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El Juguete Rabioso

Электронная книга - «El Juguete Rabioso». Краткое содержание книги:

El juguete rabioso es la más autobiográfica de sus novelas. Está dividida en cuatro partes que muestran a su protagonista Silvio Astier en diferentes situaciones en las que fracasa sistemáticamente. En el primer capítulo `Los ladrones`, Silvio forma un club con el objetivo de efectuar robos en el barrio, los intentos son frustrados y el club se disuelve. En el segundo, `Los trabajos y los días` el protagonista es dependiente de una librería pero luego de intentar un incendio, fracasa y debe huir. En el tercero, `El juguete rabioso` Astier ingresa en la Escuela de Aviación como aprendiz, pero lo expulsan. El capítulo culmina cuando intenta suicidarse y fracasa. En la parte final, llamadas `Judas Iscariote`, Silvio, ya mayor, entabla amistad con un rengo que es un cuidador de carros, muy humilde, en Flores. El Rengo le cuenta que quiere robar la casa del ingeniero Vitri. El protagonista lo delata y comenta que desea irse al sur.
El resentimiento de sus repetidos fracasos lo impulsa a delatar a un hombre común, marginado como él. La única vez que no falla en sus intenciones, falla como ser humano, delatando al que lo consideraba su amigo y confidente. (Escuela Normal Superior de Chascomús 1997)
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Una tarde, después que se insultaron hasta enronquecer, la mujer de don Gaetano, comprendiendo que éste no abandonaría el comercio como otras veces, resolvió marcharse.

Salió hasta la calle Esmeralda y volvió al departamento con un lío blanco. Después, para perjudicar al marido que tarareaba insultante un couplet a la puerta de la caverna, se dirigió a la cocina y nos llamó a Dío Fetente y a mí. Me ordenó, pálida de rabia:

– Sacá esa mesa, Silvio.

Tenía los ojos más verdes que nunca y dos manchas de carmín en las mejillas. Sin cuidarse de que el borde de su pollera se ensuciaba en la humedad del cuchitril, inclinábase aderezando los enseres que se llevaría.

Yo, tratando de no mancharme de grasa, retiré la mesa, una tabla pringosa con cuatro patas podridas. Allí preparaba sus bodrios el lacerado Dío Fetente.

Dijo la mujer:

– Poné las patas para arriba.

Comprendí su pensamiento. Quería convertir el trasto en una angarilla

No me equivoqué:

– Dío Fetente barrió con la escoba muchas telas de araña del fondo de la mesa. Y después de cubrirla con un repasador, la mujer depositó en las tablas un bulto blanco, las ollas rellenas de platos, cuchillos y tenedores, ató con un piolín el calentador Primus a una pata de la mesa y, congestionada de trajinar, dijo, viendo casi todo terminado:

– Que se vaya a comer a la fonda ese perro.

Acabando de arreglar los paquetes, Dío Fetente, inclinado sobre la mesa, parecía un cuadrumano con gorra, y yo, con los brazos en jarras, cavilaba pensando de dónde don Gaetano nos proporcionaría nuestra magra pitanza.

– Vos agarrá adelante.

Dío Fetente, resignado, cogió el borde del tablero y yo también.

– Caminá despacio -gritó la mujer, cruel.

Tumbando una pila de libros pasamos frente a don Gaetano.

– Andate, puerca… andate -vociferó él.

Ella rechinó los dientes con furor.

– ¡Ladrón!… Mañana va a venir el juez -y entre dos gestos de amenaza nos alejamos.

Eran las siete de la tarde y la calle Lavalle estaba en su más babilónico esplendor. Los cafés a través de las vidrieras veíanse abarrotados de consumidores; en los atrios de los teatros y cinematógrafos aguardaban desocupados elegantes, y los escaparates de las casas de modas con sus piernas calzadas de finas medias y suspendidas de brazos niquelados, las vidrieras de las ortopedias y joyerías mostraban en su opulencia la astucia de todos esos comerciantes halagando con artículos de malicia la voluptuosidad de las gentes poderosas en dinero.

Los transeúntes se desarrimaban a nuestro paso, no fuera los mancháramos con la mugre que llevábamos.

Avergonzado, pensaba en la traza de pícaro que tendría; y para colmo de infortunio como pregonando su ignominia los cubiertos y platos tintineaban escandalosamente. La gente se detenía a mirarnos pasar, regocijada con el espectáculo. Yo no detenía los ojos en nadie, tan humillado me sentía, y soportaba, como la mujer gorda y cruel que rompía la marcha, las cuchufletas que nuestra aparición provocaba.

