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Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos

Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:

Nueve relatos, nueve casos policíacos en los que se ven involucrados inmigrantes albaneses, de países del Este o subsaharianos, en los que intervienen asesinos, sicarios, viejos racistas o camareros, que se desarrollan en Atenas, en los prolegómenos de la cita olímpica de 2004. Historias como el asesinato de tres árabes en las inmediaciones de las instalaciones olímpicas o el que comete un camarero sudanés tras ganar una quiniela muestran la cara más sórdida y grotesca de la actual sociedad griega.
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– ¿Quién ha hablado de protección? -dijo amigablemente-. Se trata de hacernos socios.

– No quiero rendir cuentas a nadie. Y menos a un socio que me ha incendiado el local.

– Pondré la mitad del dinero para convertirlo en un restaurante de lujo, e iremos al sesenta y al cuarenta.

Vasilis vaciló. Por una parte, eso le permitiría cumplir un sueño; por otra, no le gustaba la idea de asociarse con la mafia. Luego lo meditó más fríamente. Si el secretario provincial le hubiera propuesto ser socios, ¿acaso se habría negado?

– Muy bien, al cincuenta por ciento.

El mafioso sonrió y le dio una palmadita en la espalda, señal de que habían llegado a un acuerdo. El Odessa se convirtió en un auténtico local de lujo, con manteles almidonados, servilletas almidonadas y cubiertos caros, como los restaurantes donde comían el secretario y la nomenclatura del partido.

Una hora antes de la inauguración, Vasilis vio que un Mercedes negro se detenía delante del Odessa. Uno de los guardaespaldas del mafioso bajó para abrir la puerta. La joven que se apeó del coche llevaba un lujoso abrigo de pieles, y estaba peinada y maquillada como si acabara de salir de la peluquería. A Vasilis le costó reconocer a Tatiana. Se quedó petrificado y fue incapaz de articular palabra. Su hija pasó de largo sin hacerle ningún caso y entró en el restaurante. En cuanto se recobró, Vasilis echó a correr tras ella.

– ¡Puta! -gritó, y quiso levantarle la mano, pero los dos guardaespaldas lo agarraron y le obligaron a sentarse en una silla.

Tatiana se volvió y lo contempló con indiferencia. Se quitó el abrigo de piel y lo dejó caer en una silla. Debajo llevaba un vestido de noche negro. Innumerables joyas le cubrían por completo el cuello, las orejas y los brazos.

– A partir de hoy te ocuparás de la caja -dijo a su padre en ruso-. Yo llevaré el restaurante. Así lo ha decidido Igor -Luego se dirigió a sus hermanos, que contemplaban la escena boquiabiertos-. Tenéis una semana para convertiros en camareros profesionales -les dijo, también en ruso-. De lo contrario, os despediré y contrataré a otros. No quiero poca montas en el local.

– ¿Quién eres tú para darme órdenes? -gritó Vasilis, fuera de sí-. Yo he levantado este local con mis propias manos.

– Lo sé -respondió su hija con frialdad-. Por eso te dejo la mitad. Pero si no aprendes a comportarte, te compraré tu parte y te echaré a la calle.

A partir de aquella noche Tatiana no volvió a hablar en griego y se dirigió en ruso a todos. Vasilis cerró la boca y se puso a trabajar, como había hecho en la Unión Soviética. Del negocio no podía quejarse. A las órdenes de Tatiana, iba viento en popa. Su única queja era su hija. ¿Cómo había podido renunciar así a su familia, a su patria y a su lengua?

Claro que, si hubiera leído a Marx, sabría que el dinero no tiene patria ni familia. Pero ya hemos dicho que Vasilis no había leído a Marx.

Café batido

La tipa que escribe esta historia me ha mandado a una de las islas de la línea árida, apenas una talla más grande que una roca. El cascarón que hace el recorrido nos desembarca a las tres de la mañana, con dos horas de retraso, y los pasajeros salen medio dormidos, con los baúles agitándose a sus espaldas como lanchas neumáticas en la estela de un yate.

Soy el único que no dispone de coche ni de comité de bienvenida. Miro a mi alrededor, pero ¿qué hay que ver? Una pared de piedra a diez metros y una palmera detrás del muro roban parte de la luz que llega del puerto. El resto, bultos negros en la noche. Casi me he hecho a la idea de que tendré que recorrer a pie el camino hasta el pueblo cuando se detiene a mi lado una camioneta agrícola cargada de cebollas.

