La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Los intentos de Kahlan por ponerse en pie le llamaron la atención. Una cegadora luz estalló en la estancia al lanzar otro relámpago. Éste arañó la pared, por encima de la cabeza de Kahlan, que se echó al suelo para esquivarlo. Brogan se levantó de un salto y fue a por ella.
— ¡Tobias! ¡Detente! ¡No debes usar el don!
Tobias Brogan miró a su hermana con una inquietante calma.
— Esto es una señal. Ya ha llegado la hora. Siempre he sabido que llegaría. —Brogan alzó una mano ante el rostro y entre las yemas de sus dedos parpadearon destellos azules—. Esto no es la lacra, Lunetta, sino poder divino. La lacra sería algo feo, y esto es hermoso.
»El Creador ha perdido el derecho de darme órdenes. El Creador es un poseído. Ahora el poder es mío. Ya ha llegado la hora de usarlo. Ha llegado la hora de que yo juzgue a la humanidad. —El hombre se volvió hacia Kahlan y anunció—: Ahora yo soy el Creador.
Lunetta levantó un brazo en actitud implorante.
— Tobias, te lo ruego…
Brogan se volvió hacia ella. Mortíferas serpientes de luz se retorcían en sus manos.
— Poseo algo glorioso. ¡No pienso oír ni una más de tus sucias mentiras! Tú y mamá sois poseídas. —Tobias Brogan desenvainó la espada y la blandió en el aire. La luz se enroscó alrededor de la hoja.
— No debes usar tu poder, Tobias. No debes —protestó Lunetta. Con gran esfuerzo mental apagó los destellos luminosos.
— ¡Pienso usar lo que es mío! —Nuevamente la luz prendió en sus dedos y ascendió por la espada—. Ahora yo soy el Creador. ¡Tengo el poder y digo que debes morir!
Sus ojos brillaban como los de un loco mientras contemplaba, totalmente embelesado, la luz que crepitaba en la yema de sus dedos.
— En ese caso, eres un verdadero poseído y debo detenerte, tal como me has enseñado —murmuró Lunetta.
De una de sus manos brotó una refulgente línea de luz rosada que atravesó el corazón de Brogan.
En la humeante quietud el hombre dio su última bocanada y se desplomó, muerto.
Ignorando cuál sería la reacción de Lunetta, Kahlan no se movió sino que permaneció tan quieta como un cervatillo en un prado. Adie tendió una mano a la hechicera y trató de consolarla en su lengua nativa.
Pero era como si Lunetta no la oyera. Con rostro inexpresivo se arrastró hasta el cuerpo de su hermano y apoyó la cabeza de Brogan en su regazo. Kahlan contemplaba la escena con angustia.
Súbitamente Galtero hizo acto de aparición.
Agarró a Lunetta por el pelo y la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. No vio a Kahlan en los escombros junto a la pared, a su espalda.
— Streganicha -murmuró cruelmente.
Lunetta no trató de resistirse. Se mostraba aturdida. Kahlan se lanzó al suelo para coger la espada de Brogan. Con frenéticos movimientos la asió. Pero no fue lo suficientemente rápida.
Galtero rebanaba ya el pescuezo a Lunetta con su cuchillo.
Antes de que el cuerpo de Lunetta tocara el suelo, Kahlan atravesó al asesino con la espada.
Mientras caía, retiró la espada.
— ¿Adie, estás herida?
— No por fuera, hija mía.
— Lo entiendo, pero ahora mismo no podemos dejarnos vencer por la pena.
Kahlan cogió a Adie de la mano y después de asegurarse de que realmente Lunetta había retirado el escudo antes de entrar, salieron al pasillo.
Los cuerpos de dos Hermanas yacían a ambos extremos: sus guardianas. Lunetta las había matado a las dos.
Kahlan oyó el ruido de unas botas que subían la escalera. Ella y Adie saltaron por encima de los sangrientos despojos y bajaron a la carrera por la escalera de servicio. Al salir a la oscuridad exterior no vieron a nadie, pero en la lejanía oyeron alboroto: el entrechocar del acero. Juntas, cogidas de la mano, corrieron para salvarse.
Mientras corría Kahlan se dio cuenta de que estaba llorando.
Con la cabeza gacha para que la Hermana no la reconociera, Ann salvó la distancia a la tenue luz que reinaba en las criptas. Zedd le pisaba los talones. La mujer sentada detrás de la mesa se levantó con expresión de recelo y avanzó hacia ellos.