Varios fiacres nos escoltaban ofreciéndonos los cocheros sus servicios, pero doña María, sorda a todos, caminaba adelante de la mesa, cuyas patas se iluminaban al pasar frente a las vidrieras. Por fin los cocheros desistieron de su persecución.

A momentos Dío Fetente volvía a mí su rostro barbudo sobre la bufanda verde. Gruesas gotas de sudor corríanle por las mejillas sucias, y en sus ojos lastimeros brillaba una perfecta desesperación canina.

En la plaza Lavalle descansamos. Doña María hizo depositar la angarilla en el suelo, y examinando escrupulosamente su carga, revisé el hatillo y acomodó las ollas, cuyas tapas reaseguró con las cuatro puntas del repasador.

Lustradores de botas y vendedores de diarios habían hecho un círculo en torno nuestro. La prudente presencia de un agente de policía nos evitó posibles complicaciones y nuevamente emprendimos camino. Doña María iba a la casa de una hermana que vivía en las calles Callao y Viamonte.

A instantes volvía su rostro pálido, me miraba, una sonrisa leve le rizaba el labio descolorido, y decía:

– ¿Estás cansado, Silvio? -y una sonrisa aligerábame de vergüenza; era casi una caricia que aliviaba el corazón del espectáculo de su crueldad-. ¿Estás cansado, Silvio?

– No, señora -y ella, tornando a sonreír con una sonrisa extraña que me recordaba la de Enrique Irzubeta cuando se escurrió entre los agentes de policía, animosamente avanzaba camino.

Ahora íbamos por calles solitarias, discretamente iluminadas, con plátanos vigorosos al borde de las aceras, elevados edificios de fachadas hermosas y vitrales cubiertos de amplios cortinados.

Pasamos junto a un balcón iluminado.

Un adolescente y una niña conversaban en la penumbra; de la sala anaranjada partía la melodía de un piano.

Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y de congoja.

Pensé.

Pensé en que yo nunca sería como ellos… nunca viviría en una casa hermosa y tendría una novia de la aristocracia.

Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y congoja.

– Ya estamos cerca -dijo la mujer.

Un amplio suspiro dilató nuestros pechos.

Cuando don Gaetano nos vio entrar a la caverna, levantando los brazos al cielo, gritó alegremente:

– ¡A comer al hotel, muchachos!… ¿Eh, te gusta don Miguel? Después vamos por ahí. Cerrá, cerrá la puerta, strunzo.

Una sonrisa maravillosamente infantil demudó la sucia cara de Dío Fetente.

Algunas veces en la noche, yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron al mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena como una boca con un grito.

Pensaba en las fiestas a que ellos asistieron, las fiestas de la ciudad, las fiestas en los parajes arbolados con antorchas de sol en los jardines florecidos, y de entre las manos se caía mi pobreza.

Ya no tengo ni encuentro palabras con qué pedir misericordia.

Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma.

Busco un poema que no encuentro, el poema de un cuerpo a quien la desesperación pobló súbitamente en su carne, de mil bocas grandiosas, de dos mil labios gritadores.

A mis oídos llegan voces distantes, resplandores pirotécnicos, pero yo estoy aquí solo, agarrado por mi tierra de miseria como con nueve pernos.

Tercer piso, departamento 4, Charcas 1600. Tal era la dirección donde debía entregar el paquete de libros.

Extrañas y singulares son esas lujosas casas de departamentos.

Por fuera, con sus armoniosas líneas de metopas que realzan la suntuosidad de las cornisas complicadas y soberbias y con sus ventanales anchurosos protegidos de cristales ondulados, hacen soñar a los pobres diablos en verosímiles refinamientos de lujo y poderío; por dentro, la oscuridad polar de sus zaguanes profundos y solitarios espanta el espíritu del amador de los grandes cielos adornados de Walhallas de nubes.

Me detuve junto al portero, un atlético sujeto que metido en su librea azul leía con aire de suficiencia un periódico.

Como un cancerbero me examinó de pies a cabeza; después, satisfecho de comprobar hipotéticamente que yo no era un ladronzuelo, con una indulgencia que únicamente podía nacerle de la soberbia gorra azul con trancellín de oro sobre la visera, me dio permiso para entrar, dándome por toda indicación:

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