– ¿Adonde vas, paisano? -pregunta el conductor.

– Al pueblo.

– Sube.

Tomo asiento a su lado y la camioneta arranca jadeando, con el tubo de escape agitando la noche cada diez metros.

– ¿Dónde te alojas? -pregunta el conductor.

– Todavía no lo sé.

¿Cómo explicar que la tipa que escribe la historia lo quiere así? Que llegue a un islote de la línea árida sin medio de transporte ni noción de dónde voy a alojarme.

– Estás de suerte -dice él-. Yo tengo unas habitaciones para alquilar.

Miro por el parabrisas. Sólo veo la estrecha franja de camino de tierra que iluminan los faros del coche. El conductor calla y conduce a ciegas. Ahora que ya se ha asegurado un cliente, no es preciso que siga hablando.

La tipa que escribe la historia me ha mandado aquí para que mate a una cincuentona. Se llama Aliki y, si la fotografía que vi de ella le hace justicia, es una morena desgarbada de pelo corto, con la cara llena de arrugas. Mira a la cámara con la sonrisa lánguida de la alcohólica que en vano se empeña en hacerse querer.

Cuando pregunté por qué tenía que matarla, la tipa me paró los pies.

– Tú no preguntes. El móvil es cosa mía.

No insistí. Sé que estoy condenado a interpretar el papel de malo, de modo que callo y cumplo con mi trabajo. En esta ocasión, además, me ha impuesto ciertas condiciones. No puedo matarla con un arma; prohibido usar cuchillo o pistola. Puedo tirarla por un barranco o empujarla al mar por un precipicio.

Al menos he tenido suerte con la habitación. Es limpia y tranquila. Ahora estoy sentado en el café de enfrente tomando un café batido, mientras el sudor va bajando de mi nuca a la espalda en lentas gotas. A las diez de la mañana el sol ya abrasa los muretes de piedra, las rocas que asoman por entre los hierbajos secos y las casas encaladas con sus postigos azules.

Me estoy preguntando cómo encontraré a la tal Aliki cuando la veo salir de la misma casa donde me alojo. La tipa no ha dejado nada al azar, pienso. No va vestida de negro, como en la fotografía, sino que lleva una camiseta de algodón, una falda estampada y un ancho sombrero de paja, adornado con una cinta roja. Lo único que no puede disimular es su cara arrugada y esa mirada ausente que tienen los alcohólicos por la mañana. Hace un calor abrasador, pero ella pide un Nescafé caliente, sin leche. Será que el café batido no basta para mantenerla en pie. Saca del bolso una libreta, donde empieza a anotar algo. Alas tres palabras sostiene el bolígrafo en el aire y proyecta su mirada a lo lejos, hacia las rocas que centellean bajo el sol. Vuelve a sus anotaciones. Algo me dice que este escribir y soñar promete, y pido otro café batido.

«Lo haré», repetía Jimmy una y otra vez. Esta vez no habría obstáculos: ni móvil, que detestaba conocer, ni relación alguna con la futura víctima. Esta vez se trataba de una tal Aliki, de quien no disponía más datos, a la que tenía que matar sin saber por qué.

«¡Lo haré! -afirmó resueltamente para sí mientras miraba a la tal Aliki, que otra vez mantenía el bolígrafo suspendido-. Es la oportunidad que he estado esperando para librarme del cutrerío y llegar a ser alguien.» Y tomó otro sorbo de café.

Cada vez que levantaba la vista de la libreta y antes de pasearla por el paisaje circundante, Aliki observaba a través de sus gafas de sol al tipo que estaba sentado a la mesa de al lado.

«¿Por qué no me quita los ojos de encima? -se preguntaba-. ¿Qué quiere? Si le gusto con esta pinta, seguro que es un pervertido.»

Y con este pensamiento se levantó para ir a bañarse a Tsiguri.

He hecho algunos progresos. Desde hace dos días consigo estar siempre a su lado. Esta mañana, en Tsiguri, hemos tomado el sol a dos metros de distancia, aunque mirábamos en direcciones opuestas de la playa para fingir que no nos veíamos.

Ahora es la una de la madrugada y estamos sentados a mesas contiguas en el Egli, el pequeño bar que extiende sus dominios por el paseo marítimo. A través de los altavoces nos llega una música que parece elegida al azar: cantos tradicionales, canciones melódicas, Madonna y música de las islas.

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