Un Hombre Que Se Parecía A Orestes
- Автор: Cunqueiro Alvaro
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Un Hombre Que Se Parecía A Orestes». Краткое содержание книги:
– Mi caballo -explicó don León- es, si puede decirse esto de caballos, de raza divina. Sabrás que en cierta isla de Levante apareció un día en la playa, como resto de un naufragio, un caballo labrado en madera, policromado, que seguramente ejerciera de mascarón de proa en una nave. Y el tal caballo era de cuerpo entero y debía encajar en la proa por los cascos traseros, levantándose sobre las olas encabritado. Era de una talla perfecta y lo más al natural que puedas imaginarte. Lo recogieron los isleños, y a hombros, y relevándose, lo llevaron al atrio del alcalde, quien salió con su mujer de la mano a admirarlo, y quedó con los ancianos en decidir qué se haría con aquel presente de las olas.
– ¿Estará vivo? -preguntaba la alcaldesa, que era casi una niña, muy ensortijada y con un ramo de flores en la cintura.
– Hubo que convencerla de que no -prosiguió don León- acercando el torrero del faro una mecha encendida a las bragas del caballo, que no se movió. Quedó en el atrio el caballo en espera de una decisión, sin guarda de vista, que aquella es una isla pacífica en un mar solitario. Y no se sabe cómo a las yeguas de aquellas gentes les llegó la noticia del bayo y su hermosura, y como las dejaban sueltas al aire libre en las eras, porque era tiempo de verano, sin ponerse de acuerdo, que se sepa, llegaron todas a un tiempo al atrio a admirar el noble bruto, yeguas viejas y yeguas mozas. Lo que pasó cuando las yeguas comenzaron a rozarse con el caballo y a lamerlo no se sabe bien, que el alcalde despertó cuando su atrio era una feria de relinchos, y ya el caballo de madera, se ignora de cuál espíritu vivificado, cubría la yegua del abad mitrado de Santa Catalina, que la habían mandado del monasterio a la granja del monte a reponerse de un catarro, y las otras yeguas, decepcionadas, mordían y coceaban a la elegida. Gritó el alcalde, salió a la ventana en camisón la alcaldesa, y corrió el alguacil a encender un farol, y cuando lo hubo encendido se vio el cuadro que dije. El caballo, al darse por descubierto, como ya había terminado la cobertura, salió galopando hacia el mar. La yegua del abad quedó preñada; y de la cría que hubo desciende mi caballo, que saca en su capa los colores del decorado de su abuelo. El abad, que aunque gordo era letrado, explicaba la elección de su yegua por el aroma de incienso que despedía, que le quedaba a la montura suya de llevarla en las procesiones, y añadió en una homilía que algunas reglas ascéticas tenían prohibido el incienso por afrodisíaco, argumentando que sí Salomón violentó a la reina de Saba fue porque ésta le presentó una caja de plata llena de incienso en cuadradillos.
– ¿Y qué fue del caballo? -preguntó el herrador.
– Se discutió mucho el caso, y aunque hay conformidad en que volvió al mar, que andaba tempestuoso en aquellos días equinocciales, los más piensan que pudo, dentro del caballo de madera, haberse escondido uno del mar, de las cuadras siempre vagantes y espumosas de Poseidón, que fue dios con las gentes antiguas idolátricas. Y de ser así, el que se escondió lo haría por influencia acaso de la historia del caballo de Troya, escuchada la noticia por el caballo marino a algún remero en cualquiera de los puertos helenos, donde las tabernas están en la playa, bajo grandes parras, como sabes.
– ¡Notable asunto! -exclamó Tadeo, cada vez más sorprendido de las novedades que aportaba su amo, y convencido de que estaba sirviendo a un propietario de grandes secretos.
– Y este caballo -prosiguió don León- tiene además la novedad de que yo me embarco en Málaga para Atenas, por ejemplo, en una nave pisana, y yo voy durmiendo en mi camarote y mi caballo va por su cuenta a nado, y llega puntual para que yo lo cabalgue, salvo que pase cerca de una tierra donde haya una yegua en celo, que entonces se da unas vacaciones, y yo tengo que esperarlo paseando por los muelles. ¡Sale a su abuelo!
Dijo esto, y puso su mirada en la de Tadeo, el cual halló el relato de don León, que nunca había hablado tanto, como una respuesta a lo que el mendigo le había contado del encuentro de Orestes con la jorobadita en un puerto del país vecino.
El herrador no sabía si tomar por verdadera aquella historia del caballo, pero al fin éste estaba allí, con su lucero de oro y su cola azul, herrada la mano de cabalgar en plata. Y viendo don León que el herrador quedaba confuso e incluso inquieto, le dijo:
– ¡No me burlo, herrador! Y como el caballo llegó hace poco de una natación, y yo no he tenido tiempo de limpiarlo ni de mandarlo limpiar, y hace un mes que no conoce el cepillo ni su cola el peine, mira en ésta las huellas del Océano.
