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Un Hombre Que Se Parecía A Orestes

Электронная книга - «Un Hombre Que Se Parecía A Orestes». Краткое содержание книги:

El viejo Merlín de las historias de Bretaña hace posada en Galicia. Allí llegan las gentes en procura de sus saberes mágicos. Un conjunto de historias y presencias que surgen de las crónicas del medievo, de las leyendas gallegas y bretonas, creando un retablo de gentes hermanadas en el gozo vital con la carga de humor que conviene el hecho de vivir.
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Don León, en la puerta, hizo una cortés inclinación de cabeza, y aceptando la invitación del señor Eusebio para sentarse ante él, se excusó por no haber acudido antes al Registro de Forasteros, pero estuvo a la espera de su caballo y paje de equipajes, y en una maleta traía la autorización paterna para viajar que, siendo primogénito de ley bizantina, le era necesaria. Y se la mostraba al señor Eusebio, en pergamino y con cuatro bulas, todas colgando de cintas púrpura, pues eran plomos imperiales.

– Me llamo León, hijo de León, y viajo por ver mundo, estudiar caballos y comparar costumbres por medio del teatro.

El señor Eusebio asintió sonriente.

– ¡Aristocráticas ocupaciones! ¿Sois rico?

– En su provincia tiene mi padre una torre, y alrededor una buena labranza, y por parte de madre, que en paz descanse, heredé en Armenia rebaños, y el peaje de un puente muy transitado. Llevo conmigo doce onzas legales.

Y sacando una bolsa de dentro del jubón, la desató sin prisas, y echó encima de la mesa, rodándolas, las doce monedas de oro.

– Son romanas -añadió.

– ¿Religión? -preguntó Eusebio, quien había comenzado a escribir en el libro registro.

– El alma es inmortal.

– ¿Estado, edad, señas particulares?

– Soltero, treinta años, una mancha en forma de estrella sobre el ombligo.

El señor Eusebio vacilaba en pedirle al extranjero que le mostrase la tal mancha, pero no tuvo que decidirse a hacerlo, que ya don León desataba las calzas, que las usaba como llaman de mantel, y levantando la camisa y bajando la cintura de las bragas, mostraba la mancha. Era un estrella casi en celeste, de doce puntas, y una de ellas más alargada y oscura, como la que en la rosa amalfitana de los vientos da el norte.

– ¿Os estudiaron alguna vez la seña?

– Sí, adivinos griegos. Anuncia, según ellos, robusta ancianidad, abundantes hijos y felices venganzas. Veremos si la aciertan, porque todavía soy joven, aún no encontré esposa, y no me obliga venganza alguna.

El señor Eusebio admiró la educación del fotastero, y gustó de su mirada sosegada y franca, y de la nobleza de sus gestos, como por ejemplo cuando derramó las monedas de oro sobre la mesa. Para hacerlo de aquella manera, hacían falta señorío y generosidad. Tocó el señor Eusebio la campanilla, y mandó que se acercase el oficial sigilante, y acudió éste con la pasta roja y el sello, y don León tendió la mano diestra para que se la sellasen. Lo que hizo el señor Eusebio con la facilidad que da la costumbre, pero al levantar el sello, se fue pegada a él la parte de pasta donde debía quedar grabado EGISTVS REX. El forastero mostraba la palma abierta, con aquel fallo en el sellado, a la altura de la hebilla del cinturón, la cual figuraba una serpiente animada en un ciervo, emblema que había sido hacía años de los amigos de Orestes, y que todavía, cuando los agentes secretos lo veían en cualquier parte, les obligaba a decir que Orestes regresaba. El señor Eusebio y el extranjero se miraron. Don León sonrió y exclamó, más para sí mismo que para el señor Eusebio:

– ¡Si todos los Orestes posibles fuesen Orestes, no valdría la pena ser Orestes!

Y salió.

El señor Eusebio se golpeó suavemente la frente, como ayudando a su cerebro a dilucidar aquella frase, que parecía tomada del libro segundo de la Sibila, y que tanta verdad decía.

