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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—La utilizarás.

Perrin alzó el hacha para arrojarla a la charca, pero Elyas le agarró la muñeca.

—La utilizarás, muchacho, y, mientras detestes tener que hacer uso de ella, le darás utilidad más sabiamente que la mayoría de los hombres. Aguarda. Si algún día no sientes odio por ella, habrá llegado el momento de lanzarla de inmediato y echar a correr en sentido contrario.

Perrin asía el hacha con las manos, aún tentado de arrojarla al estanque. «A él no le cuesta nada decir eso. ¿Qué ocurrirá si espero y luego ya no soy capaz de deshacerme de ella?»

Abrió la boca para expresar aquella duda, pero no emitió palabra alguna. Había recibido un mensaje de los lobos, tan imperativo que los ojos se le tornaron vidriosos. Por un instante olvidó lo que iba a decir, olvidó incluso cómo hablar, cómo respirar. El semblante de Elyas también se alteró y sus ojos parecieron mirar hacia adentro y a la lejanía de modo simultáneo. Después el contacto se disipó tan deprisa como se había iniciado. Había tenido lugar en un abrir y cerrar de ojos, pero ese tiempo era suficiente.

Perrin se estremeció y llenó de aire los pulmones. Elyas no perdió ni un segundo; tan pronto como el velo abandonó sus ojos, se precipitó hacia la fogata sin vacilar. Perrin corrió en silencio tras él.

—¡Apaga el fuego! —gritó con voz ronca Elyas a Egwene. Gesticulaba con apremio y parecía tratar de gritar susurrando—. ¡Apágalo!

Elyas se abrió paso rudamente ante ella y aferró el hervidor del té, tras lo cual profirió una maldición al quemarse. Pese a ello, lo volcó boca abajo sobre las llamas. Perrin llegó a tiempo para comenzar a cubrir de tierra el rescoldo mientras el último chorro de té se derramaba sobre el fuego para evaporarse en hilillos de humo. No se detuvo hasta haber enterrado el más ligero vestigio de la hoguera.

Elyas entregó el recipiente a Perrin, pero éste lo dejó caer de inmediato con una exclamación de sorpresa. Perrin se sopló las manos y miró ceñudo a Elyas, aunque aquél estaba demasiado ocupado en examinar el suelo para prestarle atención.

—No es posible borrar la huella de nuestra presencia aquí —dictaminó—. Sólo nos queda alejarnos y no perder la esperanza. Tal vez no nos molesten. ¡Maldición!, si habría jurado que eran los cuervos.

Perrin se apresuró a ensillar a Bela, apoyando el hacha sobre sus muslos mientras se agachaba para sujetar la cincha.

—¿Qué ocurre? —preguntó Egwene, con voz entrecortada—. ¿Trollocs? ¿Un Fado?

—Id en dirección este u oeste —les indicó Elyas— y buscad un lugar donde esconderos. Yo me reuniré con vosotros tan pronto como pueda. Si ven un lobo… —partió como una flecha, agazapado como si tuviera intención de ir a gatas, y desapareció entre las sombras alargadas del anochecer.

Egwene recogió a toda prisa sus escasas pertenencias, pero todavía exigía una explicación a Perrin. Su voz, insistente, adquiría un tono más temeroso a cada minuto. Perrin también sentía miedo, pero la aprensión los hacía avanzar con mayor rapidez. Esperó hasta que estuvieron de camino hacia el sol poniente. Mientras trotaba delante de Bela con el hacha aferrada ante su pecho con ambas manos, refirió cuanto sabía a grandes pinceladas, al tiempo que buscaba un paraje para esconderse y aguardar a Elyas.

—Se acerca un numeroso grupo de hombres a caballo. Iban detrás de los lobos, pero no los han visto. Se dirigen a la charca. Tal vez ello no guarda ninguna relación con nosotros, puesto que éste es el único manantial existente en varios kilómetros a la redonda. Pero Moteado dice… —Miró brevemente hacia atrás. El sol del crepúsculo dibujaba curiosas sombras en el rostro de Egwene, sombras que ocultaban su expresión—. Moteado dice que huelen mal. Es… algo parecido al olor que despide un perro rabioso. —El estanque se perdió de vista a sus espaldas. Todavía divisaba las rocas, los fragmentos de la estatua de Artur Hawkwing, pero no distinguía cuál de ellas era la piedra junto a la que habían encendido la hoguera—. Nos mantendremos alejados de ellos y buscaremos un lugar donde esperar a Elyas.

