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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—Gracias a la Luz, Perrin —susurró—. Temía que te hubieran matado.

En lugar de responder, observó al hombre de pelo cano sentado en la única silla que había en el recinto. Unos ojos oscuros le devolvieron la mirada, enmarcados en un rostro que no se correspondía, en su opinión, con el tabardo blanco y dorado que llevaba ni con la reluciente armadura que ceñía unos ropajes de un blanco prístino. Parecía un rostro amable, benévolo y digno, cuya elegante austeridad iba a la par con el mobiliario de la tienda. Una mesa y un camastro plegable, una jofaina y un cántaro blancos, un arcón de madera con geométricas incrustaciones de marquetería. Los objetos de madera estaban pulidos y el metal reluciente, pero sin ostentación. Detrás de cada uno de los utensilios había la mano de un experto artesano, pero sólo podía advertirlo alguien que hubiera observado de cerca el trabajo de uno de ellos, como maese Luhhan o maese Aydaer, el carpintero.

Con el rostro ceñudo, el hombre revolvió con un dedo dos pequeños montones de cosas que había sobre la mesa. Perrin reconoció el contenido de sus bolsillos en uno de ellos y su navaja. La moneda de plata que le había dado Moraine destacaba entre ellos y el individuo de cabellos grises la volvió, pensativo. Frunció los labios; luego levantó el hacha de Perrin para sopesarla. Después volvió a centrar su atención en los dos muchachos de Campo de Emond.

Perrin trató de incorporarse, pero el agudo dolor que le recorrió las extremidades lo hizo caer pesadamente. Por primera vez advirtió que estaba atado, de pies y manos. Volvió la mirada hacia Egwene. Ésta se encogió de hombros, pesarosa, y se volvió para mostrarle la espalda. Tenía media docena de ligaduras en las muñecas y tobillos, surcados por los cordeles. Ambas ataduras se hallaban unidas por una cuerda, cuya longitud sólo le permitía incorporarse en posición de cuclillas.

Perrin quedó asombrado, no sólo por el hecho de que estuvieran atados sino porque aquellas cuerdas con que los habían amarrado, hubieran bastado para sujetar a un par de caballos. «¿Quiénes deben de creer que somos?»

El hombre de pelo gris los observaba, curioso y pensativo, como maese al’Vere cuando debía resolver un problema. Aún tenía el hacha entre las manos, como si la hubiera olvidado.

La entrada de la tienda se movió, dando paso a un alto individuo de rostro alargado y demacrado, cuyos ojos hundidos parecían observar desde profundas cavernas. Su cuerpo musculoso no poseía ni una onza de grasa.

Perrin percibió por un instante el exterior; había fogatas y dos Capas Blancas que hacían guardia. Tan pronto como se halló dentro, el recién llegado se detuvo y permaneció de pie con la rigidez de una barra de hierro, mirando la pared que tenía enfrente. Las láminas y la malla de su armadura relucían como la plata bajo su blanquísima capa.

—Mi señor capitán., —Su voz era aún más inflexible que su porte, y áspera, pero a un tiempo llana e inexpresiva.

El otro hombre hizo un gesto vago.

—Descansad, Byar. ¿Habéis calculado ya las bajas ocasionadas por este… encuentro?

A pesar de que el enjuto personaje separó los pies, Perrin no vio ningún signo de relajación en él.

—Nueve hombres muertos, mi señor capitán, y veintitrés heridos, siete de consideración. Sin embargo, todos se encuentran en condiciones de montar. Hemos tenido que sacrificar treinta caballos. ¡Estaban desjarretados! —Con su voz carente de emoción, puso especial énfasis en aquella observación, como si lo acecido a las monturas fuera peor que lo que habían padecido los hombres—. Buena parte de la remonta se encuentra diseminada. Tal vez localicemos algunas monturas después del alba, mi señor capitán, pero, mientras haya lobos que los asusten, tardaremos varios días en reunirlos a todos. A los hombres encargados de vigilarlos les ha sido asignada la tarea de realizar guardias nocturnas hasta que lleguemos a Caemlyn.

