.
Rand se apartó a un lado. Detrás de ellos, alguien soltó una exclamación ahogada. Rodel Ituralde se había quedado plantado en la puerta con gesto de estupefacción, y el hombre que estaba en el cuarto se giró hacia él. Tenía unos ojos afables y la tez cobriza.
—¡Mi señor! —gritó Ituralde, que avanzó presuroso y después hincó una rodilla en tierra—. ¡Estáis vivo!
Min sintió una arrobadora sensación de felicidad en Rand. Parecía que Ituralde sollozaba. Rand retrocedió.
—Ven, vayamos a mis aposentos y descansemos.
—El rey de Arad Doman. ¿Dónde lo ha encontrado Cadsuane? —quiso saber Min—. ¿Cómo lo sabías?
—Una persona amiga me confió un secreto —respondió Rand— La Torre Blanca había puesto bajo su custodia a Mattin Stepaneos para protegerlo. Bien, pues, no había que discurrir mucho para plantearse la posibilidad de que hubieran hecho lo mismo con otros monarcas. Y si enviaron hermanas a Arad Doman para apresarlo hace meses, antes de que cualquiera de ellas supiera crear accesos, podrían haber quedado atrapados con las nevadas en el viaje de vuelta. —Parecía muy aliviado. Graendal nunca lo tuvo en su poder. No lo maté, Min. Un inocente que daba por hecho que había matado, sigue vivo. Ya es algo. Un algo pequeño, pero reconforta.
Lo ayudó a caminar el resto de camino hasta sus aposentos, satisfecha —de momento— con compartir su cálida sensación de gozo y alivio.