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Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:

Bess y Michael, divorciados desde hace años, han intentado rehacer sus vidas con nuevas parejas. No obstante, su hija Lisa se empeña en reunirlos de nuevo. Con motivo de su propia boda, Lisa hace un último intento, también en vano.
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
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– Randy Curran, ¿crees que soy idiota?

El muchacho dio media vuelta y se dirigió hacia la arcada que conducía al comedor. Antes de cruzarla se volvió hacia su madre.

– Bueno, cuando llegué estabas tocando su canción preferida.

– ¡Da la casualidad de que también me gusta a mí!

Sin dejar de mirarla, Randy dio unas palmadas sobre el marco de la puerta.

– Sí, mamá. Por supuesto.

Capítulo 3

Al día siguiente, cuando Bess salió de casa para dirigirse a su negocio, el valle del río St. Croix yacía bajo un manto de bruma invernal. Era una mañana gélida, sin viento. Hacia el sur se elevaba un penacho blanco, inerte, de la alta chimenea de ladrillo de la central eléctrica de Northern States y la nube inmaculada se convertía en un envoltorio inmóvil suspendido contra el cielo de color peltre. Hacia el norte, la escarcha adornaba los cables del viejo puente levadizo de acero negro que conectaba Stillwater con Houlton (Wisconsin).

A Stillwater la llamaban la ciudad del río. Estaba encerrada en una hondonada rodeada de colinas boscosas, ríos, cañadas y riscos de piedra caliza que la empujaban hacia las aguas plácidas del río, de las que había tomado su nombre. Había sido la meca para los leñadores del siglo XIX que trabajaban en los pinares del norte y gastaban sus ganancias en las cincuenta tabernas y los seis burdeles, todos ellos desaparecidos mucho tiempo atrás. También habían desaparecido los magníficos pinos blancos, que antaño habían sido la fuente de riqueza de la población. No obstante, Stillwater hacía honor a su herencia de antiguos aserraderos, casas de huéspedes para los taladores y mansiones victorianas construidas por los comerciantes de maderas adinerados, cuyos nombres todavía figuraban en la guía telefónica local.

A primera vista parecía una ciudad de tejados -campanarios, buhardillas, agujas y torrecillas de las caprichosas estructuras erigidas en otro tiempo-, los cuales descendían hacia la estrecha parte baja de la localidad que bordeaba la orilla oeste del río.

Bess contempló el panorama mientras bajaba por la calle Tres, tras haber dejado atrás el viejo palacio de justicia. Giró a la derecha en Olive para enfilar Main Street, la vía comercial de alrededor de un kilómetro, que se extendía desde las cuevas de piedra caliza de la vieja fábrica de cerveza de Joseph Wolf al sur hasta las paredes del molino Staples al norte. Sus edificios eran del siglo pasado, ornamentados, de ladrillos rojos, con ventanas en arco en el segundo piso, faroles antiguos en la fachada y senderos estrechos. De ella partían veredas de guijarros que descendían hasta el río, a una manzana de distancia. En verano, los turistas paseaban por la ribera, disfrutaban de sus jardines de rosas, se sentaban a la sombra del torreón de la ciudad en Lowell Park o al sol, sobre el césped verde, mientras lamían cucuruchos de helado y observaban cómo las embarcaciones surcaban las aguas azules del St. Croix. Algunos realizaban recorridos turísticos en el Andiamo, el viejo barco de rueda de paletas, o se sentaban en los restaurantes de la orilla, bebían refrescos, comían bocadillos y admiraban la superficie rizada del agua desde la sombra de elegantes viseras de terciopelo mientras pensaban en lo fantástico que sería vivir allí.

Eso era en verano.

Ahora estaban en invierno.

Ahora, en pleno enero, las rosas habían desaparecido. Los barcos estaban en dique seco en los cinco puertos deportivos del valle. El Andiamo dormía rodeado de hielo. El carro de los helados tenía sus ventanitas cerradas, aseguradas con tablas de madera, y estaba cubierto por una cúpula de nieve. Las esculturas de hielo frente al Grand Garage habían perdido sus bordes perfectos y degenerado en vagos recuerdos de los barcos de vela y los ángeles que habían sido durante los bulliciosos días de Navidad.

