Un Hombre Que Se Parecía A Orestes
- Автор: Cunqueiro Alvaro
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Un Hombre Que Se Parecía A Orestes». Краткое содержание книги:
– ¡Vengo perfumado, palomita!
Le abrieron las puertas del palacio porque dio el santo y seña, y como era luna nueva, se sentó en la escalera principal afirmando que no se acostaría con Clitemnestra hasta dictar sentencia en todos los pleitos que dejara pendientes. Sus dos soldados alarmaban por calles y plazas, la gente despertaba, se abrían ventanas y se encendían luces. Agamenón, abriendo los brazos, imitaba el rugido del león, y ordenaba a su heraldo que advirtiese a las preñadas que no malpariesen con el susto, que aquellos rugidos eran el ritual del regreso del rey. Egisto avanzaba, descalzo, espada en mano. Las anchas espaldas de Agamenón parecían llenar el hueco de las escaleras. Egisto, al llegar al primer rellano, corrió, tomando impulso, y se dejó caer sobre ellas, y apoyando el golpe con todo su cuerpo, clavó a metisaca. Agamenón, herido mortalmente, se levantó y se tambaleó. No miró hacia atrás, y así no pudo saber quién fuera el matador. Se agarró a un cortinón rojo, doblegándose, buscando a tientas su espada con la otra mano, pero no pudo sostenerla cuando la halló. Intentó incorporarse, agarrado al cortinón ahora con las dos manos, pero el rey y el cortinón rojo cayeron a la vez. Rodaron unas monedas. Asomó sobre el balaustre del último piso la cara colorada de la nodriza de Clitemnestra:
– ¡Cayó el cabrón! -gritó el ama, y escapó, perdiendo una chancleta en la fuga. ¿La habría oído el rey antes de morir? El muerto estaba allí, medio envuelto en el cortinón. Sombras humanas se hundían en las paredes, se deslizaban fuera del patio, cerraban puertas. Egisto se había quedado a solas con el difunto. El miedo le había obligado a matar así, súbitamente, por la espalda. Flotaba en el aire el acre aroma de la resina de las antorchas apagadas con el pie por los esclavos presurosos. ¿De quién fue aquella mano que vertió de un cabo de vela un poco de cera en el pomo de la espada del rey, y lo posó luego allí? Egisto descendió tres escalones para poder ver el rostro del rey, tostado por los días de navegación. Colgaba la cabeza, mirando hacia las bóvedas con los ojos rojizos, que parecían cuentas de vidrio.
Clitemnestra, cuando Egisto saltó del lecho, le había pedido que se fijase si Agamenón conservaba todavía la barba rubia. La reina, por un raro escrúpulo, quería saber a ciencia cierta lo de la barba. Egisto contempló a sabor el rostro del rey muerto. No tenía barba. Estaba afeitado del día. El comprobar esto pareció tranquilizar algo a Egisto. Se tocó con ambas manos suyas su barba y la acarició. Agamenón se habría afeitado en la barbería del puerto, acaso pensando en la mujer, en no rozarle la suave piel de las mejillas con la militar barba puntiaguda.
– ¡Se había afeitado la barba: -dijo Egisto a Clitemnestra, sentándose en el borde de la cama e inclinándose hacia ella, buscando un beso.
Clitemnestra rechazó a Egisto y se echó a llorar.
– ¡No podía hacerme eso! ¡No podía hacerme eso! -decía la reina entre sollozos-. ¡Y que no piense que voy a ir a verlo!
Se pasó llorando hasta el alba. Y Egisto, arrodillado cabe la cama, apoyando la cabeza en los pies de la amante real, durmió. Durmió hasta que lo despertó la trompeta de diana. Soñaba que Agamenón, envuelto en el cortinón rojo, se acercaba, arrastrándose, e intentaba arrancarle la barba,
y la boca del rey se aproximaba, mostrando el enorme diente de oro, que iba a clavarse en los ojos de Egisto. Y Egisto no podía huir, las piernas no le obedecían. Lo salvaron la trompeta y los gallos del alba.