—¿Por qué deberían querer hacernos daño? —inquirió—. Se supone que aquí nos hallamos a salvo. ¡Luz, tiene que existir algún lugar seguro!

Perrin comenzó a escudriñar con mayor atención. Seguramente no se encontraban lejos del estanque, pero las sombras eran cada vez más espesas. Pronto estaría demasiado oscuro para caminar. Una tenue luz bañaba todavía los altozanos, aunque desde las hondonadas, donde apenas se veía, por contraste aparecían fulgurantes. A la izquierda, una forma oscura destacaba contra el cielo, una amplia piedra plana que surgía de la ladera de un montículo y cubría la vertiente con su sombra.

—Por ahí —dijo.

Se encaminó hacia la colina; observaba por encima del hombro para percibir alguna señal de los hombres que se aproximaban. No se veía nada… por el momento. En más de una ocasión hubo de detenerse y aguardar a la montura que iba tras él. Egwene se aferraba al cuello de la yegua y avanzaba con cuidado sobre el irregular terreno. Perrin pensó que ambos debían de hallarse más fatigados de lo que él había creído. «Será mejor que éste sea un buen escondrijo. Me parece que no hay posibilidad de buscar otro».

En la base del promontorio examinó la maciza roca plana que brotaba de la ladera casi en su cumbre. Había un aire curiosamente familiar en la manera como el enorme bloque parecía formar unos escalones irregulares, tres que subían Y uno que descendía. Trepó la corta distancia que lo separaba de él y palpó la Piedra, mientras caminaba a su alrededor. A pesar de los siglos de intemperie, Percibió cuatro columnas pegadas entre sí. Desvió la mirada hacia arriba, a cima escalonada de la roca, que sobresalía por encima de su cabeza como un cobertizo, ¡dedos! «Nos guareceremos en la mano de Artur Hawkwing. Tal vez aquí haya quedado algún resto de su justicia»

Hizo señas a Egwene para que lo siguiera. Como ella no se movía, regresó a la hondonada y le refirió lo que había hallado.

Egwene miró detenidamente la colina con la cabeza inclinada hacia adelante.

—¿Cómo puedes ver algo? —se extrañó.

Perrin abrió la boca y luego la cerró de golpe. Se mordió los labios mientras miraba en torno a sí, consciente por primera vez de lo que percibía. El sol se había puesto y las nubes ocultaban la luna llena, pero a él le parecía encontrarse en el atardecer.

—He palpado la piedra —explicó al fin—. Será por eso. No podrán distinguirnos en la sombra que proyecta aunque se acerquen hasta aquí.

Tomó la brida de Bela para conducirla hacia el refugio. Sentía los ojos de Egwene clavados en su espalda. Mientras la ayudaba a desmontar, se oyeron gritos procedentes del lugar donde se encontraba la charca. La muchacha posó una mano en el brazo de Perrin, expresando una muda pregunta.

—Los hombres han visto a Viento —dijo de mala gana. Era difícil hallar sentido a los pensamientos de los lobos. Ahora captaba algo relacionado con el fuego—. Llevan antorchas. La empujó hasta la base de los dedos y se agazapó a su lado—. Están dividiéndose en varios grupos de exploración. Son muchos y los lobos están todos heridos. —Trató de infundir ánimos a su voz—. Pero Moteado y los otros son capaces de ocultarse a su paso, incluso lastimados, y ellos no saben que estamos aquí. La gente no percibe lo que no espera ver. Pronto se cansarán y se dispondrán a dormir.

Elyas estaba con los lobos y no los abandonaría a su suerte. «Tantos jinetes. Tan obstinados. ¿Por qué muestran tanta obstinación?»

Vio cómo Egwene hacía un gesto afirmativo que ella misma no advirtió en la oscuridad.

—No nos ocurrirá nada, Perrin.

«Luz», pensó con asombro, «ella intenta darme ánimos».

Los gritos no cesaban. En la lejanía, se movían pequeños racimos de antorchas que parpadeaban en la oscuridad.

—Perrin —dijo quedamente Egwene—, ¿bailarás conmigo el domingo, si hemos regresado a casa para entonces?

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