Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
1 ... 162 163 164 165 166 167 168 169 170 ... 189
Перейти на страницу:

—Ya les he dado algunas. Formas de construir armas especiales...

Price asintió.

—Ya las estamos fabricando. A su debido tiempo pensamos en la preparación de defensas, pero nunca se nos ocurrió utilizar gas venenoso. Lo que sí fabricamos fueron bombas incendiarias y cañones que se cargan por la boca, pero en poca cantidad. Ahora he destinado un equipo de hombres para que trabajen en eso. ¿Qué más hace falta?

—Tenemos que almacenar suministros. El agua no falta y ustedes tienen energía para hervirla. Dispondremos de pescado seco, y podemos pescar más. Hay que prepararse para un asedio. Según nuestros informes, la Nueva Hermandad intenta seriamente apoderarse de toda California, y está dispuesta a destruir esta planta.

—Si Alim Nassor está metido en eso, la cosa es grave —comentó el alcalde Allen—. Es un hombre inteligente y decidido. Pero no comprendo sus motivos. Nunca estuvo metido en ninguno de los movimientos en contra del desarrollo industrial, sino todo lo contrario.

—Se olvida usted de Armitage —dijo Baker—. Probablemente Nassor y el sargento Hooker no podrían mantener unido ese ejército. Armitage sí puede. Es él quien quiere ver la central destruida.

El alcalde se quedó pensativo.

—En la región de Los Angeles era famoso por sus originales prédicas... Predicaba una religión divertida.

Tim todavía esperaba que no fuera necesario hacer entrar a Hugo. Habló por éclass="underline"

—Si el Islam fue una religión divertida, siga riendo, alcalde. Se están extendiendo de la misma manera. Asimilan a todo el mundo: o te unes o te comen. No hay alternativa.

—Si la central desaparece nunca tendrán otra —dijo Barry Price—. Deben estar locos.

Pero Baker se puso en pie de súbito.

—De acuerdo. Tenemos nuestras armas y las notas del doctor Forrester. Tim, pruébese ese traje de inmersión. Tal vez pueda encontrar bajo el agua algo de lo que necesitamos. Ojalá supiera cuánto tiempo nos queda.

El policía subió la empinada escalera lenta y cuidadosamente, con un pesado saco de arena al hombro. Era un hombre rubio de mandíbula cuadrada, y llevaba un uniforme desgastado. Mark le siguió con otro saco de arena. Apilaron los sacos en la barricada, en lo alto de la torre de enfriamiento. La radio de Tim ya estaba casi del todo parapetada.

El hombre se volvió para enfrentarse a Mark. Era de la misma altura que éste, y estaba enfadado.

—Nosotros no desertamos de nuestra ciudad —le dijo.

—No quería decir eso. —Mark resistió el impulso de retroceder—. Sólo dije que la mayoría de nosotros...

—Estábamos de servicio —dijo el policía—. Algunos miraban la televisión, incluso el alcalde, pero yo no. De repente una de las chicas empezó a gritar que el cometa había chocado. Me quedé en mi puesto. Entonces el alcalde fue a buscarnos. Nos llevó a los ascensores y al garaje, y metió a las mujeres y algunos de los hombres en media docena de camionetas que ya estaban cargadas. Salimos con una escolta de motoristas y nos dirigimos al parque Griffith.

—¿No tuvo ninguna...?

—No tuve ninguna idea de lo que ocurría —dijo el patrullero Wingate—. Subimos a las colinas y el alcalde nos dijo que el cometa había causado algunos daños y que luego podríamos ir a echar una mano. Dios mío.

—¿Viste el maremoto?

—Fue horrible, Czescu. No se podía hacer nada. Todo era espuma y niebla. Algunos de los edificios aún sobresalían del agua. Johnny Kim y el alcalde se hablaban a gritos, y yo estaba cerca de ellos, pero con los truenos, los relámpagos y el ruido del maremoto no podía oír nada. Entonces nos reunimos y tomamos la dirección norte.

El policía se interrumpió. Mark Czescu respetó su silencio. Contemplaron cuatro botes que zarpaban con Robin Laumer y parte de su equipo de obreros. Se había producido una disputa a gritos cuando Laumer intentó reclamar parte de los víveres, pero los hombres armados, entre ellos Mark y el policía del alcalde, les impidieron que se salieran con la suya.

