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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—Nos enfrentamos a dos dificultades aparentemente insalvables —dijo al fin Moria. Su voz sonaba serena y fría de nuevo, pero en sus mejillas aún quedaba un atisbo de rojez—. Los Renegados han descubierto una arma que no podemos contrarrestar; la han descubierto o han dado con ella; a buen seguro la habrían utilizado antes si la hubiesen tenido. Una arma que no podemos igualar, aunque sólo la Luz sabe por qué querríamos hacerlo. Pero lo más importante es que no podemos detenerla ni sobrevivir a ella. Al mismo tiempo, los… Asha’man han crecido como la mala hierba. Informes fidedignos señalan su número parejo al de todas las Aes Sedai vivas. Aun en el caso de que se haya hinchado esa cifra, no podemos permitirnos considerarla exagerada en exceso. Y llegan más hombres a diario. Los informadores coinciden en esto de forma tan general que hay que darlo por bueno. Deberíamos capturar a esos hombres y amansarlos, desde luego, pero los hemos pasado por alto a causa del Dragón Renacido. Hemos postergado el asunto para ocuparnos de ellos más adelante. La amarga realidad es que ya es demasiado tarde para intentar capturarlos. Son demasiados. Quizá ya era tarde cuando supimos por primera vez lo que estaban haciendo.

»Si no podemos amansarlos, entonces hemos de controlarlos de algún modo. Un acuerdo con la Torre Negra (el término «alianza» sería demasiado fuerte), un acuerdo cuidadosamente formulado, nos permitiría dar los primeros pasos hacia el propósito de proteger el mundo de ellos. También podemos incluirlos en nuestros círculos. —Moria levantó el índice en un gesto de advertencia mientras su mirada pasaba por los bancos, pero su voz se mantuvo fría y serena. Y firme—. Hemos de dejar muy claro que siempre será una hermana la que combine los flujos. No sugiero dejar que un hombre controle un círculo coligado, ¡en absoluto! Sin embargo, con hombres en los círculos podemos ampliarlos. Incluso, así lo quiera la Luz, quizá podamos ampliarlos lo bastante para contrarrestar esa arma de los Renegados. Mataremos dos liebres de una pedrada. Mas esas dos liebres son leones, y si no lanzamos la piedra, alguno de ellos acabará con nosotras. Así de simple.

Se hizo el silencio. Salvo por Sheriam. De pie, encogida sobre sí misma a pocos palmos de Egwene, temblorosos los hombros, seguía sollozando quedamente. Entonces Romanda soltó un sonoro suspiro.

—Quizá podamos ampliar los círculos lo suficiente para contraatacar a los Renegados —dijo en voz baja. De algún modo, que hablara en un tono tan quedo dio más peso a sus palabras que si hubiese gritado—. Quizá podamos controlar a los Asha’man. Pero, en cualquiera de esos dos contextos, «quizás» es un término inconsistente.

—Cuando te estás ahogando, te agarras a cualquier rama que pasa a tu lado aunque no sepas si va a aguantar tu peso hasta que te sujetas a ella —respondió Moria en un tono igualmente quedo—. El agua no se ha cerrado sobre nuestras cabezas, Romanda, pero nos estamos hundiendo. Nos estamos hundiendo.

De nuevo se hizo el silencio a excepción del lloriqueo de Sheriam. ¿Es que esa mujer había perdido el control por completo? Claro que ninguna Asentada tenía buena cara, ni siquiera Moria o Malind o Escaralde. No era una perspectiva agradable la que tenían ante sí. El rostro de Delana se había tornado ceniciento. Daba la impresión de que podría vomitar antes que Sheriam.

Egwene volvió a ponerse en pie el tiempo justo para hacer la pregunta obligada. Incluso cuando lo propuesto era inconcebible, había que seguir el ritual. Quizá con más motivo en un caso así.

—¿Quién se opone a esta propuesta?

