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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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—No —intervino Ituralde, que abrió los ojos con esfuerzo—, tuve en nuestro poder esa colina durante semanas contra una fuerza muy superior. Vuestra gente las ha construido bien y el problema con las fortificaciones bien construidas es que el enemigo puede emplearlas contra uno. Perderéis hombres atacando allí. Muchísimos.

El silencio se adueñó de la estancia.

Nos marchamos, pues —decidió Bashere—. Naeff, nos harán falta accesos.

—Sí, lord Bashere.

De rostro cuadrado y constitución delgada, el hombre que había contestado llevaba la chaqueta y el alfiler del dragón de un Asha’man.

—Malain, reúne la caballería y organízala fuera; haz que parezca que vamos a intentar un asalto a las fortificaciones. Eso los mantendrá anhelantes y a la espera. Evacuaremos a los heridos y después haremos que la caballería cargue en dirección contraria al interior…

—¡Por la Luz y mi esperanza de renacimiento! —exclamó de pronto una voz.

Todo el mundo en la estancia se volvió, estupefacto; ése no era el tipo de juramento que uno oía a diario.

Un joven soldado se hallaba junto a la ventana y oteaba el exterior con un visor de lentes. Bashere barbotó una maldición y corrió hacia la ventana; los demás se apelotonaron en derredor y algunos sacaron asimismo visores de lentes.

«¿Y ahora qué pasa? —pensó Ituralde, que se levantó de la silla a pesar de la fatiga y fue deprisa hacia allí—. ¿Qué se les habrá ocurrido ahora? ¿Más Draghkar? ¿Sabuesos del Oscuro?»

Atisbó por la ventana y alguien le tendió un visor de lentes. Se lo llevó al ojo y, como había imaginado, el edificio se encontraba a bastante altura para tener una buena panorámica por encima de la muralla de la ciudad y ver la franja de la muerte y el campo que se extendía más allá.

Las posiciones más descollantes en lo alto de la colina estaban repletas de cuervos. A través del visor, vio trollocs que tapaban por completo las zonas altas, ocupando el campamento de arriba, las torres y las fortificaciones.

Más allá de la colina, penetrando por el paso, se movía un ejército impresionante, muchas veces más numeroso que el que había asaltado Maradon. La oleada de monstruos parecía interminable.

—Tenemos que irnos —anunció Bashere mientras bajaba el visor— De inmediato.

—¡Luz! —musitó Ituralde—. Si esa fuerza nos desborda, no habrá nada en Saldaea, Andor o Arad Doman capaz de contenerla. Por favor, decidme que el lord Dragón firmó la paz con los seanchan, como prometió.

—En eso, como en tantas otras cosas, he fracasado —dijo una voz sosegada a sus espaldas.

Ituralde giró sobre sus talones con rapidez al tiempo que bajaba el visor de lentes. Un hombre alto, de cabello rojizo, entró en la habitación, y a pesar de los rasgos familiares, a Ituralde le dio la impresión de que no lo había visto nunca.

Rand al’Thor había cambiado. El Dragón Renacido mostraba la misma seguridad en sí mismo. Misma postura erguida, recta la espalda, la misma actitud de esperar obediencia. Y, sin embargo, al mismo tiempo, todo en él parecía diferente. La forma de estar, en la que ya no había la más leve desconfianza. El modo de observarlo a él con preocupación.

Esos ojos, fríos e impávidos, lo habían convencido en una ocasión de que siguiera a ese hombre. Pero los ojos también habían cambiado. Antes no había visto sabiduría en ellos.

«No seas majadero —se reprendió para sus adentros—. Uno no sabe si un hombre es sabio por mirarlo a los ojos».

Y, sin embargo, lo sabía.

Rodel Ituralde —se dirigió a él al’Thor, que avanzó y le puso la mano en el brazo—, os dejé a ti y a tus hombres desamparados y superados por el enemigo. Perdóname, por favor.

La decisión la tomé yo —contestó. Cosa extraña, se sentía menos cansado que hacía sólo unos instantes.

—He inspeccionado a tus hombres —añadió al’Thor—. Quedan tan pocos y están tan vapuleados y castigados… ¿Cómo conseguiste retener la ciudad? Lo que has hecho es milagroso.

—Hago lo que tiene que hacerse.

—Debes de haber perdido a muchos amigos.

