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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Egwene suspiró y se acurrucó más bajo las mantas.

—Buenas noches, Chesa. —Encauzó brevemente y apagó la lámpara, dejando la tienda envuelta en una profunda oscuridad—. Ve a dormir a tu cama esta noche. —Halima podría molestarse si venía y encontraba a otra en su camastro. ¿De verdad habría roto el brazo a un hombre? Sin duda él debía de haberla provocado de algún modo.

Quería soñar esa noche, tener sueños tranquilos —al menos, que pudiera recordarlos; tenía pocos que podrían definirse así—, pero había otra clase de sueño en que debía entrar antes, y para eso hacía cierto tiempo que no necesitaba quedarse dormida. Tampoco necesitaba uno de los ter’angreal que la Antecámara guardaba tan celosamente. Sumirse en un ligero trance era tan sencillo como decidir hacerlo, sobre todo encontrándose tan cansada, y…

Incorpórea, flotó en una negrura infinita, rodeada por un infinito mar de luces, un inmenso remolino de minúsculos puntos que brillaban con más intensidad que las estrellas en la noche más clara, más numerosos que las estrellas. Eran los sueños de toda la gente del mundo, de la de todos los mundos, reales o posibles, mundos tan extraños que no alcanzaba a entender, todos visibles allí, en el minúsculo vacío existente entre el Tel’aran’rhiod y el mundo de vigilia, el espacio infinito entre la realidad y los sueños. Algunos de esos sueños los reconoció sólo con mirarlos. Todos parecían iguales, pero ella los identificaba con tanta certidumbre como identificaba las caras de las hermanas. Evitó algunos. Los de Rand siempre estaban escudados, y temía que él se daría cuenta si intentaba escudriñarlos. De todos modos, el escudo impediría que los viera. Lástima no saber dónde se encontraba alguien mediante sus sueños; allí, dos puntos de luz podían encontrarse uno junto al otro mientras los soñadores se hallaban separados por miles de kilómetros. Los de Gawyn tiraban de ella, y Egwene huyó. Los sueños de Gawyn tenían sus propios peligros, de los cuales el menor no era su deseo de sumergirse en ellos. Los de Nynaeve la hicieron detenerse un momento y despertaron en ella el deseo de meterle el miedo en el cuerpo a esa necia mujer, pero Nynaeve se las había arreglado para hacer caso omiso de ella hasta el momento, y Egwene no caería en la tentación de arrastrarla al Tel’aran’rhiod contra su voluntad, pero no fue por falta de ganas.

Moviéndose sin moverse, buscó a un soñador en particular. Uno de dos, al menos; cualquiera de ellos serviría. Las luces parecieron girar a su alrededor, pasar a tal velocidad que se volvieron rastros borrosos mientras ella flotaba inmóvil en aquel mar estrellado. Confiaba en que al menos uno de los que buscaba durmiera ya. La Luz sabía que ya era bastante tarde para cualquiera. Vagamente consciente de su cuerpo en el mundo de vigilia, se sintió bostezar y encoger las piernas debajo de las mantas.

Entonces vio el punto de luz que buscaba, y éste creció bruscamente ante sus ojos al aproximarse a gran velocidad a ella, pasando de parecer una estrella en el cielo a una luna llena y luego un muro brillante que llenaba su campo de visión, latiendo como algo que respirara. No lo tocó, por supuesto; eso podía conducir a todo tipo de complicaciones, incluso con la persona soñadora. Además, resultaría embarazoso meterse en el sueño de alguien de manera accidental. Extendió su percepción a través del mínimo espacio, fino como un cabello, que quedaba entre el sueño y ella, y habló con cuidado para que no se la escuchara como un grito. No tenía cuerpo; no tenía boca, pero habló.

ELAYNE, SOY EGWENE. REÚNETE CONMIGO EN EL SITIO DE SIEMPRE.

No creía que nadie pudiese oírla por casualidad, no sin que ella se diese cuenta, pero aun así no tenía sentido correr riesgos innecesarios.

El punto de luz se apagó. Elayne se había despertado, pero recordaría y sabría que la voz no había sido simplemente parte de un sueño.