No faltaron oradoras entonces, aunque todas habían conseguido recobrar el control lo suficiente para seguir el protocolo. Varias Asentadas se movieron a la vez, pero Magla fue la primera en ponerse de pie y las otras volvieron a sentarse sin mostrar señales de impaciencia. Faiselle fue la siguiente, y Varilin lo hizo a continuación de Faiselle. Entonces le llegó el turno a Saroiya y por último a Takima. Todas hablaron extensamente, Varilin y Saroiya casi rozando los prohibidos discursos, y todas se expresaron con la máxima elocuencia que pudieron. Nadie llegaba a Asentada si le faltaba la elocuencia requerida. Aun así, no tardó en hacerse patente que repetían los mismos argumentos con otras palabras.

Los Renegados y sus armas no se mencionaron en ningún momento. El tema de las Asentadas era la Torre Negra. La Torre Negra y los Asha’man. La primera era una llaga en la faz del mundo, una amenaza tan grande como la propia Última Batalla. El mismo nombre sugería conexión con la Sombra, por no mencionar que era una bofetada directa a la Torre Blanca. Los presuntos Asha’man —ninguna pronunció el nombre sin añadir «presuntos» o diciéndolo con un timbre de mofa; significaba «custodio» o «defensor» en la Antigua Lengua, y eran cualquier cosa salvo eso—, ¡los presuntos Asha’man eran hombres que encauzaban! Hombres condenados a volverse locos si la mitad masculina del Poder no los mataba antes. Dementes manejando el Poder Único. Desde Magla a Takima, todas ellas confirieron a sus palabras hasta la última pizca del horror que sentían. Tres mil años de terror en el mundo, y antes del eso el Desmembramiento del Mundo. Hombres como éstos habían destruido el mundo, destruido la Era de Leyenda y cambiado la faz del mundo hasta la desolación. A ésos era a los que les pedían que se aliaran. Si lo hacían, se las anatematizaría en todas las naciones, y con razón. Las despreciarían todas las Aes Sedai, y con razón. No podía ser. Imposible.

Cuando Takima se sentó finalmente, arreglándose el chal con cuidado, exhibía una sonrisa leve pero muy satisfecha. Juntas habían conseguido hacer que los Asha’man parecieran más temibles, más peligrosos, que los Renegados y la Última Batalla juntos. Quizás incluso igual al propio Oscuro. Puesto que Egwene había iniciado las preguntas rituales, le correspondía terminar, de modo que se levantó.

—¿Quién apoya un acuerdo con la Torre Negra? —Si antes le había parecido que reinaba el silencio en el pabellón, ahora, que Sheriam había contenido los sollozos por fin, aunque las lágrimas le brillaban todavía en las mejillas, cuando la mujer tragó saliva sonó como un grito en el profundo silencio que siguió a su pregunta.

La sonrisa de Takima se torció cuando Janya se puso de pie tan pronto como Egwene hubo pronunciado la última palabra.

—Hasta una rama fina es mejor que ninguna cuando te estás ahogando —dijo—. Prefiero intentarlo que confiar en la esperanza hasta ahogarme. —Tenía la mala costumbre de hablar cuando se suponía que no debía.

Samalin se puso de pie junto a Malind, y a continuación se levantaron a un tiempo Salima, Berana y Aledrin, con Kwamesa retrasándose una fracción de segundo. Nueve Asentadas de pie, mientras los segundos se alargaban. Egwene cayó en la cuenta de que se estaba mordiendo el labio y dejó de hacerlo rápidamente, confiando en que nadie se hubiese percatado. Notaba la presión de los dientes en la carne. Ojalá que no se hubiese hecho sangre. Tampoco es que ninguna la estuviera mirando. Todas parecían estar conteniendo la respiración.

Romanda contemplaba con el ceño fruncido a Salima, que tenía la vista fija al frente, el semblante ceniciento y los labios temblorosos. Puede que la hermana teariana fuera incapaz de ocultar su miedo, pero se mantenía firme en su decisión. Romanda asintió lentamente con la cabeza y después, de modo increíble, se puso de pie. También ella decidió violar la costumbre de no hablar.

—A veces hay que hacer cosas que no querríamos hacer —manifestó, mirando a los ojos a Lelaine.

Lelaine sostuvo la mirada de la canosa Amarilla sin pestañear. Su rostro parecía de porcelana. Alzó la barbilla poco a poco, y, de repente, se puso de pie al tiempo que miraba impacientemente a Lyrelle, que la miró boquiabierta un instante antes de incorporarse.

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