El Juguete Rabioso
- Автор: Arlt Roberto
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «El Juguete Rabioso». Краткое содержание книги:
El resentimiento de sus repetidos fracasos lo impulsa a delatar a un hombre común, marginado como él. La única vez que no falla en sus intenciones, falla como ser humano, delatando al que lo consideraba su amigo y confidente. (Escuela Normal Superior de Chascomús 1997)
Reposadamente descendió el portero, trajeado de negro.
– ¿Qué quiere?
– ¿El señor Souza está?
– ¿Quién es usted?
– Astier.
– As…
– Sí, Astier. Silvio Astier.
– Aguarde, voy a ver -y después de examinarme de pies a cabeza desapareció tras la puerta del recibimiento, cubierta de luengas cortinas blancoamarillas.
Esperaba afanado, con angustia, sabedor que una resolución de aquel gran señor llamado Vicente Timoteo Souza podía cambiar el destino de mi mocedad infortunada.
Nuevamente la pesada puerta se entreabrió y, solemne, me comunicó el portero:
– El señor Souza dice que se allegue dentro de media hora.
– Gracias… gracias… hasta luego -y me retiré pálido. Entré en una lechería próxima a la casa y, sentándome junto a una mesa, pedí al mozo un café.
"Indudablemente -pensé-, si el señor Souza me recibe es para darme el empleo prometido.
"No -continué-, no tenía razón para pensar mal de Souza… Vaya a saber todas las ocupaciones que tenía para no recibirme…"
¡Ah, el señor Timoteo Souza!
Fui presentado a él una mañana de invierno por el teósofo Demetrio, que trataba de remediar mi situación.
Sentados en el hall, alrededor de una mesa tallada, de ondulantes contornos, el señor Souza, brillantes las descañonadas mejillas y las vivaces pupilas tras de los espejuelos de sus quevedos, conversaba. Recuerdo que vestía un velludo déshabillé con alamares de madreperla y bocamangas de nutria, especializando su cromo del rastaquouère, que por distraerse puede permitirse la libertad de conversar con un pobre diablo.
Hablábamos, y refiriéndose a mi posible psicología, decía:
– Remolinos de cabello, carácter indócil…; cráneo aplanado en el occipucio, temperamento razonador…; pulso trémulo, índole romántica…
El señor Souza, volviéndose al teósofo impasible, dijo:
– A este negro lo voy a hacer estudiar para médico. ¿Qué le parece, Demetrio?
El teósofo, sin inmutarse.
– Está bien… aunque todo hombre puede ser útil a la humanidad, por más insignificante que sea su posición social.
– Je, je; usted siempre filósofo -y el señor Souza volviéndose a mí, dijo:
– A ver… amigo Astier, escriba lo que se le ocurra en este momento.
Vacilé; después anoté con un precioso lapicero de oro que deferente el hombre me entregó:
"La cal hierve cuando la mojan."
– ¿Medio anarquista, eh? Cuide su cerebro, amiguito… cuídelo, que entre los 20 y 22 años va a sufrir un surmenage.
Como ignoraba, pregunté:
– ¿Qué quiere decir surmenage?
Palidecí. Aun ahora cuando le recuerdo, me avergüenzo.
– Es un decir -reparó-. Todos nuestros sentimientos es conveniente que sean dominados -y prosiguió:
– El amigo Demetrio me ha dicho que ha inventado usted no sé qué cosas.
Por los cristales de la mampara penetraba gran claridad solar, y un súbito recuerdo de miseria me entristeció de tal forma que vacilé en responderle, pero con voz amarga lo hice.
– Sí, algunas cositas… un proyectil señalero, un contador automático de estrellas…
– Teoría… sueños… -me interrumpió restregándose las manos-. Yo lo conozco a Ricaldoni, y con todos sus inventos no ha pasado de ser un simple profesor de física. El que quiere enriquecerse tiene que inventar cosas prácticas, sencillas.
Me sentí laminado de angustia.
Continuó:
– El que patentó el juego del diábolo, ¿sabe usted quién fue?… Un estudiante suizo, aburrido de invierno en su cuarto. Ganó una barbaridad de pesos, igual que ese otro norteamericano que inventó el lápiz con gomita en un extremo.
Calló, y sacando una petaca de oro con un florón de rubíes en el dorso, nos invitó con cigarrillos de tabaco rubio.
El teósofo rehusó inclinando la cabeza, yo acepté. El señor Souza continuó:
– Hablando de otras cosas. Según me comunicó el amigo aquí presente, usted necesita un empleo.
– Sí, señor, un empleo donde pueda progresar, porque donde estoy…
– Sí… sí… ya sé, la casa de un napolitano… ya sé… un sujeto. Muy bien, muy bien… creo que no habrá inconvenientes. Escríbame una carta detallándome todas las particularidades de su carácter, francamente y no dude de que yo lo puedo ayudar. Cuando yo prometo, cumplo.
Levantóse del sillón con negligencia.
– Amigo Demetrio… mayor gusto… venga a verme pronto, que quiero enseñarle unos cuadros. Joven Astier, espero su carta -y sonriendo, agregó:
– Cuidadito con engañarme.
Una vez en la calle, dije estusiasmado al teósofo:
– Qué bueno es el señor Souza… y todo por usted… muchas gracias.
– Vamos a ver… vamos a ver.
Dejé de evocar, para preguntar qué hora era al mozo de la lechería.
– Dos menos diez.
¿Qué habrá resuelto el señor Souza?
En el intervalo de dos meses habíale escrito frecuentemente encareciéndole mi precaria situación, y después de largos silencios, de breves esquelas que no firmaba y escritas a máquina, el hombre dineroso se dignaba recibirme.
"Sí, ha de ser dándome un empleo, quizá en la administración municipal o en el gobierno. Si fuera cierto, ¡qué sorpresa para mamá!", y al recordarla, en esa lechería con enjambres de moscas volando en torno de pirámides de alfajores y pan de leche, ternura súbita me humedeció los ojos.
Arrojé el cigarrillo y pagando lo consumido me dirigí a la casa de Souza.
Con violencia latían mis venas cuando llamé.
Retiré inmediatamente el dedo del botón del timbre, pensando:
"No vaya a suponer que estoy impaciente porque me reciba y esto le disguste."
¡Cuánta timidez hubo en el circunspecto llamado! Parecía que el apretar el botón del timbre, quería decir:
"Perdóneme si le molesto, señor Souza… pero tengo necesidad de un empleo…"
La puerta se abrió.
– El señor… -balbucié.
– Pase.
De puntillas subí la escalera tras el fámulo. Aunque las calles estaban secas, en el quitabarros del dintel había frotado la suela de mis botines para no ensuciar nada allí.
En el vestíbulo nos detuvimos. Estaba oscuro.
El criado junto a la mesa ordenó los tallos de unas flores en su búcaro de cristal.
Se abrió una puerta, y el señor Souza compareció en traje de calle, centelleante la mirada tras los espejuelos de sus quevedos.
– ¿Quién es usted? -me gritó en dureza.
Desconcertado, repliqué:
– Pero señor, yo soy Astier…
– No lo conozco, señor; no me moleste más con sus cartas impertinentes. Juan, acompáñelo al señor.
Después, volviéndose, cerró fuertemente la puerta tras mis espaldas.
Y otra vez más triste, bajo el sol, emprendí el camino hacia la caverna.