Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El ojo del mundo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
1 ... 144 145 146 147 148 149 150 151 152 ... 267
Перейти на страницу:

Cuando terminaron, se lavaron en el abrevadero adosado a los establos, mientras sus sombras se alargaban en el suelo con el sol poniente. Rand se secó con la camisa de camino hacia la casa. El labriego los recibió en la puerta, apoyado en un palo con ademán demasiado casual. Su mujer agarraba el delantal tras él y observaba por encima de su hombro, mordiéndose los labios. Rand suspiró; ya no creía que él y Mat le recordaran a sus nietos.

—Nuestros hijos vendrán a visitarnos esta noche —anunció el anciano—. Los cuatro. Lo había olvidado. Vendrán todos. Son unos tipos corpulentos y fuertes. Llegarán de un momento a otro. Me temo que no disponemos de las camas que os habíamos ofrecido.

Su esposa les tendió un paquete envuelto en una servilleta.

—Tened. Hay pan, queso, encurtidos y cordero. Quizás os alcance para dos comidas. Aquí lo tenéis. —Su arrugado rostro les rogaba mudamente que lo tomaran y se alejaran de allí.

—Gracias —dijo Rand, tomando el fardo—. Comprendo. Vamos, Mat.

Mat lo siguió, refunfuñando mientras se ponía la camisa. Rand consideró aconsejable recorrer algunos kilómetros antes de detenerse a comer, recordando el perro que tenía el anciano granjero.

Habría podido ser peor, concluyó. Tres días antes, les habían echado los perros mientras todavía estaban faenando. Los canes, el dueño de la alquería y sus dos hijos, blandiendo garrotes, los habían ahuyentado hacia el camino de Caemlyn y allí los habían perseguido durante un buen trecho. Apenas habían tenido tiempo de recoger sus pertenencias y echar a correr. El padre llevaba un arco con una flecha aprestada.

—¡No volváis por aquí! ¿Lo oís? —gritó a sus espaldas—. ¡No sé cuáles son vuestras intenciones, pero no quiero volver a ver vuestros ojos que no miran nunca a la cara!

Mat había hecho ademán de volverse y descolgar su arco, pero Rand lo obligó a proseguir.

—¿Estás loco?

A pesar de la enojada mirada que le asestó, Mat continuó corriendo, al menos.

Rand se preguntaba en ocasiones si valía la pena detenerse en las granjas. A medida que cubrían más terreno, Mat se volvía más receloso y cada vez lo disimulaba menos. Las comidas se tornaban más escasas por la misma cantidad de trabajo y no siempre les ofrecían ni el establo para dormir. No obstante, Rand ideó una solución a todos sus problemas, o al menos eso le pareció, y la solución surgió en la granja de los Grinwell.

Maese Grinwell y su esposa tenían nueve hijos, la mayor de los cuales era una muchacha que apenas contaba un año más que Rand y Mat. Maese Grinwell era un hombre fornido que, con tantos hijos, probablemente no necesitaba más ayuda, pero los recorrió con la mirada, reparando en sus ropas manchadas por el viaje y en sus polvorientas botas, y sentenció que siempre había trabajo para más manos de las disponibles. La señora Grinwell afirmó que, si iban a comer a su mesa, no lo harían con aquellas prendas repugnantes. Precisamente iba a hacer la colada y algunos trajes viejos de su marido les servirían para trabajar. Esbozó una sonrisa mientras hablaba y por un minuto Rand tuvo la impresión de que ella era la señora al’Vere, a pesar de que ésta tenía el cabello pajizo, un color de pelo que nunca había visto hasta entonces. El propio Mat pareció perder parte de su tensión ante aquella sonrisa. La hija mayor era harina de otro costal.

Morena, con enormes ojos y un rostro precioso, Elsa les sonreía impúdicamente cuando sus padres volvían la espalda. Mientras se afanaban moviendo barricas y sacos de grano en el corral, ella se apoyaba en una de las puertas y canturreaba mordisqueando la punta de su larga trenzas sin apartar la vista de ellos. Sus miradas se centraban en Rand en particular. Este trató de no hacerle caso, pero unos minutos después se colocó la camisa que le había prestado maese Grinwell. Le iba justa de hombros y demasiado corta, pero era mejor que, no llevar nada. Elsa soltó una sonora carcajada al verlo. Comenzó a augurar que aquella vez no sería Mat el causante de que los echaran de allí.

