Diario de un cazador
- Автор: Delibes Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Diario de un cazador». Краткое содержание книги:
Llevo tres noches soñando boberías. Me duermo escapado, pero en seguida vienen las pesadillas. Y todas las noches lo mismo. Sueño que me voy a dormir cuando veo un bando de perdices apeonando por la alcoba. Me tiro de la cama, agarro la escopeta y entonces las tías zorras se van bajo la cómoda. Las saco de allí a patadas y cuando disparo, los tiros salen follones o hacen: «psssst», como si algo se deshinchara. Otras veces los cañones se doblan como si fueran de chocolate. El caso es que no pringo nada y las marrajas se largan a la azotea por la rendija de la puerta y me toman a chirigota. Por las mañanas estoy como amorrongado. Hoy no vi a Melecio ni a Anita; estoy murrio. Si ella llamara sería otra cosa, pero la Anita es burra donde las haya.
Me soltaron los obvencionales: 385 líquidas, que no está mal. Ya le anuncié a la madre que si entre los tres repartos no alcanzo las dos mil me las completarán para Navidad. La madre abrió el ojo. Al levantarse había dicho que andaba como mareada, pero con los cuartos se le pasó. A las mujeres ya se sabe, cuando no les duele algo, han dormido mal, como decía el otro.
Al regresar esta mañana de la tienda de don Rafael me encontré a Melecio que acababa de toparse con la Anita al salir de la sierra. Le pregunté si parecía contenta y el vaina dice que riendo a carcajadas no iba. Hay muchas maneras de estar uno contento sin necesidad de alborotar, me parece a mí.
El tiempo se ha puesto suave. En el café decidimos ir el domingo a lo de San Miguel del Pino. El río forma arriba del pueblo una isla de la que los patos son querenciosos. Zacarías me aconseja que lleve cuarta y que al pato, particularmente si es azulón, no le tire de pico. ¡Valiente novedad! Compré un kilo de perdigón de cuarta. Esto del perdigón es una broma. ¡A 24, vamos! Dice Melecio que en la calle la Olma hay un fulano que dándole plomo lo hace barato. Pero ¿de dónde demonios saco yo el plomo?
En casa encontré a Aquilino, tan plantado como siempre. El hombre parece un general. Desde lo de la subasta le tengo atravesado. Vio la piel del zorro y me preguntó quién le había cascado. Le dije que fui yo en lo de Aniago y le conté toda la historia.
Ha hecho un día de primavera. Fuimos en el tren a San Miguel y de allí al río meneando las tabas. Había dos que nos tomaron la delantera y tenían los puestos al norte de la isla, pero el barquero dijo que tanto daba la parte porque la querencia varía y todo es cuestión de acertar. A la perra le imponía meterse en la barca. ¡La muy torda! Aún era temprano y la sombra de los chopos daba en el río. Tan pronto llegué al puesto coloqué unos tomillos sobre los carrizos para ocultarme y le dije a Tochano que se quitase la cazadora blanca, porque se le veía desde París. A Melecio se le ocurrió mentar al Pepe y Tochano se volvió a él cabreado y le dijo que no fuéramos a reventar la fiesta. Luego nadie mentó al Pepe, aunque todos lo teníamos en el pensamiento. Al quedarnos callados se oía la vida en cinco kilómetros a la redonda. De repente me pareció que alguien zurcía el aire con un junco, miré hacia arriba y vi un bando bueno, de lo menos trece. Venían formados como para un desfile, pero entraron tan largos que no hice ni intención. A mi derecha sonó un tiro y luego otros dos y la Doly se puso loca y tuve que zurrarla. La condenada no sabe más que correr gallos. Yo estaba como tolondro. Decididamente esto de la espera no me va. Cruzaron otros diez patos y como si nada. Me voceó Zacarías que iban a tirarse a la confluencia. Luego entraron tres rasando el agua y vacié la escopeta. Nada. Oí tirar por turno a Zacarías, Melecio y Tochano. Como voceaban, salí del puesto y me llegué donde ellos. Tochano había caído uno en medio de la corriente y estaba alborotado el gilí porque el Sol que si quieres y el agua arrastraba al pato. Azucé a la Doly, pero ni a la de tres. Acabamos desamarrando la barca y perdimos tres cuartos de hora. Era un azulón macho de una vez. A poco entró un bando a huevo y Melecio descolgó uno. Andábamos cobrándole sin ninguna precaución y bajó otro donde el muerto. Tiramos todos a placer y allí quedó el cipote sin menear una pluma. Luego nos sentamos a comer y Zacarías dijo que el crepúsculo era la mejor hora, pero cuando el río se llenó de sombras, no se oía más que el viento en los carrizos. De retirada tumbé una gallineta y poco más arriba, ya sin luz, un cagaaceite. En la estación echamos a dedos y me cayó el lote de la gallineta. Lo siento porque estos bichos son tan duros como burros. Al llegar a casa le pregunté a la madre si había habido algo y ella me dijo algo de qué. Me cabreó la salida, porque la verdad es que ni yo mismo sé lo que quiero.
Esta mañana encontré a la de Alemán y al de Francés besándose en la sala de profesores. Me hice el tolondro.
