Un Hombre Que Se Parecía A Orestes
- Автор: Cunqueiro Alvaro
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Un Hombre Que Se Parecía A Orestes». Краткое содержание книги:
SORDOMUDO DEMÓCRATA, EL. – Criado de regar rosales de Egisto. Éste estuvo a punto de usarlo pata probar la fragilidad supuesta de doña Clitemnestra.
SU BEATITUD DE OLIMPIOS. – Patriarca de rito iconoclasta, monotelita, experto en mulas. Siempre encargaba a los reyes tracios mulas de cola cana, en memoria de una que había tenido en su mocedad. Hombre soberbio, solamente hablaba por señas a los inferiores.
TADEO. – Mendigo de la ciudad, dueño de un mirlo amaestrado. Amistó con el desconocido del jubón azul, llamado don León, y creyó estar sirviendo al propio Orestes. Cuando don León se despidió y Tadeo supo que no era Orestes, dijo que nunca más serviría a nadie, ni baria ningún recado. Se dio a la bebida y a la gimnasia, y un día de viento sur creyó volar, y fue que se moría.
TEODORA. – Pupila que fue de la Malena. Retirada y viuda, puso una frutería. Se había acostado con el llamado Rubito, uno de los falsos Orestes.
TIGEARNAIL, SAN. – Misionero irlandés que evangelizó entre hiperbóreos. Astuto, dejó mudas a las sirenas nórdicas. De regreso a su país natal, fundó un monasterio y convenció a los lobos de las cercanías que se retirasen a las vecindades de otros monasterios más ricos en rebaños, advirtiéndoles, por otra parte, que sus ovejas no eran comestibles, lo que les probó echándoles dos que solamente eran piel y resorte mecánico. Vivió san Tigearnail ciento siete años, y a los ochenta cumplidos le salieron dientes de leche y unos pelos rubios en el entrecejo.
VADO DEL PASO DE VALVERDE. – Pequeño reino entre los ducados y el Imperio, condado de la hermosa señora doña Inés. Es un país de tierras cereales, viñedos en las colinas y bosquecillos de abedules y choperas. Lo ciñe un río de andar sosegado.
VIUDA, LA. – La viuda dolorida del sastre Rodolfito, amante de Alcántara y de Liria, y de quien, en uno de sus mayores sobresaltos imaginativos, se enamoró doña Inés. No sabía el planto de los sastres, y por eso lloraba al marido como labriego.
Álvaro Cunqueiro