Egwene se movió… a un lado. O quizá fue más como acabar un paso que no había acabado de dar. Era un poco ambas cosas. Se movió y…

Se encontró en una pequeña habitación, vacía salvo por una mesa de madera, llena de marcas, y tres sillas de respaldo recto. A través de las dos ventanas se veía que era noche cerrada, pero aun así había una especie de luz extraña, distinta de la de la luna o la de una lámpara o la del sol. No parecía proceder de ninguna parte: simplemente estaba. Sin embargo era suficiente para ver con claridad aquella pequeña y triste habitación. Los polvorientos paneles de madera de las paredes aparecían carcomidos por los insectos, y la nieve se había colado por los cristales rotos de las ventanas, amontonándose sobre una capa de ramitas y hojas muertas. Es decir, había nieve en el suelo a veces, al igual que ramitas y hojas secas. La mesa y las sillas se mantenían en el mismo sitio, pero cada vez que Egwene apartaba la vista, la nieve había desaparecido al volver a mirar al mismo punto, en tanto que las hojas y las ramitas aparecían en lugares distintos, como si las hubiese arrastrado el viento. Incluso cambiaban mientras las miraba, simplemente surgiendo aquí o allí. Eso ya no le parecía más extraño que la sensación de unos ojos invisibles vigilando. Ninguna de las cosas era verdaderamente real; sólo existían tal como todo en el Tel’aran’rhiod, como un reflejo de realidad y un sueño, todo revuelto.

En el Mundo de los Sueños todo en derredor parecía desierto, pero esa habitación poseía la calidad de vacío que sólo podía proceder de un sitio que estaba realmente abandonado en el mundo de vigilia. Hasta hacía unos pocos meses aquel pequeño cuarto había sido el estudio de la Amyrlin, en la posada a la que se había denominado la Torre Chica, y en el pueblo de Salidar, rescatado de la floresta que lo había invadido, para convertirlo en el núcleo de la resistencia contra Elaida. Si saliese ahora al exterior vería retoños de árbol asomando entre la nieve en medio de las calles que tanto trabajo había costado desbrozar. Las hermanas seguían Viajando a Salidar para comprobar los palomares, todas recelosas de que alguna paloma enviada por sus informadores cayera en otras manos, pero sólo en el mundo de vigilia. Visitar los palomares allí habría resultado tan inútil como esperar que las palomas te encontraran por puro milagro. Los animales domesticados no parecían tener reflejo en el Mundo de los Sueños, y nada que se hiciera en él podía tocar el mundo de vigilia. Las hermanas con acceso a los ter’angreal del Sueño tenían mejores sitios que visitar que este pueblecito desierto de Altara, e indiscutiblemente tampoco nadie tenía motivo para ir a él en sueños. Era uno de los sitios en todo el mundo donde Egwene podía estar segura de que no la cogerían por sorpresa; en otros muchos resultaba que había personas que escuchaban a escondidas. O que transmitían una profunda tristeza. Detestaba ver en lo que se había convertido Dos Ríos desde su marcha.

Procuró disipar su impaciencia mientras esperaba que Elayne apareciera. Elayne no era una soñadora y necesitaba utilizar un ter’angreal. Sin duda, también querría avisar a Aviendha adónde iba. Con todo, los minutos se alargaron y Egwene se sorprendió paseando por el suelo de tosca madera, irritada. El tiempo discurría de modo distinto allí. Una hora en el Tel’aran’rhiod podían ser minutos en el mundo de vigilia, o viceversa. Era posible que Elayne estuviera moviéndose rápida como el viento. Egwene comprobó su vestimenta, un traje de montar gris con bordados en verde en el corpiño y formando anchas bandas en la falda pantalón —¿habría pensado en el Ajah Verde?—, y una sencilla redecilla que le recogía el cabello. Ni que decir tiene que la estrecha y larga estola de Amyrlin colgaba sobre su cuello. Hizo que la prenda desapareciera y después, al cabo de unos instantes, dejó que volviera a aparecer. Era cuestión de permitir que reapareciera, no de pensar conscientemente en ello. La estola era parte de cómo se sentía ahora, y era la Amyrlin la que necesitaba hablar con Elayne.

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