La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
Se acercan a la ciudad por el Tabolerinho, al amanecer, después de cinco horas en las que los cañonazos se suceden casi sin interrupción. En las aguadas, donde comienzan las
casas, hay un mensajero esperándolos para conducirlos adonde Joáo Abade. Lo encuentran en las trincheras de Fazenda Velha, reforzadas ahora con el doble de hombres, todos con los dedos en los gatillos de fusiles y espingardas, oteando, en las sombras de la madrugada, las faldas de la Favela, por donde esperan ver derramarse a los masones. «Alabado sea el Buen Jesús Consejero», murmura Antonio y Joáo Abade, sin contestarle, le pregunta si vio soldados por la ruta. No, ni una patrulla. —No sabemos por dónde van a atacar —dice Joáo Abade y el ex–comerciante advierte su enorme preocupación—. Sabemos todo, menos lo principal.
Calcula que atacarán por aquí, el camino más corto, y por eso ha venido el Comandante de la Calle a reforzar con trescientos yagunzos a Pajeú, en esta trinchera que se curva, un cuarto de legua, desde los pies del Monte Mario hasta el Tabolerinho. Joáo Abade le explica que Pedráo cubre el Oriente de Belo Monte, la zona de los corrales y sembríos, y los montes por donde serpentean las trochas a Trabubú, Macambira, Cocorobó y Geremoabo. La ciudad, defendida por la Guardia Católica de Joáo Grande tiene nuevos parapetos de piedra y arena en callejuelas y encrucijadas y se ha reforzado el cuadrilátero de las Iglesias y el Santuario, ese centro al que convergirán los batallones de asalto, como convergen hacia allí los obuses de sus cañones.
Aunque está ávido por hacer preguntas, Vilanova comprende que no hay tiempo. ¿Qué debe hacer? Joáo Abade le dice que a él y a Honorio les corresponde el territorio paralelo a los barrancos del Vassa Barris, al Este del Alto do Mario y la salida a Geremoabo. Sin más explicaciones, le pide que avise en el acto si aparecen soldados, pues lo importante es descubrir a tiempo por dónde tratarán de entrar. Vilanova y los catorce hombres echan a correr.
La fatiga se ha evaporado como por ensalmo. Debe ser otro indicio de la presencia divina, otra manifestación de lo sobrenatural en su persona. ¿Cómo explicarlo, si no es a través del Padre, del Divino o del Buen Jesús? Desde que supo la noticia del asalto no ha hecho otra cosa que andar y correr. Hace un rato, cruzando la Laguna de Cipó, las piernas le flaquearon y el corazón le latía con tanta furia que temió caer desvanecido. Y ahí está ahora, corriendo sobre ese terreno pedregoso, de subidas y bajadas, en ese final de la noche que las bombardas fulminantes de la tropa iluminan y atruenan. Se siente descansado, lleno de energía, capaz de desplegar cualquier esfuerzo, y sabe que así se sienten los catorce hombres que corren a su lado. ¿Quién sino el Padre puede operar semejante cambio, rejuvenecerlos así, cuando las circunstancias lo requieren? No es la primera vez que le ocurre. Muchas veces, en estas semanas, cuando creía que iba a desplomarse, ha sentido de pronto una nueva fuerza que parece alzarlo, renovarlo, inyectarle un ventarrón de vida.
En la media hora que les toma llegar a las trincheras del Vassa Barris —corriendo, andando, corriendo — Antonio Vilanova percibe, en Canudos, llamaradas de incendios. No piensa si alguno de esos fuegos consume su hogar, sino: ¿estará funcionando el sistema que ha ideado para que los incendios no se propaguen? Hay, para eso, en las esquinas y las calles, cientos de barriles y cajas de arena. Los que permanecen en la ciudad saben que apenas estalla una explosión deben correr a sofocar las llamas con baldazos de tierra. El propio Antonio ha organizado, en cada manzana de viviendas, grupos de mujeres, niños y ancianos encargados de esa tarea.
En las trincheras, encuentra a su hermano Honorio y también a su mujer y a su cuñada. Las Sardelinhas están instaladas con otras mujeres bajo un cobertizo, entre cosas de comer y de beber, remedios y vendas. «Bien venido, compadre», lo abraza Honorio. Antonio se demora un momento con él mientras come con apetito los cazos que las Sardelinhas sirven a los recién llegados. Apenas termina su breve refrigerio, el excomerciante distribuye a sus catorce compañeros por los alrededores, les aconseja dormir algo y va con Honorio a recorrer la zona.
¿Por qué les ha encargado Joáo Abade esta frontera a ellos, los menos guerreros de los guerreros? Sin duda porque es la más alejada de la Favela: no atacarán por aquí. Tendrían tres o cuatro veces más de camino que si descienden las laderas y atacan la Fazenda Velha; tendrían, además, antes de llegar al río, que atravesar un territorio abrupto y crispado de espinos que obligaría a los batallones a quebrarse y disgregarse. No es así como pelean los ateos. Lo hacen en bloques compactos, formando esos cuadros
que resultan tan buen blanco para los yagunzos atrincherados.
