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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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A los primeros sones de El gallo del norte, los escasos parroquianos congregados en la sala levantaron las cabezas que mantenían reclinadas sobre las bebidas. Incluso los dos matones separaron ligeramente la espalda de la pared. Todos aplaudieron cuando hubo concluido, hasta el par de duros guardianes, y lo mismo ocurrió después de que Mat lanzara por los aires una cascada de bolas. Afuera, el cielo murmuró nuevamente. La lluvia tardaba en caer, pero su presión era palpable; cuanto más tiempo transcurriera, más fuerte sería el aguacero.

Corrió la voz de su espectáculo y, cuando la oscuridad se había enseñoreado del día, la posada se encontraba atestada de hombres que reían y hablaban tan alto que Rand apenas si oía lo que estaba tocando. Únicamente los truenos lograban superar la algarabía de la sala. Los relámpagos fulguraban repetidas veces en las ventanas y, en los breves momentos que remitía el alboroto, oía la lluvia que repiqueteaba sobre el tejado. Los hombres que entraban ahora dejaban un reguero de agua a su paso.

Siempre que había una pausa, le solicitaban canciones a voz en grito, cuyos nombres no conocían en la mayoría de los casos; no obstante, si lograba que tararearan la melodía, la reconocía casi sin excepción. En otros lugares le había ocurrido lo mismo. El alegre Jain era La jarana de Rhea aquí, y había recibido denominación de Colores del cielo en una aldea donde se había entretenido.

Algunos nombres persistían en todo lugar, mientras que otros cambiaban cada diez kilómetros. También había aprendido canciones nuevas. El buhonero borracho era una de las que había incorporado a su repertorio, aunque a veces recibía el nombre de Gitano en la cocina. Dos reyes vinieron cazando se conocían asimismo como Dos caballos al galope, aparte de otros títulos. Él interpretaba canciones que sabía y los hombres golpeaban exigiéndole más. Otros pedían que Mat volviera a hacer juegos malabares. En ocasiones se iniciaban peleas entre los partidarios de la música y los aficionados a la prestidigitación. En uno de los escarceos entró en acción un cuchillo que provocó un chillido en una mujer, como preámbulo a la sangre que manó seguidamente de la cara de un hombre, pero Jak y Strom, los dos encargados del orden, se aproximaron de inmediato y con completa imparcialidad echaron a la calle a todas las personas involucradas en el altercado. La charla y las risas prosiguieron como si nada hubiera sucedido. Nadie desvió la mirada a excepción de los que recibían codazos de los dos fornidos vigilantes que pasaban entre ellos con dirección a la puerta.

Los clientes tampoco tenían escrúpulos en sobar a las criadas cuando una de ellas estaba distraída. Jak o Strom hubieron de rescatar en más de una ocasión alguna, sí bien no se apresuraban demasiado en hacerlo. La reacción de Hake, que gritaba y zarandeaba luego a la camarera víctima de la ofensa, indicaba que a sus ojos era ella la culpable, y los ojos lagrimosos y las excusas balbuceadas de la mujer expresaban su disposición a aceptar la visión del patrón. Las sirvientas se sobresaltaban siempre que Hake fruncía la frente, aun cuando dirigiera la vista a otro lado. Rand se preguntaba por qué consentían aquello.

Hake sonreía al mirar a Rand y Mat. Al cabo de un rato Rand advirtió que no les sonreía a ellos, sino que sus labios se arqueaban cuando posaba los ojos tras ellos, en el lugar donde se encontraba apoyada la espada con la marca de la garza. Cuando Rand depositó la flauta incrustada en oro y plata junto al taburete, el instrumento también le arrancó una sonrisa.

Aprovechó el cambio de turno con Mat para inclinarse y hablarle al oído. Aun desde tan cerca debía alzar la voz, pero con tanto alboroto dudaba que alguien fuera capaz de escucharlos.

—Hake va a intentar robarnos.

Mat asintió como si aquello no le sorprendiera.

—Tendremos que atrancar la puerta esta noche.

—¿Atrancar la puerta? Jak y Strom la romperían de un puñetazo. Larguémonos de aquí.

