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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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– ¿Por qué? -soy capaz de soportar mucho paternalismo, pero ya estaba hasta las orejas.

– Pásale el maldito teléfono -Sam casi nunca dice palabras fuertes, así que le puse una cara para escenificar lo que pensaba de su exigencia y pasé el teléfono a Alcide. Salí disparada al salón y miré a través de la ventana. Efectivamente. Una camioneta Dodge Ram. Estaba dispuesta a apostar que llevaba encima todos los extras que se le podía colocar.

Arrastré la maleta de ruedas del tirador y coloqué el bolso de viaje sobre una silla, cerca de la puerta, así que sólo me quedaba ponerme la pesada chaqueta. Me alegré de que Alcide me avisara sobre las normas de vestimenta del bar, puesto que jamás se me habría pasado por la cabeza incluir nada elegante. Estúpidos vampiros. Estúpidos códigos estéticos.

Me sentía Cascarrabias, con «C» mayúscula.

Paseé de acá para allá por el pasillo, repasando mentalmente el contenido de la maleta, mientras los dos cambiantes estaban teniendo una supuesta «conversación de hombres». Colé una mirada por la puerta de mi habitación para ver que Alcide estaba sentado, con el teléfono en la mano, en el mismo borde de la cama que acababa de dejar yo. Por alguna extraña razón encajaba perfectamente en la casa.

Regresé al salón con pasos inquietos y volví a mirar por la ventana. Puede que estuvieran hablando de cosas de cambiantes. Si bien para Alcide, Sam (que solía cambiar a la forma de un collie, aunque no estaba limitado a ella) sería un peso ligero, al menos ambos pertenecían a la misma rama del árbol. Sam, por otro lado, sería un poco suspicaz con respecto al Alcide; los licántropos tenían una mala reputación.

Alcide atravesó el pasillo haciendo resonar el suelo de madera con sus pesados zapatos.

– Le he prometido que cuidaría de ti -me dijo-. Esperemos que todo esto funcione.

Ya no sonreía.

Me había estado preparando para mostrarme enfadada, pero su última frase había sonado tan real que el aire caliente se me escapó como cuando se deshincha un globo. En la compleja relación entre vampiro, licántropo y humano había mucho espacio para que algo saliera mal en alguna parte. Después de todo, mi plan era frágil, y el poder de los vampiros sobre Alcide, tenue. Era posible que Bill no hubiera sido capturado en contra de su voluntad. Cabía la posibilidad de que disfrutara en el cautiverio de un rey, siempre que la vampira Lorena estuviese a mano. Quizá le hiciera entrar en cólera ver que había ido a buscarlo.

Quizá estuviera muerto.

Cerré la puerta con llave detrás de mí y seguí a Alcide mientras él colocaba mis cosas en la plataforma de carga de la camioneta.

El exterior de su enorme vehículo brillaba, pero estaba sucio como el coche de un hombre que se pasa la vida laboral en la carretera. Un casco de protección, facturas, presupuestos, tarjetas de visita, botas y un botiquín de primeros auxilios. Al menos no había desechos de comida. Mientras rebotábamos por mi destartalado camino de gravilla, cogí un montón de folletos sujetos con una goma que decían: «Herveaux e hijo, Peritajes de alta garantía». Saqué el primero y lo estudié con detenimiento mientras Alcide conducía por la corta distancia hasta la Interestatal 20 para ir en dirección este, por Monroe y Vicksburg, hasta Jackson.

Descubrí que los Herveaux, padre e hijo, eran propietarios de una empresa de peritajes interestatal, con oficinas en Jackson, Monroe, Shreveport y Baton Rouge. La sede, como me había dicho Alcide, se encontraba en Shreveport. En el interior había una foto de los dos hombres, y el Herveaux mayor era tan impresionante (de un modo más maduro) que el hijo.

– ¿Tu padre también es licántropo? -pregunté tras digerir la información y darme cuenta de que la familia Herveaux era cuando menos próspera, y, seguramente, rica. Habían trabajado duro; y lo seguirían haciendo a menos que el señor Herveaux, padre, no controlara su vicio con el juego.

– Mi madre también -reveló Alcide después de una pausa.