—Yo… Sí. —¿Qué otra cosa iba a contestar? Desestimar lo ocurrido como si no tuviera importancia sería deshonrar a los que habían dado la vida—. Wakeda cayó hoy. Rajabi… En fin, lo atrapó un Draghkar. Ankaer sobrevivió hasta esta tarde. No llegué a saber por qué esa trompeta tocó un poco antes. Rossin había ido a investigar. También ha muerto.

—Tenemos que salir de la ciudad —intervino Bashere en tono urgente—. Lo siento. Maradon está perdida.

—No —lo contradijo al’Thor con suavidad—. La Sombra no se apoderará de esta ciudad. No después de lo que esos hombres hicieron por conservarla. No lo permitiré.

—Un parecer que os honra, pero no… —dijo Bashere, que dejó la frase sin acabar cuando al’Thor lo miró.

Esos ojos. Qué intensidad en ellos. Casi como si ardieran.

No ocuparán esta ciudad, Bashere —repitió al’Thor, en cuya voz tranquila sonó un asomo de enojo. Movió la mano hacia un lado y un acceso hendió el aire. El ruido de tambores y gritos de trollocs sonó de repente mucho más próximo—. Estoy harto de permitirle que haga daño a los míos. Ordena que se retiren tus soldados.

Dicho esto, al’Thor cruzó el acceso. Un par de Doncellas Aiel entraron a toda prisa en la estancia, y él mantuvo abierto el acceso el tiempo Justo para que lo cruzaran de un salto en pos de él, tras lo cual dejó que desapareciera.

Bashere se había quedado pasmado, casi boquiabierto.

—¡Maldito hombre! —masculló por fin, dirigiéndose de nuevo hacia la ventana—. ¡Creía que no volvería a hacer este tipo de cosas nunca más!

Ituralde se reunió con Bashere, se llevó el visor al ojo y atisbó a través de la gran brecha de la muralla. Fuera, al’Thor caminaba a través del terreno pisoteado, con el capote de anchas mangas de color marrón ondeando tras él y seguido por las dos Doncellas.

A Ituralde le pareció oír el sonido de los gritos y ululatos de los trollocs. Los tambores redoblaron. Veían a tres personas solas.

Los trollocs se lanzaron en tropel hacia ellos, cargando a través del campo de batalla. A centenares. A miles. Ituralde soltó un grito ahogado mientras Bashere musitaba una oración.

al’Thor alzó la mano y después la empujó —con la palma hacia adelante— en dirección a la marea de Engendros de la Sombra.

Y éstos empezaron a morir.

Empezó con oleadas de fuego muy semejantes a las que utilizaban los Asha’man, sólo que éstas eran mucho más grandes. Las llamas abrían horribles surcos entre los trollocs cual mortíferas guadañas. Seguían el relieve del terreno, fluyendo colina arriba, hundiéndose en las zanjas y llenándolas de fuego candente, abrasando, destruyendo.

Nubes de Draghkar que volaban en círculo por el cielo se zambulleron hacia al’Thor. Sobre él, el aire se tornó azul y agujas de hielo salieron lanzadas hacia arriba en una rociada que hendió el aire como flechas disparadas por toda una unidad de arqueros. Las bestias emitieron chillidos inhumanos de dolor y los cadáveres se precipitaron al suelo.

Explosiones de luz y Poder salieron del Dragón Renacido, que era igual que un ejército completo de encauzadores. Los Engendros de la Sombra perecían a millares. Surgieron Puertas de la Muerte en mitad de las hordas, cada una de las cuales mató a centenares.

El Asha’man Naeff, que se encontraba al lado de Bashere, jadeaba.

—Jamás había visto tantos tejidos simultáneos —susurró—. Ni siquiera puedo seguirlos. El Dragón es una tormenta. ¡Una tormenta de Luz y raudales de Poder!

Empezaron a formarse nubes que giraron por encima de la ciudad. El viento cobró velocidad, aulló, y comenzaron a caer rayos. Estampidos de truenos ahogaron el sonido de los tambores mientras los trollocs trataban en vano de llegar hasta al’Thor trepando por encima de los cadáveres de sus semejantes. Las blancas nubes arremolinadas chocaron con la agitada tempestad de nubarrones negros, entremezclándose. Los vientos giraron en torno a al’Thor, sacudiéndole el capote de mangas.

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