La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
balas, sin darle, pensando que nada lo librará de que esas lanzas lo ensarten y lo machaquen esos cascos que martillean el cascajo. Pero algo ocurre y otra vez tiene el palpito de lo sobrenatural. De detrás suyo surgen muchas figuras disparando, blandiendo machetes, facas, martillos, hachas, que se avientan contra los animales y sus cabalgaduras, baleándolos, acuchillándolos, cortándolos, en un remolino vertiginoso. Ve yagunzos prendidos de las lanzas y de las piernas de los jinetes y cortando las riendas; ve rodar a caballos y oye rugidos, relinchos, injurias, disparos. Por lo menos dos lanceros pasan encima suyo, sin pisotearlo, antes de que consiga ponerse de pie y lanzarse a la pelea. Dispara los dos últimos tiros de su revólver y, empuñando el Mánnlicher como garrote, corre hacia los ateos y yagunzos más próximos, entreverados en el suelo. Descarga un culatazo contra un soldado encaramado sobre un yagunzo y lo golpea hasta dejarlo inerte. Ayuda al yagunzo a levantarse y ambos corren a socorrer a Honorio, a quien persigue un jinete con la lanza estirada. Al ver que van hacia él, el gaucho azuza al animal y se pierde a galope en dirección a Belo Monte. Durante un buen rato, en medio del terral, Antonio corre de un sitio a otro, ayuda a levantarse a los caídos, carga y vacía su revólver. Hay compañeros malheridos y otros muertos, con lanzas atravesadas. Uno sangra profusamente por una herida abierta a sablazos. Se ve, como en sueños, rematando a culatazos —otros lo hacen con el machete — a los gauchos desmontados. Cuando el entrevero termina por falta de enemigos y los yagunzos se reúnen, Antonio dice que deben regresar a las trincheras, pero a medio hablar advierte, entre nubarrones de polvo rojizo, que por allá donde estaban antes emboscados pasan ahora las compañías de masones, hasta perderse de vista.
No lo rodean más de cincuenta hombres. ¿Y los otros? Los que podían moverse, volvieron a Belo Monte. «Pero no eran muchos», gruñe un yagunzo sin dientes, el hojalatero Zósimo. A Antonio le asombra encontrarlo de combatiente, cuando su decrepitud y sus años deberían tenerlo apagando incendios y acarreando heridos a las Casas de Salud. No tiene sentido seguir allí; una nueva carga de jinetes acabaría con ellos. —Vamos a ayudar a Joáo Grande —les dice.
Se escinden en grupos de tres o cuatro y, dando el brazo a los que cojean, protegiéndose en las arrugas del terreno, emprenden el regreso. Antonio va rezagado, junto a Honorio y a Zósimo. Acaso los nubarrones de polvo, acaso los rayos de sol, acaso la premura que tienen por invadir Canudos expliquen que ni las tropas que progresan a su izquierda ni los lanceros que divisan a la derecha, vengan a rematarlos. Porque los ven, es imposible que no los vean como ellos los están viendo. Pregunta a Honorio por las Sardelinhas. Le responde que a todas las mujeres les mandó decir que se fueran, antes de abandonar las trincheras. Todavía hay un millar de pasos hasta las viviendas. Será difícil, yendo tan despacio, llegar hasta allí sanos y salvos. Pero el temblor de sus piernas y el tumulto de su sangre le dicen que ni él ni ninguno de los sobrevivientes están en condiciones de ir más de prisa. El viejo Zósimo se tambalea, presa de un pasajero desvanecimiento. Le da una palmada, alentándolo, y lo ayuda a caminar. ¿Será cierto que este anciano estuvo alguna vez a punto de quemar vivo al León de Natuba, antes de ser rozado por el ángel? —Mire por el lado de la casa de Antonio el Fogueteiro, compadre.