—No disponemos de días sobrantes, Byar —repuso con amabilidad el hombre de cabello cano—. Partiremos al alba. Nada puede modificar esta decisión. Debemos estar en Caemlyn a tiempo, ¿no es así?

—Como ordenéis, mi señor capitán.

El dirigente miró brevemente a Perrin y a Egwene.

—¿Y qué tenemos para justificar nuestra tardanza, aparte de estos dos jovenzuelos?

Byar inspiró profundamente, dubitativo.

—He hecho desollar al lobo que los acompañaba, mi señor capitán. Su piel constituiría una buena alfombra para la tienda de mi señor capitán.

«¡Saltador!» Sin advertir lo que hacía, Perrin gruñó, intentando zafarse de las ataduras. Las cuerdas se hincaron en su carne, sus muñecas gotearon sangre, pero las ligaduras no cedieron.

Byar miró por primera vez a los prisioneros. Egwene retrocedió de él con un sobresalto. Su semblante era tan inexpresivo como su voz, pero un cruel destello relumbraba en sus ojos, con tanta certeza como las llamas crepitaban en los de Ba’alzemon. Byar los odiaba como si fueran viejos enemigos suyos en lugar de personas a las que no había visto hasta aquella noche.

Perrin le devolvió una mirada desafiante. Su boca se curvó en una tensa sonrisa al imaginar que destrozaba a dentelladas la garganta de aquel hombre.

De repente su sonrisa se desvaneció y un estremecimiento recorrió su cuerpo. «¿A dentelladas? ¡Soy un hombre, no un lobo! ¡Oh, Luz, esto debe terminar de una vez!»

—No me interesan las alfombras de piel de lobo, Byar. —La voz del capitán expresó un leve rechazo que, sin embargo, bastó para que Byar irguiese otra vez la espalda y centrara la mirada en la pared—. Estabais informándome sobre lo acontecido esta noche, ¿no es cierto?

—Según mis estimaciones, la manada que nos ha atacado se componía de cincuenta bestias como mínimo, de las cuales hemos matado veinte, treinta quizá. No he creído necesario correr el riesgo de perder más caballos para traer sus despojos de noche. Por la mañana haré que los reúnan y los quemen. Aparte de estos dos, había al menos unas doce personas. Calculo que hemos dado muerte a cuatro o cinco de ellos, pero no es probable que hallemos sus cadáveres, dada la propensión de los Amigos Siniestros a llevarse a sus muertos para, ocultar sus bajas. Esta parece haber sido una celada coordinada, lo cual plantea la cuestión…

A Perrin se le atenazó la garganta mientras el enjuto individuo continuaba hablando. ¿Elyas? Con cautela, trató de establecer contacto con Elyas y sus amigos… Fue en vano. Era como si nunca hubiera sido capaz de comunicarse con la mente de un lobo. «O han fallecido o te han abandonado». Quería reír, estallar en amargas carcajadas. Por fin había conseguido lo que tanto había deseado, pero a un alto precio.

Entonces el hombre de cabello gris rió a su vez, con una risa irónica que ciñó de rubor las mejillas de Byar.

—De modo que, según vuestras estimaciones, Byar, hemos sido atacados en una emboscada planeada por más de cincuenta lobos y un buen puñado de Amigos Siniestros, ¿no es así? Tal vez cuando hayáis presenciado más acciones…

—Pero, mi señor capitán Bornhald…

—Yo diría que seis u ocho lobos, Byar, y quizá únicamente estos dos humanos. Dais prueba de un celo auténtico, pero carecéis de experiencia fuera de las ciudades. Es diferente predicar la Luz, cuando las calles y las casas se hallan distantes. Los lobos tienen la capacidad de aparentar mayor número de lo que son en realidad, de noche…, y los hombres también. Seis u ocho, como mucho, creo yo. —El rubor del rostro de Byar se hizo más intenso—. También sospecho que se encontraban aquí por el mismo motivo que nos ha atraído a nosotros: porque es el único punto donde hay agua disponible a una jornada de camino en cualquier sentido. Una explicación mucho más simple que la existencia de espías y traidores entre los Hijos, y la explicación más simple suele ser la más certera. La experiencia irá ampliando vuestro aprendizaje.

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