Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Entonces me observó detenidamente, exhalando el humo, mientras la anciana suspiraba a su lado. No podía mirar a la Mamita, pero tenía la impresión de que el humo salía de su cara como el vapor que mana de las grietas de la tierra. Me inspiraba tanta curiosidad que mis ojos tomaron vida propia y empezaron a dispararse a un lado y a otro. Cuantas más cosas veía de ella, más fascinada me quedaba. Llevaba un kimono amarillo estampado con unas ramas de sauce cargadas de bonitas hojas verdes y naranjas; era de gasa de seda, tan delicado como una tela de araña. El obi me pareció igual de sorprendente. Tenía también una linda textura de gasa, pero más pesada, y era de color asalmonado y marrón, entretejido con hilos dorados. Cuanto más miraba su ropa, más me olvidaba de que me encontraba en un sitio desconocido y menos me preguntaba qué habría sido de mi hermana -y de mi madre y mi padre- y qué sería de mí. Cualquier detalle del kimono de aquella mujer bastaba para que me olvidara de mí misma. Y entonces tuve una terrible conmoción, pues sobre el cuello de aquel elegante kimono había una cara tan despareja con la ropa que era como si hubiera estado acariciando a un gato y descubriera de pronto que tenía la cara de un bulldog. Era una mujer espantosamente fea, aunque mucho más joven que la Tía, algo que yo no hubiera esperado. Resultó que, en realidad, la Mamita era hermana de la Tía, aunque se llamaban la una a la otra «Mamita» y «Tía» respectivamente, como lo hacían el resto de los habitantes de la okiya. Tampoco eran hermanas de verdad, como lo éramos Satsu y yo. No habían nacido en la misma familia; pero la Abuela las había adoptado a las dos.
Estaba tan sorprendida, con tantas ideas pasándome por la cabeza, que terminé haciendo precisamente lo que la Tía me había dicho que no hiciera bajo ningún concepto. Miré directamente a los ojos a la Mamita. Al percatarse, ella se sacó la pipa de la boca, lo que hizo que su mandíbula inferior cayera como una trampilla, dejando la boca abierta de par en par. Y, aunque sabía que tenía que bajar la vista inmediatamente pasara lo que pasara, la fealdad de sus ojos me resultó tan peculiar, que me quedé mirándola fijamente. El blanco de sus ojos tenía una espantosa sombra amarilla, y me hizo pensar en un retrete en el que acabaran de orinar. En el borde de los párpados, que parecía estar en carne viva, se encharcaba una humedad nebulosa; y la piel formaba grandes bolsas alrededor de ellos.
Bajé la vista hasta la altura de su boca, que seguía abierta. Los colores de su cara estaban mezclados: el borde de los párpados era de un rojo vivo, pero tenía las encías y la lengua grises. Y para empeorar aún más las cosas, sus dientes inferiores parecían inmersos en un pequeño charco de sangre. Esto se debía a que en el pasado había habido algún tipo de deficiencia en la dieta de Mamita, como pude saber más tarde; pero cuanto más la miraba, más fuerte era la impresión de que era como un árbol que ha empezado a perder la hojas. Estaba tan sorprendida por su aspecto general que creo que di un paso atrás, o se me escaño un gritito de asombro o dejé ver de un modo u otro lo que pensaba, pues inmediatamente me dijo con su áspera voz:
– ¡Qué miras!
– Lo siento, señora. Estaba mirando su kimono -le contesté-. Nunca había visto nada igual.
Ésta debió de ser la respuesta adecuada -si es que la había-, pues dejó escapar una risita, que sonó como si estuviera tosiendo.
– ¿Así que te gusta? -dijo, sin dejar de toser o de reír; era imposible distinguir entre la tos y la risa de aquella mujer-. ¿Sabes cuánto cuesta?
– No, señora.
– Más que tú. De eso no cabe duda.