—Corrimos durante cuatro horas por el valle de San Joaquín —siguió diciendo el policía—, y fue un viaje difícil. Teníamos las sirenas, pero pasamos tanto tiempo fuera de la carretera como en ella. Tuvimos que abandonar uno de los vehículos. Cuando llegamos aquí, el agua llegaba ya a los tapacubos. Tuvimos que cargar las cosas a la espalda y subir por ese dique, bajo el diluvio. Después Price nos puso a trabajar en los ribazos. Nos hizo trabajar como burros. Al día siguiente ahí fuera había un océano, y pasaron seis horas más antes de que pudiera darme una ducha.

—Una ducha.

El policía se volvió para mirar a Mark.

—Lo has dicho con tanta naturalidad. Una ducha. Una ducha caliente. ¿Sabes cuánto tiempo...? Déjalo correr. Todo lo que dije fue que la mayoría de nosotros ha tenido que huir más o menos.

La nariz del policía casi tocó la de Mark. Era estrecha, con un puente prominente, una nariz clásica romana.

—Nosotros no huimos. Estábamos en el lugar apropiado para reconstruir la ciudad después... ¡Maldita sea, no quedaba nada! No queda nada más que esta central eléctrica que, según el alcalde, oficialmente es parte de Los Angeles. Aquí estamos ahora. Nadie va a dañarla.

—De acuerdo.

Los cuatro botes iban desapareciendo en la distancia. Algunos de los obreros que se habían quedado subieron al ribazo para ver su partida, tal vez con nostalgia.

—Supongo que ahora se harán pescadores —dijo Mark.

—No puedes imaginarte lo poco que me importa —replicó el policía—. Vamos a trabajar.

Horrie Jackson cerró el motor y dejó que el bote avanzara por su propio impulso hasta detenerse.

—Bueno, yo diría que Wasco se encuentra debajo de nosotros. Si no es así, qué le vamos a hacer.

Tim miró las frías aguas y se estremeció. El traje de inmersión le iba bien, pero no ajustaba en algunos lugares, y haría mucho frío allí abajo. Comprobó el sistema de aire. Funcionaba. Los depósitos estaban llenos. Aquello también había sido impresionante. Cuando los mecánicos de la central no tenían existencias de válvulas y otras piezas, se iban al taller y las fabricaban. Era algo propio de otro mundo, un mundo en el que no era necesario pensar en lo que había costado crear las cosas que le rodeaban a uno.

—Una cosa me obsesiona —dijo Tim—. Si se han liberado las carpas doradas domésticas, ¿qué habrá ocurrido con las pirañas?

—El agua está demasiado fría para ellas —dijo Jason Gillcuddy, riéndose.

—Claro. Bueno, allá voy.

Tim subió a la borda, permaneció sentado en equilibrio un momento y se lanzó al agua hacia atrás.

El frío le conmocionó, pero no tanto como esperaba. Hizo una seña a los tripulantes del bote y se sumergió. El agua estaba negra como la tinta. Apenas podía ver su brújula de pulsera y el profundímetro. Este era otro de los milagros del personal de la central. Lo habían fabricado y calibrado en un par de horas. Tim encendió la linterna. La luz no le permitió más que unos tres metros de visibilidad lechosa.

Recordó las aguas claras como el cristal de la bahía Esmeralda, las selvas de algas entre las que nadaban velozmente los peces... Aquello había sido mucho tiempo atrás.

Descendió en la blancuzca lobreguez, buscando el fondo, y lo encontró a dieciocho metros. No había más sonido que el de las burbujas de su regulador, el de su propia respiración. Apareció un bulto ante él, monstruoso y jorobado. Cuando se acercó, vio que era un Volkswagen. No miró el interior.

Tim siguió la carretera. Pasó junto a un autobús de cuyas ventanas rotas entraban y salían manadas de peces. No se veía ningún edificio, sólo coches, y finalmente una estación de servicio, pero había ardido antes de inundarse. Siguió adelante. Pronto se le agotaría el aire.

1 ... 162 163 164 165 166 167 168 169 170 ... 189
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)