Y don León, seguido del herrador y de Tadeo, se acercó al trasero del caballo, rebuscó en la larga cola, sacó unas algas y tres cangrejillos que mostró a los dos atónitos en la palma de su mano.
IX
El oficial de forasteros tenía sobre su mesa todos los informes acerca del caballero del jubón azul que se hacía llamar don León. No había dado un paso ni dicho una palabra, que no estuviesen allí, en letra de Iturzaeta -que era la reglamentaria en la policía política-, en aquellos grandes folios sellados. El señor Eusebio esperaba la visita de don León, que, según había avisado Tadeo, iría aquella misma mañana a registrarse. El señor Eusebio tomaba notas, se golpeaba la nariz con el manguillo de la pluma, cerraba los ojos para mejor seguir el hilo de su pensamiento. ¿Era o no era Orestes? Ateniéndose a los augurios antiguos, no lo era. Además, había desaparecido la expectación temerosa, apetitosa del derramamiento de sangre como de una liberación. Orestes entraba nocturno en la ciudad, y no bien llegaba ya hacía que Ifigenia tuviese conocimiento de vagos rumores y sospechas acerca de su venida. Segundo, entraba armado. Tercero, se escondía en el foso. Cuando los falsos Orestes, para Eusebio no hubo nunca dudas acerca de su inocencia, pero la razón de Estado llega a ser maquinal, y obra como un fin, creando una realidad propia ante la cual los humanos somos como siervos fantasmas de la gran idea. Se cortan cabezas no potque sean cabezas, es decir, pensamientos capaces de armar un brazo terrible, sino porque las excepciones prueban el argumento soberano. Ahora bien, se estaba despertando en la ciudad una extraña curiosidad ante las idas y venidas de aquel forastero, y algunos sacaban a relucir la historia de Orestes. ¿Viviría Orestes? Eusebio tenía archivadas noticias y noticias acerca del infante. Su hermana aseguraba que había sido un niño tímido y callado, que hacía castillos con tacos de colores, y pasaba las horas absorto, con las manos a la espalda, ante la corona paterna. Su madre lo tenía por travieso incorregible, inquieto desobediente, siempre soñando aventuras lejanas y pintando barcos en las paredes. Constantemente los testimonios se contradecían, desde el de la nodriza al del maestro de primeras letras. Unos lo daban por juguetón alegre, por doncel franco y generoso, y otros lo ponían de hipócrita y avaro, amigo sólo de aduladores. Cuando se fue, llegaban las nuevas más dispares de parte de los agentes secretos: que se hiciera caballero andante, que no salía de los prostíbulos, que iba al templo siete veces al día, que no dormía por jugar a dados, que regalaba monedas de oro en los hipódromos, que estaba preso por deudas, que lo querían casar con una princesa de Siria, que era marica probado, que juraba vivir de pan y agua hasta la venganza, que se emborrachaba para olvidar… ¿Quién casaría todo esto? Eusebio pensaba que si él hubiese tenido gusto por la carrera política, le habría dado a Egisto las noticias de la perversidad y desgracia de Orestes, y a Ifigenia las de la espléndida nobleza y grave actitud de su hermano, ejemplo de príncipes exilados. Pero mejor estaba en su registro, con sus pantuflas, sin problemas mayores, tratando extranjeros, yendo a baños de mar en los septiembres, cita semanal con viuda, y todo el año acostándose cuando las campanas de la Basílica tocaban a vísperas y benditas ánimas, salvo que hubiese teatro. Ahora había venido a complicar las cosas este forastero. ¿Lo detendremos por falso Orestes? Él no ha dicho que sea el príncipe. Detenerlo supondría volver al tiempo de las sospechas y del miedo cerval. Al miedo de la venida de Orestes se le echaba la culpa de todo maclass="underline" abortos, pérdidas de vino, ciclones, fiebres, e incluso caídas de andamio y muertes súbitas. Una escasez de paños negros que hubo, se probó que tuvo su origen en que un viajante le dijo al oído a un tendero que había encontrado a Orestes en una frontera, y que venía con la terquedad de imponer a todos lutos por su padre, y los mayoristas acapararon. No, no se detendría a Orestes, al falso Orestes. Era preferible correr el riesgo, una probabilidad entre un millón, de que fuese Orestes. Se le invitaría, si su conducta lo justificaba, y continuaban los rumores en barberías y tabernas, a que abandonase la ciudad. Y a esta decisión había llegado el señor Eusebio, cuando el ujier le anunció que aguardaba audiencia don León. El señor Eusebio metió los informes en el cajón, y mandó que pasase el forastero.