Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:
Le devolví los documentos en silencio. Al guardarlos con cuidado en el pequeño compartimento, sacó una tarjeta y me la tendió. Llevaba escrito a mano y con temblorosas letras mayúsculas su nombre y el número de un teléfono móvil. Y por debajo, también con letras mayúsculas: «Profesor de violín.»
– Quizá sepas de algún niño que quiera tomar clases -dijo-. Para enseñar a tocar no es necesario usar los dedos. Basta con explicar correctamente.
Tenía razón, aunque no se contrata a un profesor de violín con los dedos rotos, como no se contrata a un profesor de esgrima al que le falta una mano. Pero no quise decepcionarle y opté por una respuesta vaga.
– Vale, si sé de alguien, ya te avisaré.
De nuevo me observó con su expresión irónica. Era evidente que trataba de encontrar algún alumno por cuestión de orgullo, aunque ni siquiera él mismo creía que fuera a conseguirlo.
Estábamos sentados a una de las mesas del asador en la esquina de Satovriandu con Doru, justo detrás del puesto del limpia. Al final, la promesa que le hice no había resultado tan vaga. Le había encontrado un puesto como profesor de violín en un centro de educación especial. No puedo decir que la junta y la directora estuvieran encantados con mi propuesta, aunque conseguí convencerles de que un profesor minusválido se ganaría más fácilmente a los niños.
Esto es lo que le explicaba mientras comíamos; él, una ración de pollo con pita y yo, una de hamburguesas. En esta ocasión no me dedicó su habitual mirada de ironía, sino una de incredulidad. Le costaba creer que la tarjeta escrita a mano que había entregado pocos días atrás a un desconocido bastara para cambiar su suerte. Para ser sincero, mi interés por él no estaba exento de segundas intenciones. Me intrigaba cómo un músico se puede liar tanto con la mafia como para que terminen destruyendo su carrera. Sólo se me ocurría que tal vez había tocado en un local nocturno donde también hacía de camello, hasta que metió la pata y tuvo problemas. Si éste era el caso, se trataba de algo tan frecuente que estaba perdiendo el tiempo.
– ¿Por qué te rompieron los dedos?
Planteé la pregunta a bocajarro a propósito, aunque la respuesta fue igual de directa:
– ¿Por qué quieres saberlo? ¿A ti qué te importa?
– Por nada, sólo es curiosidad.
Dejó el tenedor en el plato y me miró.
– No preguntas sólo por curiosidad. Me has hecho un favor y ahora quieres tu recompensa. Ya que no puedo tocarte el violín, debo contarte mi historia. -Sentí vergüenza y quise retirar la pregunta cuando él prosiguió-: De acuerdo, te la contaré. No me gusta hacerlo, porque todavía duele. Pero ¿quién sabe? Tal vez sea una manera de ir acostumbrándome poco a poco al dolor.
Calló, cogió el tenedor y se metió un bocado en la boca. Empezó a masticar mecánicamente, como si el gesto le ayudara a concentrarse.
– Vine a Grecia en el noventa y dos. Busqué trabajo en las orquestas sinfónicas, pero no había vacantes de violinista. Les faltaban otros instrumentos: oboes, tubas, fagotes… Tampoco en Bulgaria tocaba en una gran orquesta, sino en bandas locales. La cuestión es que, en la época de Zivkof, en Bulgaria la gente bailaba tango, vals y fox trot. En toda Sofía, sólo había un par de clubes donde se tocara el rock. También había bandas de jazz, pero el jazz no necesita violines. Intenté ingresar en la Orquesta de Música Ligera de la Radio Griega, donde tomaron nota de mi nombre y dirección, aunque nunca llegaron a llamarme. Así que terminé haciendo lo mismo que hacen los músicos en el mundo entero: durante el día tocaba en las plazas y las galerías, y por la noche frecuentaba las tabernas y los restaurantes.
Calló y echó un vistazo alrededor, como si buscara algo. Vio que su vaso de cerveza estaba vacío y me preguntó tímidamente:
– ¿Puedo pedir otra?
– Y otra más para mí.