Una intensa, ruidosa fusilería viene de ese macizo de viviendas que se elevan delante del antiguo cementerio y cuyas callejuelas, enrevesadas como jeroglíficos, son las únicas de Canudos que no llevan nombres de santos, sino de cuentos de troveros: Reina Magalona, Roberto el Diablo, Silvaninha, Carlomagno, Fierabrás, Pares de Francia. Allí están concentrados los nuevos peregrinos. ¿Son ellos quienes tirotean de ese modo a los ateos? Techos, puertas, bocacalles del barrio vomitan fuego contra los soldados. De pronto, entre las siluetas de yagunzos tumbados, de pie o acuclillados, descubre la inconfundible silueta de Pedráo, saltando de aquí a allá con su mosquetón, y está seguro de distinguir, entre el ruido atronador de los disparos, el estruendo del arma del mulato gigantón. Pedráo ha rechazado siempre cambiar esa vieja arma, de sus épocas de bandido, por los fusiles de repetición Mánnlicher y Máuser, pese a que éstos disparan cinco tiros y se cargan de prisa, en tanto que él, cada vez que usa el mosquete, tiene que limpiar el cañón y cebarlo de pólvora y taponarlo, antes de disparar los absurdos proyectiles: pedazos de fierro, de limonita, de vidrio, de plomo, de cera y hasta de piedra. Pero Pedráo tiene una destreza asombrosa y hace esa operación a una velocidad
que parece cosa de brujo, como su extraordinaria puntería.
Lo alegra verlo allí. Si Pedráo y sus hombres han tenido tiempo de regresar, también lo habrán hecho Joáo Abade y Pajeú y, entonces, Belo Monte está bien defendido. Les falta ya menos de doscientos pasos para la primera línea de trincheras y los yagunzos que van delante agitan los brazos y se identifican a gritos para que los defensores no les disparen. Algunos corren; él y Honorio los imitan, pero se detienen pues el viejo Zósimo no puede seguirlos. Lo toman de los brazos y lo llevan a rastras, inclinados, tropezando, bajo una granizada de explosiones que a Antonio le parece dirigida contra ellos tres. Llega hasta lo que era una bocacalle y es ahora una tapia de piedras y latas de arena, tablas, tejas, ladrillos y toda clase de objetos sobre los que divisa una compacta hilera de tiradores. Muchas manos se estiran para ayudarlos a trepar. Antonio se siente levantado en peso, bajado, depositado al otro lado de la trinchera. Se sienta a descansar. Alguien le alcanza un zurrón lleno de agua, que bebe a sorbos, con los ojos cerrados, sintiendo una sensación dolorosa y dichosa cuando el líquido moja su lengua, su paladar, su garganta, que parecen de lija. Sus oídos zumbantes se destapan de rato en rato y puede oír la fusilería y los mueras a la República y a los ateos y los vítores al Consejero y al Buen Jesús. Pero en una de ésas —la gran fatiga va cediendo, pronto se levantará — se da cuenta que los yagunzos no pueden aullar «¡Viva la República!», «¡Viva el Mariscal Floriano!», «¡Mueran los traidores!», «¡Mueran los ingleses!». ¿Es posible que estén tan cerca que oiga sus voces? Los toques de corneta vibran en sus mismos oídos. Siempre sentado, coloca cinco balas en el tambor de revólver. Al cargar el Mánnlicher, ve que es la última cacerina. Haciendo un esfuerzo que resiente todos sus huesos, se pone de pie y trepa, ayudándose con codos y rodillas, hasta lo alto de la barricada. Le abren un hueco. A menos de veinte metros carga una maraña de soldados, en filas apretadas. Sin apuntar, sin buscar oficiales, descarga al bulto todas las balas del revólver y luego las del Mánnlicher, sintiendo, en cada rebote de la culata, un agujazo en el hombro. Mientras recarga apresurado el revólver mira el contorno. Los masones atacan por todos lados, y en el sector de Pedráo están aún más cerca que aquí; algunas bayonetas han llegado al borde mismo de las barricadas y hay yagunzos que se alzan de pronto armados de garrotes y fierros, golpeando con furia. No ve a Pedráo. Hacia su derecha, en una polvareda descomunal, las oleadas de uniformes avanzan hacia Espíritu Santo, Santa Ana, San José, Santo Tomás, Santa Rita, San Joaquim. Por cualquiera de esas calles llegarán en segundos hasta San Pedro o Campo Grande, el corazón de Belo Monte, y podrán asaltar las Iglesias y el Santuario. Lo tironean de un pie. Un jovencito le dice a gritos que el Comandante de la Calle quiere verlo, en San Pedro. El jovencito ocupa su puesto en el parapeto.