El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
La cara de Byar adoptó una mortal palidez a medida que hablaba su superior, lo cual aportaba un acusado contraste con el tono purpúreo que teñía sus mejillas. Asestó una mirada momentánea a los prisioneros.
«Su odio hacia nosotros es aún más intenso ahora», advirtió Perrin, «por haber escuchado esta conversación. Pero, ¿por qué nos ha detestado desde el primer momento?»
—¿Qué opinión os merece esto? —inquirió el capitán al tiempo que levantaba el hacha de Perrin.
Byar expresó una muda pregunta a su superior y aguardó a recibir una señal de asentimiento antes de abandonar su rígida postura para tomar el arma. Al asir el hacha, exhaló un gruñido de sorpresa, después la hizo girar en un estrecho arco sobre su cabeza que casi rozó la cubierta de la tienda. La manejaba con tanta seguridad como si hubiera nacido con un artilugio similar en la mano. Un destello de admiración y envidia iluminó su rostro que, cuando bajó el arma, había adoptado de nuevo su expresión impávida.
—Excelentemente equilibrada, mi señor capitán. Hecha con pocos medios, pero por un armero muy bueno, tal vez un maestro. —Sus ojos relumbraron con un brillo siniestro en dirección a los cautivos—. No es un arma de un habitante de un pueblo, mi señor capitán. No es propia de un campesino.
—No. —El capitán se volvió hacia Perrin y Egwene con una fatigada sonrisa, como si fuera un abuelo que iba a regañar a unos nietos que habían cometido una travesura—. Me llamo Geofram Bornhald —les dijo—. Tú eres Perrin, según tengo entendido. Pero, tú, jovencita, ¿cuál es tu nombre?
Perrin lo miró airadamente, pero Egwene sacudió la cabeza.
—No seas estúpido, Perrin. Me llamo Egwene.
—Perrin y Egwene a secas —murmuró Bornhald—. Supongo que, si realmente fuerais Amigos Siniestros, os interesaría ocultar vuestra identidad en la medida de lo posible.
Perrin se irguió hasta ponerse de rodillas; no podía enderezarse más debido a la manera como lo habían atado.
—No somos Amigos Siniestros —contestó furioso.
Todavía no había acabado de pronunciar estas palabras cuando Byar ya se hallaba junto a él. Aquel hombre se movía como una serpiente. Vio cernirse sobre él el mango de su propia hacha e intentó esquivarlo, pero la dura madera lo alcanzó en la oreja. Únicamente el hecho de haberse movido lo salvó de que le hendiera el cráneo. A pesar de ello, su visión se tornó borrosa y su respiración se detuvo mientras caía al suelo. Sentía un intenso martilleo en la cabeza y la sangre le surcaba las mejillas.
—No tenéis derecho… —comenzó a decir Egwene, pero interrumpió la frase para gritar cuando el asta del hacha se abalanzó sobre ella.
Se hizo a un lado y el arma atravesó el aire mientras la muchacha se echaba al suelo.
—Hablaréis con educación —les advirtió Byar—cuando os dirijáis a un Ungido por la Luz, o de lo contrario no os quedará lengua para hablar.
Lo más terrible era que su voz permanecía tan inalterable como siempre, indicando que el hecho de cortarles la lengua no le proporcionaría placer ni pesar. Para él era simplemente un acto más.
—Tranquilo, Byar. —Bornhald miró otra vez a los prisioneros—. Me temo que no sabéis gran cosa acerca de los Ungidos, los señores capitanes ni los Hijos de la Luz, ¿verdad? No, era lo que pensaba. Bien, para no incomodar a Byar, intentad no llevar la contraria ni levantar la voz, ¿de acuerdo? No deseo otra cosa que ambos caminéis por la senda de la Luz, y si os dejáis llevar por la ira no mejoraréis vuestra situación.
Perrin levantó la mirada hacia el individuo de rostro alargado que se encontraba de pie junto a ellos. «¿Para no incomodar a Byar?» Observó que el capitán no indicaba a Byar que los dejara a solas. Byar clavó sus ojos en él y esbozó una sonrisa; ésta sólo afectó a su boca, pero la piel de su rostro se tensó, hasta adoptar el aspecto de una calavera. Perrin se estremeció.
—He oído hablar de ese fenómeno de algunos hombres que viajan en compañía de los lobos —apuntó, reflexivo, Bornhald—, aunque no había visto ninguno hasta ahora. Hombres que supuestamente hablan con esas alimañas y con otras criaturas del Oscuro. Una repulsiva relación. Ello me hace temer que la última Batalla se halle, en efecto, próxima.
