El Juguete Rabioso
- Автор: Arlt Roberto
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «El Juguete Rabioso». Краткое содержание книги:
El resentimiento de sus repetidos fracasos lo impulsa a delatar a un hombre común, marginado como él. La única vez que no falla en sus intenciones, falla como ser humano, delatando al que lo consideraba su amigo y confidente. (Escuela Normal Superior de Chascomús 1997)
Leí:
"Se necesitan aprendices para mecánicos de aviación. Dingirse a la Escuela Militar de Aviación. Palomar de Caseros."
– Sí, tomas el tren a La Paternal, le dices al guarda que te baje en La Paternal, tomas el 88. Te deja en la puerta.
– Sí, anda hoy, Silvio, es mejor -indicó mi madre sonriendo esperanzada-. Ponete la corbata azul. Ya está planchada y le cosí el forro.
De un salto me planté en mi cuarto y en tanto me trajeaba, escuché a la judía que narraba con voz lamentosa una riña con su marido.
– ¡Qué cosa, frau Drodman! Vino borracho, bien borracho. Maximito no estaba, había ido a Quilmes a ver un trabajo de pintura. Yo estaba en la cocina, salgo afuera, y me dice mostrándome el puño así:
"'La comida, pronto… ¿Y el canalla de tu hijo por qué no vino a la obra?' Qué vida, frau, qué vida… Voy a la cocina y ligerito prendo el gas. Pensaba que si venía Maximito iba a suceder un bochinche, y temblaba, frau. ¡Dios mío! Ligerito le traigo el sartén con el hígado y huevos fritos en manteca. Porque a él no le gusta el aceite. Y lo hubiera visto, frau, abre los ojos grandes, frunce la nariz y me dice:
"'Perra, esto está podrido' y eran frescos los huevos. ¡Qué vida, frau, qué vida…! Toda la cama de huevos y manteca. Yo corrí hasta la puerta y él se levantó, agarró los platos y los tiraba contra el suelo. Qué vida. Hasta la hermosa sopera, ¿se acuerda, frau?, hasta la hermosa sopera se rompió. Yo tenía miedo y como me fui, él vino y pum, pum, se daba tremendos puñetazos en el pecho… ¡Qué cosa horrible!, y me gritó cosas que nunca, frau, me gritó: '¡Cochina, quiero lavarme las manos con tu sangre!'"
Se oía suspirar profundamente a la señora Naidath. Los percances de la mujer me divertían. En tanto hacía el lazo de mi corbata, me imaginaba sonriendo al grandulón de su marido, un canoso polaco, con nariz de cacatúa, vociferando tras de doña Rebeca.
El señor Josías Naidath era un hebreo más generoso que un etman del siglo de Sobiesky. Hombre raro. Detestaba a los judíos hasta las exaspeación, y su antisemitismo grotesco se exteriorizaba en un léxico fabuloso por lo obsceno. Natural, su odio era colectivo.
Amigos especuladores le habían engañado muchas veces, pero no quería convencerse de ello y en su casa, para desesperación de la señora Rebeca, siempre podían encontrarse inmigrantes alemanes gordos y aventureros de miserable traza, que se hartaban en torno de la mesa con chucrut y salchicha, y que reían con gruesas carcajadas, moviendo los inexpresivos ojos azules.
El judío les protegía hasta que encontraban trabajo, valiéndose de las relaciones que como pintor y francmasón tenía. Algunos le robaron; hubo un pillastre que del día a la noche desapareció de una casa en refacción llevándose escaleras, tablones y pinturas.
Cuando el señor Naidath supo que el sereno, su protegido, se había despachado en tal forma, puso el grito en el cielo. Parecía el dios Thor enfurecido… más no hizo nada.
Su esposa era el prototipo de la judía avara y sórdida.
Recuerdo que cuando mi hermana era más pequeña, estaba un día de visita en su casa. Con candidez admiraba un hermoso ciruelo cargado de fruta en sazón, y como es lógico, apetecía la fruta y le pedía con palabras tímidas.