Anoche volví a soñar con perdices. Me levanté con dolor de muelas. Aún sigo como aliquebrado. Don Basilio me mandó preparar las togas para la fiesta de Santo Tomás. La del de Francés tenía un pegote de cera y la madre anduvo quitándole con la plancha. A las siete, sin intención, me llegué donde las Mimis. Anita me preguntó qué pintaba allí. Callé la boca por no soltarle una fresca. Pero me dio rilis cuando vi que ponía jeta y me llegué donde «La Conchita» y le compré un bartolillo. Luego le confesé lealmente que la echaba en falta. La chavala empezó con unos pocos de humos, pero, al cabo, como si no hubiera pasado nada. En el portal le cogí una mano. Ella se dejó hacer. La verdad es que la cría esta tiene una boca que es una nidada de besos. Tardé en dormirme más de la cuenta. Sentí el exprés de Galicia.
Se ha disuelto la Orquesta Municipal. Según Melecio había algunos con más pretensiones que Iturbi. Le pregunté que si el chelo, y me dijo que ése era uno. Luego me dijo que la fetén es que la idea no ha tenido el eco que se esperaba.
Esta tarde encontré a la Modes que se llevaba una botella de aceite. Tuve bronca con la madre. Para tanto como eso no me estoy yo reventando. Ya le dije que Serafín ingresa el doble que yo, pero ella me salió con que la Modes lo devuelve el lunes y que no me pusiera así. Me pongo como me pongo. Mi hermana es una fulana que siempre anda a la sopa y me giba que todos coman a costa de uno.
Acto académico en la Universidad. Uno de Letras soltó un rollo sobre el Tomismo. ¡Coplas! Hice por entenderle, pero a los diez minutos se me calentaron los sesos y salí al corredor a echar un pito. Estuve de cháchara con Cosme y Emilio. Los marrajos aún se las tenían tiesas cuando les dije que no es justo que ellos tengan carestía y nosotros no. Don Basilio me dijo a la salida que pasara por su casa a la tarde, que quería hablar conmigo. A las tres ya estaba allí. Me mandó sentar y me dijo que el de Francés y la de Alemán se casan para la primavera y que el de Francés había pensado en mí para que abriera las portezuelas de los coches de uniforme. Luego dijo que no ignoraba que tal cosa quedaba al margen de mis obligaciones, pero que lo meditase antes de decidirme y que en caso afirmativo me encargara sin más un uniforme. Por otro cualquiera lo hubiese hecho, pero si quiere uniformes el de Francés pudo hacerse marino en lugar de catedrático. Así es que le dije que nones. Él insistió que una boda entre catedráticos es una cosa rara y quiere rodearla de la mayor brillantez por el prestigio del Centro. Para no repetirle que no por las derechas le pregunté si tendría que llevar gorra y él respondió que a ver, y yo, entonces, le dije que no. El hombre no se daba por vencido y aún me dijo que volveríamos a hablar después de que yo reflexionase.
Estuve con don Basilio en la Dirección y me preguntó qué había decidido sobre el asunto. Le dije lealmente que lo sentía por él, pero que no; que me joroba lucirme.
El vaina de Crescencio me pidió esta mañana que le dé la hora en Dibujo. Le pregunté el porqué y todo lo que se le ocurrió decir es que tiene un chico en la clase. Le dije que qué tenía eso que ver y me contestó que al chaval le da lacha que su padre asome la jeta y diga: «¡La hora!» ¡No te giba! He comentado el caso con la madre. Ella dice que si un día tengo un hijo será bedel como yo. No le falta razón.
El tiempo sigue suave y esta noche al afeitarme me dejé el bigote. De aquí a septiembre, cuando se abra la veda, puede estar listo. Recuerdo que el Pepe decía, la otra vez que me lo dejé, que parecía tuerto del lado derecho. ¡Pobre Pepe!
Hoy me desayuné en la cama. La madre me subió el periódico y me entretuve con él hasta mediodía. Oí misa de una y a la salida me encontré a Melecio. Dice que uno de San Miguel le ha dicho que la manera de cazar patos en las salinas es de noche, a la espera. Por broma le pregunté que si a la luz de un farol y él se mosqueó y dijo que con la de la luna bastaba. Quedamos en ir el sábado. Me alegro porque así no tengo necesidad de dar explicaciones a Anita. Estuve con ella esta tarde en la Cerve y se me hace que pone cara.
Fui a primera hora al cementerio a llevarle unas flores al Pepe. Me topé allí con Melecio y Zacarías. De regreso dijo Zacarías que este año nos quedábamos sin la copa de anís que solía pagar el Pepe. Volvíamos todos murrios. Les recordé que el Pepe decía que San José era el único santo que merecía la pena, y Melecio se echó a reír y dijo que qué cara habría puesto al tropezarse arriba con los demás. Zacarías se puso a reír a lo bobo. En el café, Melecio volvió a recordar lo de la copa y Tochano voceó que al que volviera a mentar al Pepe, para bien o para mal, le estampaba la jarra en la cabeza. Luego pagó una botella. La bebimos sin chistar y, al acabar, Tochano pidió otra A lo bobo a lo bobo se nos hizo la una. De retirada nos topamos con Serafín en la barra. El patoso se me abrazó y dijo que se venía con nosotros y que pagaba un vaso donde Polo. Luego estuvimos en un banco de la Plaza cantando. Al final, mi cuñado se echó a llorar y dijo que se acordaba del chavea que se le murió. Tochano ladraba a la luna, le agarró por las solapas y le dijo que si volvía a mentar a un muerto le rompía la cara. Estaban los dos a cuál más mamado. Cogí a Serafín y me le llevé para casa. Mi hermana le aguardaba levantada. Al verme me puso a caer de un burro voceando que perdía a su marido por las tabernas mientras ella se mataba por dar a los chicos un pedazo de pan. Serafín se empeñaba en besarla y ella le largó un guantazo y le dijo que no fuera sobón. Mi hermana andará a la sopa, pero carácter no le falta.