Bess tomó su habitual madalena con café en el restaurante del club St. Croix, junto a una estufa, antes de dirigirse a su negocio. Se hallaba en Chestnut Street, a dos puertas de Main Street, en un edificio antiguo con dos jardineras azules en las ventanas, una puerta del mismo color y un letrero que rezaba: lirio azul, diseño de interiores, y una flor estilizada debajo de las palabras.

El interior era sombrío, pero olía a los popurrís y las velas aromáticas que vendía. La casa tenía noventa y tres años, era apenas un poco más ancha que un pasillo de hospital, pero profunda. La puerta principal estaba orientada al norte, por lo que el local era fresco en verano. Esa mañana se filtraba una corriente de aire helado.

Las paredes eran de color crema, a juego con la pintura del maderamen, y debajo de las molduras del techo había un ribete de lirios azules, del mismo tono que la moqueta. Dicha flor aparecía también en el logotipo que colgaba de la pared de la escalera, detrás del escritorio, y en las bolsas de papel que entregaban a los clientes.

La abuela Molly había cultivado lirios azules en su jardín de North Hill. Ya de niña Bess soñaba con montar un negocio y sabía cómo se llamaría.

Por entre el laberinto de lámparas, postales artísticas, atriles, marcos de bronce, muebles pequeños y plantas secas Bess se abrió paso hasta el pequeño mostrador situado junto a una antigua escalera empinada que conducía a un minúsculo desván; era tan reducido, de tan baja altura, que Bess tocaba con el pelo la chapa de estaño en relieve que cubría el techo. En los tiempos de apogeo de la ciudad, algún contable había pasado sus días allí, ocupado con los asientos en el libro mayor y los recibos de pagos en efectivo. Bess pensaba que el hombre debía de haber sido un enano o un jorobado.

Abrió la caja registradora y encontró varios mensajes que Heather le había dejado el día anterior, los recogió junto con su termo de café y subió por los peldaños. El lugar estaba tan atestado de cosas que se vio obligada a hacer equilibrio sobre un pie e inclinarse por encima de la maraña de objetos, rollos de papel y libros para encender primero una lámpara de pie y después el fluorescente sobre el escritorio. Como oficina, el desván era de todo punto inadecuado; sin embargo, cada vez que pensaba en dejar ese local para adquirir uno mayor, era precisamente esa pieza la que la hacía desistir. Tal vez eran las mañanas como ésa, cuando su estrecho lugar de trabajo recogía el calor que ascendía desde la planta baja y conservaba el aroma del café. O quizá era, sencillamente, que tenía carácter e historia, lo que ejercía una atracción especial sobre Bess. Sentía una ligera repulsión ante una oficina moderna en un cubículo aséptico.

Bess acostumbraba llegar temprano. Las horas entre las siete y las diez, cuando los teléfonos no sonaban y no había clientes alrededor, eran las más productivas de su jornada. En cuanto se abriera la tienda al público, no podría dedicarse a sus papeles.

Abrió el termo, se sirvió un café, leyó los mensajes de Heather, ordenó y archivó algunos documentos, hizo algunas llamadas telefónicas y logró realizar algunos diseños antes de que Heather llegara a las nueve y media.

– ¡Buenos días, Bess! -la saludó desde abajo.

– ¡Buenos días, Heather! ¿Cómo estás?

– Muerta de frío.

Bess oyó que se abría y cerraba la puerta del sótano. Heather había colgado su abrigo.

– ¿Qué tal la cena en casa de Lisa?

Bess, que estaba hojeando un catálogo de muebles, se detuvo. Heather conocía lo suficiente de su historia con Michael, de modo que no pensaba mencionarlo.

– Muy bien -respondió-. Va en camino de convertirse en una excelente cocinera.

La cabeza de Heather apareció tras la baranda y sus pasos hicieron crujir los escalones. Se detuvo en el último peldaño. Era una mujer de cuarenta y cinco años, cabellos rubio rojizo, muy cortos, peinados en un estudiado y moderno desorden, elegantes gafas de carey y uñas pintadas de rojo con minúsculas piedras de adorno que destellaban cuando movía las manos. De pómulos prominentes, boca sensual y vestida con despreocupada elegancia, causaba una primera impresión positiva en los clientes.

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