– Oh, lo siento -no estaba segura de por qué me estaba disculpando, pero era más seguro que no hacerlo.

– Es la única forma de que nazca un licántropo -me dijo al cabo de un momento. No estaba segura de si me lo explicaba para ser cortés o si de verdad pensaba que debía saberlo,

– Entonces ¿cómo es que Estados Unidos no está lleno de licántropos y cambiantes? -pregunté tras meditar sobre lo que había dicho.

– Los de la misma raza deben aparearse para producir a un tercero, lo cual no siempre es viable. Y cada unión sólo produce un hijo con el rasgo. La mortalidad infantil es alta.

– Entonces, si te casas con una licántropo, ¿uno de vuestros hijos será un bebé licántropo?

– El rasgo se manifiesta con la llegada de, eh…, la pubertad.

– Oh, eso es terrible. Ser adolescente ya es bastante difícil.

Sonrió sin apartar la vista de la carretera.

– Sí, es verdad que complica las cosas.

– Y tu ex novia…, ¿también es cambiante?

– Sí… No suelo salir con cambiantes, pero supongo que pensé que con ella sería diferente. Los licántropos y los cambiantes sienten una poderosa atracción mutua. Magnetismo animal, supongo -dijo Alcide, en un intento de chiste.

Mi jefe, que también es un cambiante, se alegró mucho de hacer migas con otros cambiantes de la zona. Había estado saliendo con una ménade (decir que eran «novios» habría sido demasiado edulcorado para su tipo de relación), pero ella se marchó. Ahora, Sam ansiaba encontrar otra cambiante compatible con él. Se sentía más cómodo con alguien así, o con una humana extraña, como yo, que con las mujeres normales. Aunque él me lo dijo como un halago, o quizá como una mera confesión, en su día me dolió un poco. En cualquier caso, mi tara había surgido cuando yo era muy joven.

La telepatía no espera a la pubertad.

– ¿Cómo es eso? -pregunté de golpe-. ¿Por qué pensaste que con ella sería diferente?

– Me dijo que era estéril. Descubrí que tomaba píldoras anticonceptivas. Y eso es muy diferente. Por ahí no paso. Una cambiante y un licántropo también pueden tener un hijo que cambie con la luna llena, aunque sólo los hijos de una pareja pura (ambos licántropos o cambiantes) muten a voluntad.

Lo que una aprende, oye.

– Entonces, sales con las chicas de toda la vida. Pero ¿no se hace difícil tener que guardar en secreto un factor tan, eh…, importante?

– Sí -admitió-. Salir con chicas normales puede ser un incordio. Pero con alguien tendré que salir -había un toque de desesperación en su retumbante voz.

Le dediqué a aquello un largo momento de meditación, y luego cerré los ojos y conté hasta diez. Echaba de menos a Bill de un modo tan elemental como inesperado. La primera pista fue el tirón que sentí bajo la cintura cuando vi el vídeo de El último mohicano la semana anterior y me fijé en Darnel Day-Lewis correteando por el bosque. Si tan sólo pudiera aparecer de detrás de un árbol antes que Madeleine Stowe…

Iba a tener que llevar cuidado.

– Entonces ¿si muerdes a alguien no se convierte en licántropo? -decidí cambiar la dirección de mis pensamientos. Pero recordé la última vez que Bill me había mordido, y sentí un azote de calor en…, oh, demonios.

– De ahí sale el hombre lobo, como el dé las películas. Mueren bastante deprisa, pobres. Y no es hereditario, en caso de, eh…, engendrar niños en su forma humana. Si lo hacen en su forma alterada, la madre sufre un aborto y el niño no llega a nacer.

– Qué interesante -no se me ocurrió nada más que decir.

– Pero también está el elemento sobrenatural, igual que con los vampiros -dijo Alcide, aún sin apartar la vista de la carretera-. La relación de la genética y el elemento sobrenatural, eso es lo que nadie parece comprender. Nosotros no podemos decirle al mundo que existimos, como hicieron los vampiros. Nos encerrarían en zoológicos, nos esterilizarían, nos meterían en guetos porque a veces nos convertimos en animales. A los vampiros, en cambio, ese paso les ha dado un aire de seducción y riqueza -parecía algo más que amargado.

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