—Los lobos no son… —Perrin se detuvo, al tiempo que Byar movía los pies. Tras hacer acopio de aire, prosiguió con tono menos acalorado—, …los lobos no son criaturas del Oscuro. Detestan al Oscuro. Al menos, a los trollocs y a los Fados. —Le sorprendió ver cómo el delgado personaje asentía, como para sí.
—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó Bornhald, arqueando una ceja.
—Un Guardián —repuso Egwene, encogiéndose ante la furibunda mirada de Byar—. Dijo que los lobos odian a los trollocs y que éstos los temen a su vez.
Perrin se alegró de que no hubiera mencionado a Elyas.
—Un Guardián —repitió con un suspiro el hombre de pelo cano—. Una criatura supeditada a las brujas de Tar Valon. ¿Qué otra cosa podía afirmar cuando él mismo es un Amigo Siniestro y un sirviente de Amigos Siniestros? ¿No sabéis acaso que los trollocs tienen hocicos, dientes y pelambre lobunos?
Perrin pestañeó, intentando aclararse la garganta. Todavía sentía un terrible dolor en la cabeza, pero ahora notaba además algo extraño. No lograba poner en orden sus pensamientos.
—No todos ellos —murmuró Egwene. Perrin miró con recelo a Byar, pero éste se limitó a observar a la muchacha—. Algunos tienen cuernos, como los machos cabríos, o picos de halcón, o…, o… todo tipo de cosas.
Bornhald sacudió tristemente la cabeza.
—Os ofrezco todas las escapatorias posibles y vosotros mismos os condenáis con cada palabra. —Puso un dedo en alto—. Viajáis con lobos, criaturas del Oscuro. —Levantó un segundo dedo—. Admitís haber tenido relación con un Guardián, otra criatura del Oscuro. Dudo mucho que os hubiera dicho eso si sólo hubierais mantenido un trato ocasional. —Separó un tercer dedo—. Tú, muchacho, llevas una marca de Tar Valon en tu bolsillo. La mayoría de los hombres que no pertenecen a Tar Valon se desprenden de esos objetos tan rápidamente como pueden. A menos que sirvan a las brujas de Tar Valon. —Alzó un cuarto dedo—. Utilizas el arma de un guerrero y vas vestido como un campesino. Eres un embustero, pues. —Puso en acción el pulgar—. Conocéis a los trollocs y a los Myrddraal. En estas tierras sureñas, únicamente algunos estudiosos y quienes han visitado las tierras fronterizas dan crédito a su existencia como entes reales. ¿Tal vez habéis estado en las tierras fronterizas? Si es así, decidme dónde. Yo he viajado mucho a las tierras fronterizas y las conozco bien. ¿No? Ah, bien. —Miró su mano extendida y luego la dejó caer con fuerza sobre la mesa. Su expresión de anciano bondadoso daba a entender que los nietos habían cometido una travesura realmente seria—. ¿Por qué no me contáis con sinceridad qué os llevó a correr por la noche en compañía de los lobos?
Egwene abrió la boca, pero Perrin advirtió la obstinación en la presión con que cerraba las mandíbulas, adivinando que iba a relatar una de las historias que habían inventado. Aquello no surtiría ningún efecto en la situación en que se hallaban. Le dolía la cabeza y deseaba poder reflexionar con más detenimiento, pero no disponía de tiempo. ¿Quién podía predecir adónde había viajado el tal Bornhald y con qué ciudades y regiones estaba familiarizado? Si los atrapaba en una mentira, no tendrían ocasión de explicar luego la verdad. En ese caso, Bornhald se reafirmaría en la convicción de que eran Amigos Siniestros.
—Somos de Dos Ríos —respondió deprisa.
Egwene lo miró asombrada pero, antes de que se recuperara, él explicó la verdad… o una versión de ella. Ambos habían partido de Dos Ríos para visitar Caemlyn. De camino habían oído hablar de las ruinas de una gran ciudad, pero, cuando llegaron a Shadar Logoth, encontraron trollocs en su interior. Lograron escapar atravesando el río Arinelle, pero para entonces ya se habían perdido. Después encontraron a un hombre que se ofreció a guiarlos a Caemlyn. Este había dicho que a ellos no les concernía su identidad y tenía unos modales bastante rudos. Sin embargo, necesitaban de alguien que los ayudara. La primera ocasión en que ellos habían visto a los lobos fue después de la aparición de los Hijos de la Luz. Todo cuanto habían intentado hacer era esconderse para no acabar devorados por las fieras o asesinados por los jinetes.