—Espera a que hayamos cenado al menos. Tengo hambre. No pueden hacernos nada aquí —agregó Mat. La gente que atestaba la sala gritaba, exigiendo que prosiguiera el espectáculo y Hake los observaba con furia—. Y, de todas maneras, ¿estás dispuesto a dormir fuera esta noche?—. Un relámpago especialmente potente hizo palidecer por un instante la luz de las lámparas.

—Sólo quiero irme con la cabeza intacta —contestó Rand. Mat, sin embargo, se disponía a sentarse. Con un suspiro, Rand acometió los primeros sones de El camino de Dun Aren. Al parecer, aquella canción complacía a la mayor parte del auditorio; ya la había tocado cuatro veces y todavía la solicitaban.

El problema era que Mat se hallaba en lo cierto. El también estaba hambriento y no veía de qué modo podía Hake infligirles daño alguno con el comedor lleno. La concurrencia era cada vez mayor y, por cada hombre que se iba u obligaban a marcharse Jak y Strom, entraban dos. Pedían a voz en grito juegos malabares o una melodía determinada, pero su atención se centraba en particular en las bebidas y en las camareras. Pero uno de los presentes era diferente.

Aquel hombre se distinguía de la muchedumbre congregada en el Carretero Danzarín, el cual no era un hostal apropiado para mercaderes. Su clientela iba vestida con ropas toscas y la piel atezada de los hombres que trabajan en contacto con el sol y el viento. El individuo era gordo y lustroso, tenía unas manos que parecían suaves y llevaba una chaqueta y una capa de color verde oscuro, ambas de terciopelo con rebordes adornados de seda azulada. Todo su atuendo era de lujoso corte. Sus zapatos, babuchas de terciopelo, no habían sido confeccionados para hollar las calles llenas de baches de Cuatro Reyes, ni ninguna otra calle, a decir verdad.

Había entrado después del anochecer; se sacudía la lluvia de la capa mientras miraba en torno a sí con una mueca de desagrado en los labios. Examinó la sala una vez y estaba ya a punto de girar para marcharse, cuando de súbito dio un respingo al percibir algo que Rand no alcanzó a ver y se sentó a una mesa que Jak y Strom acababan de despejar. Una criada se detuvo junto a él y después le sirvió una jarra de vino que él apartó a un lado y no volvió a tocar en toda la velada. La camarera parecía tener prisa por abandonar su mesa en ambas ocasiones, pese a que el hombre no hiciera ademán de querer tocarla y ni siquiera la mirase. La desconocida razón que inquietaba a la mujer, también producía el mismo efecto en otros. A pesar de su aspecto cuidado, siempre que un carretero de manos callosas decidía compartir su mesa con él, una ojeada bastaba para disuadirlo de su primer impulso e inducirlo a buscar otro acomodo. Estaba allí sentado como si no hubiera nadie más en la estancia aparte de él… y Rand y Mat; los observaba por encima de unas manos en las que relucían los anillos, con una sonrisa que denotaba un conocimiento previo.

Rand murmuró de nuevo algo al oído de Mat cuando volvían a cambiar de sitio.

—Ya lo he visto —musitó su amigo—. ¿Quién es? Tengo la impresión de que lo conozco.

A Rand también le había producido la misma sensación, removiéndole un poso en la memoria que no acertaba a atraer a la conciencia. Sin embargo, estaba seguro de que nunca había visto aquel rostro hasta entonces.

Cuando habían transcurrido dos horas desde que iniciaron la representación, Rand introdujo la flauta en la funda y él y Mat recogieron sus pertenencias. Mientras se apartaban del estrado, Hake se aproximó, con su enjuta cara congestionada por la rabia.

—Es hora de comer—dijo Rand, adelantándose a sus objeciones—y no queremos que nos roben nada. ¿Seréis tan amable de dar instrucciones a la cocinera? —Hake titubeó, todavía enojado; por más que lo intentaba, no podía apartar la vista de lo que Rand llevaba entre los brazos. Él movió los bultos para poder posar una mano en la espada—. También podéis intentar echarnos. —Puso énfasis deliberado en la frase y luego agregó— Aún nos queda una larga velada de actuación. Debemos reponer fuerzas si hemos de trabajar para que esta multitud continúe gastando su dinero aquí. ¿Durante cuánto tiempo creéis que permanecerá lleno el comedor si nos desvanecemos de hambre?

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