— ¿Quién es? —inquirió lacónicamente la hermana Becky—. No se permite a nadie el acceso a las criptas. Todo el mundo está advertido.
Becky le lanzó un empellón con su han en la espalda para detenerla, al mismo tiempo que corría para cortarle el paso. Cuando Ann alzó la cabeza, Becky se quedó atónita.
Inmediatamente Ann le hundió el dacra. Los ojos de la Hermana parecieron iluminarse desde el interior, y se desplomó.
— ¡La has matado! —exclamó Zedd—. ¡Acabas de matar a una mujer embarazada!
— Has sido tú —susurró la Prelada—. Tú la condenaste a muerte. Sólo rezo para que fuese una Hermana de las Tinieblas y no una Hermana de la Luz.
Zedd la obligó a darse media vuelta estrujándole un brazo.
— ¡Es que te has vuelto loca, mujer!
— Ordené a todas las Hermanas de la Luz que abandonaran palacio. Les ordené que escaparan. Te he suplicado una y mil veces que me permitieras usar el libro de viaje para cerciorarme que mis órdenes se habían cumplido. Puesto que me lo negaste, debo suponer que mis instrucciones se han puesto en práctica.
— ¡Eso no es excusa para matarla! ¡Podrías haberla incapacitado!
— Si mis órdenes han sido cumplidas, Becky era una Hermana de las Tinieblas. No tendría ninguna posibilidad en una lucha limpia contra una de ellas. Y tú tampoco. No podía correr ese riesgo.
— ¿Y si no era sierva del Custodio? —insistió Zedd, muy alterado.
— No puedo poner en riesgo a todos por una probabilidad.
Los ojos de Zedd despedían chispas.
— Estás loca —sentenció.
Ann enarcó una ceja.
— ¿Ah sí? ¿Acaso tú pondrías en peligro la vida de miles de personas si alguien trata de detenerte y sólo estás un noventa por ciento seguro de que es tu enemigo? ¿Has llegado a Primer Mago tomando ese tipo de decisiones?
Zedd la soltó.
— Vale, me has pillado. ¿Qué quieres de mí?
— Primero debemos asegurarnos de que no hay nadie más.
Se dividieron. Ann registró entre las hileras de librerías, pero sin perder de vista al anciano mago y asegurarse de que la obedecía. Si Zedd trataba de escapar, el rada’han se lo impediría, y él lo sabía.
Sentía simpatía por el abuelo de Richard pero era preciso que cultivara su odio. Era preciso que Zedd estuviera furioso y deseoso de aceptar la oportunidad que Ann iba a brindarle.
Llegaron al fondo de las tenebrosas criptas sin encontrar a nadie más. Ann se besó el dedo anular, donde llevara durante tantos años el anillo de Prelada, y dio gracias al Creador. Para alejar los remordimientos de haber matado a la hermana Becky se dijo que no le hubieran encomendado la vigilancia de las criptas de no ser una servidora del Custodio y del emperador. En cuanto al inocente nonato, mejor no pensar en ello.
— ¿Y ahora qué? —le espetó Zedd cuando se reunieron en el fondo, cerca de una de las pequeñas cámaras de acceso restringido.
— Nathan hará su parte. Te he traído aquí para que tú hagas el resto.
»Este palacio está envuelto en un encantamiento tejido hace tres mil años. Con el tiempo he deducido que se trata de una red bifurcada.
Zedd enarcó las cejas. Su curiosidad pudo más que la indignación.
— Ésa es una afirmación muy osada. No sé de nadie capaz de tejer una red bifurcada. ¿Estás segura?
— Es cierto que en la actualidad nadie puede, pero los magos de antaño poseían mucho más poder.
Zedd se acarició el lampiño mentón con el pulgar, reflexionando.
— Sí, imagino que tenían poder suficiente para eso. —Clavó de nuevo los ojos en Ann e inquirió—: Pero ¿para qué?
— El encantamiento altera el lugar sobre el que se alza el palacio. El escudo exterior, donde hemos dejado a Nathan, es la concha que lo rodea por completo. Ese escudo crea el entorno en el que esta mitad puede existir en el mundo. El encantamiento que pesa sobre esta isla está conectado con otros mundos y, entre otras cosas, altera el tiempo. Por eso envejecemos más despacio que la gente que vive fuera de él.