Entonces la señora Rebeca la reprendió:
– Hijita… Si tenés ganas de comer ciruela, podés comprar toda la que quieras en el mercado.
– Sírvase el té, señora Naidath.
La judía continuaba narrando lamentosamente:
– Después me gritaba, y todos los vecinos oían, frau; me gritaba: "Hija de carnicero judío, judía cochina, protectora de tu hijo." Como si él no fuera judío, como si Maximito no fuera su hijo.
Efectivamente, la señora Naidath y el cernícalo de Maximito se entendían admirablemente para engañarlo al francmasón y sonsacarle dinero que gastaban en tonterías, complicidad de la que era sabedor el señor Naidath, y que sólo mentándola le sacaba de sus casillas.
Maximito, origen de tantas desaveniencias, era un badulaque de veintiocho años, que se avergonzaba de ser judío y tener la profesión de pintor.
Para disimular su condición de obrero, vestía como un señor, gastaba lentes y de noche antes de acostarse se untaba las manos con glicerina.
De sus barrabasadas yo conocía algunas sabrosísimas.
Cierta vez cobró clandestinamente un dinero debitado por un hostelero a su padre. Tendría entonces veinte años y sintiéndose con aptitudes de músico, invirtió el importe en un arpa magnífica y dorada. Maximito explicó, por sugerencia de su madre, que había ganado unos pesos con un quinto de lotería, y el señor Naidath no dijo nada, pero escamado miró de reojo el arpa, y los culpables temblaron como en el paraíso Adán y Eva cuando los observó Jehová.
Pasaron los días. En tanto, Maximito tañía el arpa y la vieja judía se regocijaba. Estas cosas suelen suceder. La señora Rebeca decía a sus amistades que Maximito tenía grandes condiciones de arpista, y la gente, después de admirar el arpa en un rincón del comedor, decía que sí.
Sin embargo, a pesar de su generosidad, el señor Josías era un hombre prudente ciertas veces y pronto se hizo cargo por qué trapacería era dueño del arpa el magnánimo Maximito.
En esta circunstancia, el señor Naidath, que tenía una fuerza espantosa, estuvo a la altura de las circunstancias, y como recomienda el salmista, habló poco y obró mucho.
Era sábado, pero al señor Josías, importábale un ardite el precepto mosaico, a vía de prólogo sacudió dos puntapiés al trasero de su mujer, cogió a Maximito del cuello y después de quitarle el polvo lo condujo a la puerta de calle, y a los vecinos que en mangas de camisa se divertían inmensamente con el barullo, desde la ventana del comedor les arrojó el arpa a las cabezas.
Esto ameniza la vida, y por eso la gente decía del judío:
– ¡Ah!, el señor Naidath… es una buena persona.
Terminado de acicalarme, salí.
– Bueno, hasta luego, frau, saludos a su esposo y a Maximito.
– ¿No le das las gracias? -interrumpió mi madre.
– Ya se las di antes.
La hebrea levantó los ojillos envidiosos de las rebanadas de pan untadas de manteca y con flojedad me estrechó las manos. Ya reaccionaban en ella los deseos de verme fracasado en mis gestiones.
Anochecido, llegué al Palomar.
Al preguntarle por él, un viejo que fumaba sentado en un bulto, bajo el farol verde de la estación, con un mínimo gasto de gestos, me indicó el camino entre las tinieblas.
Comprendí que me las había con un indiferente; no quise abusar de su parquedad, sabiendo casi tanto como antes de interrogarle, le di las gracias y emprendí el camino.
Entonces el viejo me gritó:
– Diga, niño, ¿no tiene diez centavos? Pensé no beneficiarlo, mas reflexionando rápidamente, me dije que si Dios existía podría ayudarme en mi empresa como yo lo hacía con el viejo y no sin secreta pena me acerqué para entregarle una moneda.
Entonces el andrajoso fue más explícito. Abandonó el bulto y con tembloroso brazo extendido hacia la oscuridad señaló:
– Vea, niño… siga derechito, derechito y a la izquierda está el casino de los oficiales.