Segunda Parte

Egisto había terminado la visita matinal a sus armas, lo que le llevaba todos los lunes una hora larga, y la hacía acompañado del maestro armero, que era un cojo vizcaíno, y del oficial del inventario. En los primeros años de su reinado, Egisto conservó la tradición de hacer la revista en la plaza de armas, ensayando espadas y lanzas, tendiendo el arco, y disparando carabinas y escopetas contra vejigas pintadas de colores que un esclavo sostenía con una pértiga sobre las almenas. Ahora se limitaba a ver cómo estaban de limpias y engrasadas las hojas, y a acariciar la culata de su escopeta favorita, llamada «Fulgencia», recordando que con ella había abatido, metiéndole las postas en la frente, el jabalí gigante de Caledonia. Después de la visita de armería, el rey subía los cuarenta y ocho grados de la escalera de caracol de la torre vieja, para inspeccionar el servicio de anteojos, que estaba a cargo de un sargento de óptica física llamado Helión, algo pariente suyo por parte de madre. Y habiendo quedado Helión en la tierna infancia tuerto del derecho, se dedicó a suplir su déficit ocular con cristales de aumento, y así llegó a dominar la ciencia del catalejo.

Con él de servicio, el rey Egisto escrutaba el reino suyo, doliéndose de las provincias perdidas en los últimos años, que los condes fronterizos se quedaron con las tierras montañesas y con los valles fluviales, y aunque se decían vasallos, se quitaban de renta con mandarle una cesta de manzanas o un lechón, y todo lo más una piel de vaca. Y él no había podido acudir contra aquellos insurrectos porque estaba atado a su palacio por la dichosa espera de Orestes vengador, que no acababa de llegar. En los tiempos antiguos, los reyes de entonces subían todos los días a las almenas para estudiar los vados, los atajos de las colinas y el despliegue de la caballería en los llanos, entre los oteros, y las señales de marcha se daban por cohetes y por palomas mensajeras, y el rey felicitaba a las tropas agitando una bandera. ¡Todo se lo llevó Troya lejana, todo lo consumió! Y Egisto, en los primeros años de su reinado, tuvo que gastar la mayor parte de su tiempo y de su dinero en defender la corona, que al fin había llegado a ella por ese sendero que se llama crimen. Horas y horas sopesando sospechas, estudiando gestos y palabras, de puntillas por los corredores y las galerías buscando sorprender un conciliábulo subversivo, comprando espejos mágicos que dejaba en los salones y antecámaras con el pretexto de que estaba estudiando la cuadratura de la luna, y que al final lo engañaban, desnudos de toda imagen, cuando eran requeridos para que delatasen al conspirador. ¡Qué vida perdida! Y todo había surgido allí, en aquella torre, teniendo él dieciocho años y habiendo subido a que le dejasen mirar por el anteojo, lo que el físico de entonces le permitió. Egisto admiró el paisaje, y nombró en voz alta las pequeñas aldeas del otro lado del río, perdidas entre viñas y maizales, y después dirigió el anteojo hacia las murallas de la ciudad y las calles y plazas, que le parecía poder tocar con las manos los puntiagudos tejados rojos, y finalmente quiso contemplar el fino dibujo francés de los jardines reales, y estando en ello, entró en campo una dama vestida de azul, la cual se inclinó para dar de comer en su mano cañamones a un gorrión, y al inclinarse, el amplio escote de su blusa permitió ver unos hermosísimos pechos. La visión ruborizó a Egisto, y lo turbó, y se ponía a morir cuando estaba solo en su cuarto y los recordaba. Todos sus sueños iban a parar en caricias de sus manos, y todos sus desvelos en poder apoyar su cabeza en aquellas deliciosas manzanas nevadas. Egisto se asomó por encima del reloj de sol, estiró el anteojo, contempló los abandonados jardines en los que ya no se podía seguir la línea de los cuadros, y buscó en vano la sombra de aquella visión de antaño. ¡Qué terrible deseo al que había entregado toda su vida! Todavía ahora al rostro arrugado del viejo rey subía una oleada de sangre caliente, y se le secaba la boca como entonces. Pidió un vaso de agua a Helión, y éste le ofreció un trago de vino aguado del porrón de barro negro, que no tenía otra cosa a mano, y el rey hizo un buche y devolvió el líquido, salpicando las plumas de un grajo que se disponía a salir en busca de almuerzo. Triste, cansado, hambriento, tentando con la contera del bastón el borde de los escalones, el rey descendió lentamente de la torre. Y solo, encorvado, arrastrando la raída capa amarilla, se perdió por los largos, inacabables corredores, ordenados en espiral como la cáscara del caracol, y en cuyas bóvedas tejían sus telas las arañas incansables.

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