En ese momento apareció una criada con el té. Mientras lo servían aproveché la ocasión para echar un vistazo a la Abuela. Al contrario de Mamita, que estaba un poquito entrada en carnes, con unos dedos regordetes y un cuello bastante grueso, la Abuela era una anciana enjuta. Era al menos tan vieja como mi padre, pero parecía como si se hubiera pasado los años cociéndose a fuego lento para alcanzar aquel estado de concentrada mezquindad. Su cabello cano parecía una maraña de hilos de seda, pues se le veía perfectamente el cuero cabelludo. E incluso éste tenía también un aspecto mísero debido a que estaba en parte cubierto por esas manchas rojas y marrones que salen con la edad. No es que estuviera constantemente frunciendo el ceño, pero en estado normal, su boca tenía una severa mueca.
Inspiró profundamente preparándose para hablar; y luego, soltando el aire, dijo:
– ¿Pero no había dicho que no quería té? -tras esto, suspiró, movió la cabeza y me preguntó-: ¿Cuántos años tienes, muchachita?
– Es del año del mono -respondió la Tía por mí.
– La tonta de la cocinera es un mono -dijo la Abuela.
– Nueve años -dijo Mamita-. ¿Tú que opinas, Tía?
La Tía se dio la vuelta y me echó la cabeza hacia atrás para examinarme la cara.
– Tiene bastante agua.
– Y unos bonitos ojos -dijo Mamita-. ¿Se ha fijado, Abuela?
– A mí me parece una tonta -dijo la Abuela-. Y además no necesitamos otro mono.
– Sin duda, tiene razón -dijo la Tía-. Probablemente es exactamente como usted dice. Pero a mí me parece una muchacha lista y adaptable; se le ve en la forma de las orejas.
– Con tanta agua en su personalidad -dijo Mamita-, probablemente olerá el fuego incluso antes de que empiece. ¿No sería estupendo eso, Abuela? Ya no tendrías que preocuparte de que se prenda fuego en el almacén con todos nuestros kimonos dentro.
A la Abuela, como me enteraría más tarde, le aterraba más el fuego que a un vaso de cerveza un hombre sediento.
– Además es bastante bonita, ¿no cree? -añadió Mamita.
– Hay demasiadas niñas bonitas en Gion -dijo la Abuela-. Lo que necesitamos es una chica inteligente, no una chica bonita. Para bonita ya tenemos a Hatsumono, y mirad lo tonta que es.
Tras esto, la Abuela se levantó y, con la ayuda de la Tía, volvió a subir a la pasarela. Aunque he de decir que viendo los torpes andares de la Tía -debido a la cadera que tenía más salida que la otra-, no era del todo obvio a cuál de las dos mujeres le costaba más andar. Enseguida oí el sonido de una de las puertas correderas del vestíbulo abriéndose y cerrándose, y la Tía estaba de vuelta.
– ¿Tienes piojos, pequeña? -me preguntó Mamita.
– No -respondí yo.
– Tendrás que aprender a hablar con más corrección. Tía, rasúrale el cabello, si eres tan amable.
La Tía llamo a una criada y le ordenó que trajera las tijeras.
– Bueno muchachita -me dijo Mamita-, ahora estás en Kioto. Tendrás que portarte bien o recibirás unos buenos azotes. Es la Abuela la que se encarga de darlos, así que lo lamentarás. Mi consejo es que trabajes mucho y nunca salgas de la okiya sin permiso. Haz lo que se te dice; no des mucha guerra, y dentro de dos o tres meses empezarás a aprender las artes necesarias para ser una geisha. No te he traído aquí para que seas una criada. Te echaré, si todo se queda en eso.
Mamita dio una chupada a su pipa y clavó sus ojos en mí. No me atreví a moverme hasta que me dijo que lo hiciera. Me encontré preguntándome si mi hermana estaría también en aquel momento ante otra mujer cruel, en otra casa de esta horrorosa ciudad. Y de pronto me vino una imagen de mi pobre madre enferma incorporándose en el futón y mirando alrededor para ver si nos veía. No quería que Mamita me viera llorar, pero no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas. Se me emborronó la visión, el kimono amarillo de Mamita empezó a desvanecerse hasta que pareció que centelleaba. Entonces ella soltó una bocanada de humo y desapareció completamente.