Aprovechaba el pretexto de la cerveza para hacer un pequeño intervalo, porque las palabras le salían con dificultad. El asador estaba vacío y la cerveza llegó enseguida. Tomó un sorbo largo y siguió hablando con los labios cubiertos de espuma.
– Por la mañana tocaba en las galerías que van de la avenida Stadíu a Karayorgui de Serbia.
– ¿En las galerías de Psarú?
– Sí, donde ahora hay una hamburguesería. A veces también tocaba en las plazas, aunque no tanto como en las galerías, sobre todo cuando llovía. Hasta el mediodía, elegía piezas serias. El Adagio en mi mayor de Mozart, las Canciones rusas de Sarasate, o algún fragmento de la Sonata para violín de Schumann. Por las noches, mi repertorio era más ligero: el Danubio azul, algún chardas [7], La paloma o A media luz. Un mediodía había colocado mi atril en las galerías y tocaba el segundo Capricho vienés de Kreisler. Pensaba terminar la pieza y marcharme cuando vi entrar en las galerías a una joven con cazadora y una espléndida melena rubia, recogida en la nuca. Llevaba un bolso que enseguida reconocí como el estuche de una flauta. Me dirigió una rápida mirada y siguió caminando hacia Karayorgui de Serbia. Al poco volvió sobre sus pasos y se quedó a cierta distancia, para oírme tocar. Cuando terminé, se acercó a mí. «Buenos días, soy Frida», me dijo en un griego macarrónico. Me contó que era de Albania, que había aprendido a tocar la flauta en el Conservatorio de Tirana y que también tocaba el clarino. Me preguntó si me molestaría que ella también tocara en las galerías, aunque en un horario distinto al mío.
Calló, como cuando se dice algo muy serio y luego se hace una pausa para subrayar la importancia de lo expresado. Clavó el tenedor en un trozo de carne, comprobó que ya estaba fría y se contentó con tomar un poco de cerveza.
– Acordamos que nos turnaríamos. Un día tocaría yo desde la mañana hasta mediodía y ella, desde mediodía hasta la tarde. Al día siguiente, al revés. Así no nos haríamos la competencia. Sólo coincidíamos a mediodía, cuando cambiaba la guardia, por así decirlo, y nos contábamos si había movimiento y si caía dinero. Pasaron un par de meses, vi que ella respetaba nuestro acuerdo y le propuse una colaboración. Por las mañanas, no, porque habríamos perdido dinero. Los que van de paso, si han de soltar algo, dejan lo mismo a un músico que a dos. Pero por las noches, cuando entra todo tipo de gente y cualquier cosa vende, no conviene tocar por separado, uno después del otro. A los clientes no les gusta que les interrumpan continuamente y al final ya no meten la mano en el bolsillo. Así empezamos a tocar juntos por las noches: tangos griegos y extranjeros, valsecitos… A menudo, Frida traía su clarino y tocábamos piezas populares. -Hizo una nueva pausa para tomar otro sorbo de cerveza-. Tú no eres emigrante y es posible que no lo entiendas, pero a los emigrantes les conviene vivir a dúo, como les conviene tocar a dúo.
– Y decidisteis vivir juntos -intervine para demostrar que lo había entendido.
– Sí. Al principio, fuimos muy felices. Parecía que nuestra suerte había cambiado. Encontramos un pequeño apartamento, un semisótano cerca de la plaza de Ática, y formamos un hogar. Hasta entonces, habíamos compartido pisos con otros y, cuando apremiaba la necesidad, incluso habíamos vivido en almacenes. -Pensó un poco y añadió-: No sé, tal vez la culpa fuera del apartamento.
– ¡Dos bestias en la misma jaula! -dije, para demostrar que de nuevo le entendía.
– No, dos músicos en la misma jaula -me corrigió-. No hay ningún problema mientras te dedicas a tangos, valses y piezas populares. Decides tocar un poco más lento o un poco más rápido, o un poco más fuerte, para hacerte oír por encima del ruido de la taberna. Pero, cuando interpretas música de verdad en un apartamento pequeño, y tienes al otro encima diciéndote lo que piensa de cada nota que emites, la cosa cambia. ¿Has oído hablar de Karel Szymanovski?
[7] Música eslovaca. (N. de la T.)