«Perrin sabría qué actitud adoptar», pensó. «Improvisaría algún comentario y al poco rato ella se reiría de sus gracias en lugar de mirar las musarañas en donde puede verla su padre». No obstante, a él no se le ocurría ningún chiste, ni ninguna observación jocosa. Siempre que volvía la mirada hacia donde se encontraba la muchacha, ésta le sonreía de un modo que habría inducido a su padre a azuzarles los perros si presenciara la escena. En una ocasión Elsa le dijo que le gustaban los hombres altos y que todos los muchachos de las granjas cercanas eran bajitos. Entonces Mat comenzó a reír entre dientes. Rand se concentró en su horca con el deseo de poder modificar aquella embarazosa situación.

Los hijos menores, al menos, eran una bendición en opinión de Rand. La desconfianza de Mat siempre remitía un poco cuando había niños alrededor. Después de cenar, se instalaron todos en torno a la chimenea, maese Grinwell arrellanado en su sillón favorito con una pipa llena de tabaco en la mano y la señora Grinwell cosiendo las camisas que les había lavado. Mat sacó de sus bolsillos las bolas de colores de Thom y comenzó a realizar malabarismos, lo cual no hacía nunca si no era en presencia de chiquillos. Los pequeños reían entusiasmados cuando él simulaba que se le caían las esferas, que atrapaba en el último segundo, y aplaudían las cascadas y los círculos de ocho pelotas que a veces estaban a punto de desparramarse realmente en el suelo. Sin embargo, ello no aminoraba su admiración, ni la de maese Grinwell y su esposa, que disfrutaban tanto como sus hijos. Cuando Mat puso fin a su demostración, dedicando reverencias a todos los presentes tan pomposamente como lo habría hecho Thom, Rand sacó la flauta de la funda.

Nunca tomaba el instrumento sin sentirse invadido de tristeza. Al palpar sus adornos en oro y plata, Thom acudía indefectiblemente a su memoria. Jamás tocaba el arpa si no era con la intención de comprobar su buen estado —Thom siempre decía que el arpa era demasiado delicada para las torpes manos de un campesino—, pero, cuando los dejaban pasar la velada en una casa, interpretaba alguna melodía con la flauta. Sólo era una manera de recompensar a sus huéspedes, y quizá también de mantener vivo el recuerdo de Thom.

Con ánimo alegre después del éxito conseguido por Mat, comenzó a tocar Tres muchachas en el prado. Maese Grinwell lo acompañaba con las palmas y los niños bailaban, incluido el benjamín, que apenas sabía andar y marcaba el compás con los pies. Sabía que no ganaría ningún premio en Bel Tine, pero, después de las lecciones que le había impartido Thom, no le habría dado apuro participar en el concurso.

Elsa, sentada con las piernas cruzadas junto al fuego, le sonrió, exhalando un largo suspiro, cuando él bajó la flauta después de la última nota.

—¡Tocas tan bien…! Nunca había escuchado nada tan hermoso.

La señora Grinwell interrumpió repentinamente sus labores y miró a su hija con una ceja arqueada para dedicar luego una mirada apreciativa a Rand.

Éste había recogido la funda de cuero para guardar la flauta, pero, ante aquel escrutinio, envoltorio e instrumento cayeron al suelo. Si ella lo acusara de jugar con los sentimientos de su hija… Guiado por la desesperación, se acercó la flauta a los labios y atacó una nueva canción, que fue seguida de una y otra más. La señora Grinwell no dejaba de observarlo. Las canciones escogidas fueron El viento que agita el sauce, De regreso del desfiladero de Tarwin, El gallo de la señora Aynora y El viejo oso negro. Tocó cuantas melodías le venían a la mente, pero la mujer no apartaba los ojos de él. Guardaba silencio, pero sin dejar de observar y ponderar.

Era tarde ya cuando maese Grinwell se puso en pie, riendo y frotándose las manos.

—Bien, nos hemos divertido mucho, pero ya debiéramos estar acostados. Vosotros que vais de camino os distribuís el tiempo a vuestro gusto, en cambio en la granja hay que madrugar. Os diré una cosa, muchachos: he pagado mis buenos dineros en una posada por un espectáculo de igual calidad que el que he presenciado esta noche, o incluso peor.

1 ... 144 145 146 147 148 149 150 151 152 ... 267
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)