II
Pasaban los años. En la imaginación de Egisto la jornada regicida iba tomando aspectos nuevos. Egisto se decía a sí mismo, sorprendiéndose a veces de un añadido, que aquello no era invención sino recuerdo, y que, sosegando con el paso de los días, la memoria se hacía más generosa en detalles. La verdad era que Egisto tendía a ennoblecer su hazaña, a componer una figura heroica. Al pueblo se le había explicado que la muerte de Agamenón fuera forzosa, que el rey antiguo quería quemar la ciudad, porque habiendo mandado varias veces a pedir socorros de galleta y vino, no se había hecho caso de sus recados. Y aun fuera casual la muerte, que insistiéndole Egisto, en su calidad de apoderado de Clitemnestra, que estaba con un cólico de aceitunas aliñadas en la cama, que cesase en su empecinamiento, Agamenón se fue contra él y se clavó por su cuenta. Y la muerte fue porque se desangró, que la herida era pequeña. Egisto podía alegar la legítima defensa. Y la prueba de que no era criminal la daba Clitemnestra casándose con él de segundas. Se formó un partido, llamado «Los Defensores», que apoyó a Egisto por su gesto, impidiendo la quema de la ciudad, y el nuevo rey dio dinero para una bomba contra incendios, con lo cual sacó a los defensores de la política para bomberos voluntarios. La monarquía conservaba su pompa, y la ciudad era gobernada por los senadores. Egisto gozaba de Clitemnestra, cazaba en otoño, y en junio tomaba baños en una charca salutífera contra un sarpullido que se le ponía en el vientre. Si no fuese por el asunto Orestes, ¡qué regalada vida! Pero el nombre terrible, y la expectación de su llegada ensombrecían los días de Egisto y Clitemnestra. El gesto más habitual de la pareja era el de asomarse a la ventana y mirar hacia el camino. Muchas veces, coincidiendo con avisos del espionaje, se veía galopar por el camino a uno de capa roja, o seguido por lebreles, y Egisto y Clitemnestra se miraban y pronunciaban a la vez, interrogando, el nombre fataclass="underline"
– ¿Orestes?
Egisto se armaba, y esperaba. Llegaban, al fin, sus escuchas, y le daban las señas del forastero. Egisto ya sabía que lo de armarse era superfluo, porque estaba escrito que si Orestes llegaba a encontrarse frente a él, Egisto sería hombre muerto. Y se corrió por los países vecinos la fama del sereno sosiego de Egisto, quien conociendo su destino, hacía la vida cotidiana, paseaba con su amada por jardines y galerías, educaba halcones y los miércoles recibía lección de geometría. Varios colegas quisieron conocerlo, entre ellos un rey de tracios llamado Eumón, el cual aprovechó para visitar a Egisto y Clitemnestra uno de sus períodos de vacaciones, que las tomaba por semestres. La causa de estas largas vacaciones era que, a Eumón, cada seis lunas se le acortaba la pierna derecha y se le ponía como la había tenido de un año de edad, y tardaba otras seis lunas en volvérsele a su natural. Entonces, Eumón, por no perder el respeto de sus súbditos con la piernecilla aquella, salía de viaje, y no regresaba a su campo de tiendas de piel de potro hasta que estaba perfecto y podía mostrarse sin cojera en las procesiones. A Clitemnestra le gustó mucho ver la pierna de Eumón, que la traía, en los días de visita, de la máxima cortedad, y la acarició soñadora, porque le recordaba la de su primogénito cuando éste salió del regazo para los primeros pasos, tan redonda, la piel suave, y aquellos rollitos del muslo. Hospedaron los reyes a Eumón en palacio. Todavía tenían algún dinero para diario, y además, por aquellos mismos días, aconteció la muerte de la nodriza, la cual le dejó a Clitemnestra lo ahorrado, con lo cual pudieron hacer buenas comidas sin tener que pedirle una paga de adelanto al intendente. El gasto de espías arruinaba a la Casa Real, que los senadores habían decidido que, fuera de los augurios, eran los reyes quienes tenían que pagar de su bolsillo la prevención de la venganza. Egisto llegó a pensar que tanto gasto en vigilancia iba a poner lo vigilado en muerte por hambre. O, y esto le hacía sonreír, que puestos en círculo alrededor de la ciudad y del palacio avisos, escuchas, espías y contraespías, Clitemnestra y él tuviesen que abandonar secretamente la morada real y salir por los caminos a pedir limosna, pordioseros que no osaban decir su nombre ni su nación, mientras en la ciudad continuaba la vigilancia.