—Nosotros hicimos estas trincheras —dice Honorio—. ¿Se acuerda, compadre?
—Claro que me acuerdo. Hasta ahora siguen vírgenes.
Sí, ellos dirigieron las cuadrillas que han diseminado esa zona sinuosa, entre el río y el cementerio, sin árbol ni matorral, de pequeños pozos para dos o tres tiradores. Cavaron los primeros abrigos hace un año, después del combate de Uauá. Luego de cada expedición han abierto nuevos agujeros, y, últimamente, pequeñas ranuras entre pozo y pozo que permiten a los hombres arrastrarse de uno a otro sin ser vistos. Siguen vírgenes, en efecto: ni una vez se ha combatido en este sector.
Una luz azulada, con tintes amarillos en los bordes, avanza desde el horizonte. Se escucha el cocorocó de los gallos. «Han pasado los cañonazos», dice Honorio, adivinando su pensamiento. Antonio termina la frase: «Quiere decir que ya están en camino, compadre». Las trincheras se esparcen cada quince, veinte pasos, en medio kilómetro de frente y un centenar de metros de fondo. Los yagunzos, embutidos en los abrigos de a dos y de a tres, se hallan tan ocultos que los Vilanova sólo los divisan cuando se inclinan a cambiar unas palabras con ellos. Muchos tienen tubos de metal, cañas de ancho diámetro y troncos horadados que les permiten observar afuera sin asomarse. La mayoría duermen o dormitan, hechos un ovillo, con sus Mánnlichers, Máuseres y trabucos, y la bolsa de proyectiles y el cuerno de pólvora al alcance de la mano. Honorio ha colocado centinelas a lo largo del Vassa Barris; varios han descendido y explorado el cauce —allí totalmente seco — y la otra banda, sin encontrar patrullas. Regresan hacia el cobertizo, conversando. Resulta extraño ese silencio con canto de gallos, después de tantas horas de bombardeo. Antonio comenta que el asalto a Canudos le pareció inevitable desde que esa columna de refuerzos —más de quinientos soldados, al parecer — llegó a la Favela, intacta, pese a los desesperados esfuerzos de Pajeú, que los estuvo hostigando desde Cladeiráo y sólo consiguió arrebatarles unas reses. Honorio pregunta si es verdad que las tropas han dejado compañías en Jueté y Rosario, por donde antes se contentaban con pasar. Sí, es verdad.
Antonio se desabrocha el cinturón y utilizando su brazo como almohada y tapándose la cara con el sombrero, se acurruca en la trinchera que comparte con su hermano. Su cuerpo se relaja, agradecido a la inmovilidad, pero sus oídos siguen alertas, tratando de percibir en el día que comienza alguna señal de los soldados. Al poco rato se olvida de ellos y, después de flotar sobre imágenes diversas, disueltas, se concentra de pronto en ese hombre cuyo cuerpo roza el suyo. Dos años menor que él, de claros cabellos ensortijados, calmo, discreto. Honorio es más que su hermano y concuñado: su compañero, su compadre, su confidente, su mejor amigo. No se han separado nunca, no han tenido jamás una disputa seria. ¿Está Honorio en Belo Monte, como él, por adhesión al Consejero y a todo lo que representa, la religión, la verdad, la salvación del alma, la justicia? ¿O sólo por fidelidad hacia su hermano? En los años que llevan en Canudos jamás se le había pasado por la cabeza. Cuando los rozó el ángel y abandonó sus asuntos para ocuparse de los de Canudos, le pareció natural que su hermano y su cuñada, al igual que su mujer, aceptaran de buen ánimo el cambio de vida, como lo habían hecho cada vez que las desgracias les fijaron nuevos rumbos. Así ha ocurrido: Honorio y Asunción se plegaron a su voluntad sin la menor queja. Había sido cuando Moreira César asaltó Canudos, en ese día interminable, mientras peleaba en las calles, que por primera vez comenzó a carcomerlo la sospecha de que tal vez Honorio iba a morir allí, no por algo en lo que creía, sino por respeto a su hermano mayor. Cuando intenta hablar con Honorio sobre este tema, su hermano se burla: «¿Cree que me jugaría el pellejo sólo por estar a su lado? ¡Que vanidoso se ha vuelto, compadre!». Pero esas bromas, en vez de aplacar sus dudas, las han activado. Se lo había dicho al Consejero: «Por mi egoísmo, he dispuesto de Honorio y de su familia sin jamás averiguar lo que ellos querían; como si fueran muebles o chivos». El Consejero encontró un bálsamo para esa herida: «Si fuera así, los has ayudado a hacer méritos para ganar el cielo». Siente que lo remecen, pero demora en abrir los ojos. El sol brilla en el cielo y Honorio le está haciendo silencio con un dedo en los labios: