Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El juego del León
El juego del León - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
1 ... 150 151 152 153 154 155 156 157 158 ... 189
Перейти на страницу:

Transcurrió una hora, y los cinco agentes fueron turnándose en los puestos de vigilancia. Kate y yo nos ofrecimos a relevarlos, pero parecían querer que permaneciéramos en la cocina.

Scott estaba ahora sentado a la mesa y nos preguntaba cosas sobre Nueva York. Yo traté de convencerlo de que la gente hacía surf en el East River, y todos rieron entre dientes. Me sentí tentado a contar mi chiste sobre la fiscal general, pero podrían tomárselo a mal.

De todos modos, yo me estaba mostrando modesto con respecto a mis aportaciones al caso, sin mencionar apenas que era yo quien había averiguado qué se proponía Asad Jalil y pasando como sobre ascuas por encima de mi deslumbrante inteligencia al identificar a los pilotos que estaban señalados para morir.

A este respecto, todos mostraban un cierto talante sombrío, comprendiendo que muchos tipos excelentes, que habían servido a su país, estaban ahora muertos, asesinados por un agente extranjero. Se suponía que aquello no podía suceder.

Eran casi las nueve de la noche cuando sonó un teléfono en alguna parte, y quedamos todos en silencio.

A los pocos segundos entró Tom en la cocina y dijo:

– Una furgoneta azul de reparto está pasando por la zona, ocupada solamente por el conductor, un varón. Los compañeros pertrechados con el equipo de visión nocturna dicen que se ajusta a la descripción del sospechoso. Todos a sus puestos.

Todo el mundo estaba ya en pie, moviéndose.

– Entrad en el cuarto de la televisión -dijo Tom, dirigiéndose a Kate y a mí.

Salió rápidamente de la cocina, mientras Kim Rhee entraba en el garaje, donde Roger Fleming se hallaba de guardia en aquellos momentos. Dejó la puerta abierta, y pude ver a Roger agazapado tras las cajas de cartón y empuñando la pistola. Kim sacó su arma, fue hasta la puerta del garaje y se apostó a un lado, junto al iluminado mecanismo de apertura automática.

Juan estaba en la puerta trasera de la cocina, con la pistola en la mano y echado a un lado.

Kate y yo entramos en el cuarto de estar, donde Tom y Edie, con las pistolas empuñadas, se hallaban situados a ambos lados de la puerta principal. Scott estaba en pie delante de la puerta, atisbando por la mirilla. No pude por menos de observar que Scott no llevaba nada de ropa, a excepción de un par de anchos pantalones de baño, en la parte posterior de los cuales abultaba la culata de una Glock. Supongo que eso era la versión californiana de la ropa interior. En cualquier caso, anoté mentalmente a su favor el hecho de que no llevara chaleco antibalas.

Tom nos vio y de nuevo insistió en que nos retirásemos al cuarto de la televisión, pero comprendió en seguida que no habíamos recorrido cinco mil kilómetros para quedarnos viendo la tele mientras se producía la detención.

– Cubríos. Por aquí -dijo.

Kate se situó junto a Tom, que estaba a la izquierda de la puerta, y sacó su pistola. Yo me puse junto a Edie, que estaba encajada en un pequeño hueco existente entre la puerta y la pared del cuarto de estar. La puerta se abriría hacia nosotros, que quedaríamos detrás de ella cuando se abriera. Había suficientes armas empuñadas, así que no saqué mi Glock. Miré a Kate, que me miró también, sonrió y me guiñó un ojo. Mi corazón latía violentamente pero me temo que no por Kate Mayfield.

Tom tenía el teléfono móvil junto al oído y estaba escuchando.

– La furgoneta está reduciendo la marcha a unas manzanas de aquí… -nos dijo.

– La veo. Está parando delante de la casa -exclamó Scott, que estaba vigilando por la mirilla.

Se podían oír las respiraciones en la estancia, y pese a todo el apoyo exterior, y todo el material de alta tecnología, y los chalecos antibalas, no hay nada como el momento en que estás a punto de enfrentarte a un asesino armado.

– Está saliendo un hombre de la furgoneta… -dijo Scott, bastante sereno- del lado de la calle, no puedo verlo… va hacia atrás… abre las puertas… lleva un paquete… viene hacia aquí… se ajusta a la descripción… alto, tipo de Oriente Medio… viste vaqueros y camisa de cuello oscuro, lleva un paquete pequeño en la mano… Mira a un lado y a otro…

Tom estaba diciendo algo por el móvil y luego se lo guardó en el bolsillo.

– Todos sabéis lo que hay que hacer -nos dijo en voz baja.

La verdad es que yo me había perdido el ensayo.

– Tened presente que podría ser un inocente repartidor… -dijo Tom-. No actuéis con demasiada violencia pero derribadlo y ponedle las esposas.

Me pregunté qué había sido de la pistola viscosa. Sentí que un ligero sudor me cubría la cara.

Sonó el timbre. Scott esperó unos segundos y luego extendió la mano hacia el picaporte y abrió la puerta. Antes de que ésta obstruyese la visión, vi a Scott sonreír mientras decía:

– ¿Algo para mí?

– ¿Señor Wiggins? -preguntó una voz con acento extranjero.

– No -respondió Scott-. Sólo estoy cuidando la casa. ¿Quiere que firme eso?

– ¿Cuándo estará en casa el señor Wiggins?

– El jueves. Quizá el viernes. Puedo firmar yo. No hay ningún problema.

– Está bien. Firme aquí.

– Esta pluma no escribe. Pase adentro -oí decir a Scott.

Se apartó de la puerta, y no pude por menos de pensar que si Scott fuese realmente el cuidador de la casa, pronto estaría muerto y apestando en el cuarto trasero mientras Asad Jalil esperaba el regreso del señor Wiggins.

El caballero alto y moreno dio un paso en el interior del cuarto de estar, y, en cuanto hubo cruzado el umbral, Edie cerró la puerta de una patada. Aun sin haber sido informado, yo sabía lo que iba a suceder a continuación. En un abrir y cerrar de ojos, Scott agarró al hombre por la camisa y lo lanzó hacia los que esperaban.

En menos de cuatro segundos, nuestro visitante estaba boca abajo en el suelo, conmigo encima de sus piernas y el pie de Edie sobre su cuello mientras Tom y Scott le ponían las esposas.

Kate abrió la puerta y levantó la mano con el pulgar hacia arriba en dirección a quienquiera que fuese el que estaba mirando con prismáticos, luego echó a correr hacia la furgoneta, y yo la seguí.

Registramos la furgoneta pero no había nadie en ella. Unos cuantos paquetes yacían desparramados en el interior, y Kate encontró un teléfono móvil en el asiento delantero. Lo cogió.

Empezaron a aparecer coches como salidos de la nada, deteniéndose con estridente chirriar de frenos delante de la casa, mientras los agentes saltaban a tierra, igual que en las películas, aunque yo no veía la necesidad de los chirridos.

– Está esposado -les dijo Kate.

Observé que se había abierto la puerta del garaje y Roger y Kim estaban ahora en el césped. No había aparecido aún ningún vecino. Se me ocurrió que si aquello fuese el rodaje de una película, se habría congregado una incontrolable multitud de ciudadanos ofreciéndose a gritos para trabajar como extras.

De todos modos, conforme al procedimiento operativo habitual, todos los agentes que habían permanecido apostados regresaron a sus vehículos y reanudaron su vigilancia de la casa para no asustar a algún cómplice que pudiera presentarse, por no mencionar el sobresalto del señor Wiggins si volvía a casa, o de aquellos de sus vecinos que pudieran darse cuenta de lo sucedido.

Kate y yo corrimos a la casa, donde el prisionero yacía ahora de espaldas, estrechamente vigilado por Edie y Scott, mientras Tom permanecía de pie junto a él.

Miré al hombre, y no me sorprendió demasiado descubrir que no era Asad Jalil.

CAPÍTULO 48

Kate y yo nos miramos y miramos luego a los que nos rodeaban. Nadie parecía muy contento.

– Está limpio -dijo Edie.

El hombre estaba gimoteando, y le corrían las lágrimas por la cara. Si alguien tenía alguna duda de que aquél no era Asad Jalil, sus gimoteos la hacían desaparecer.

Roger y Kim se hallaban ahora en el cuarto de estar, y Kim dijo que iba a comunicar por radio con las unidades de vigilancia para decirles que el repartidor no era nuestro hombre y que permanecieran alerta.

1 ... 150 151 152 153 154 155 156 157 158 ... 189
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)