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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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—Ahí están, compadre —murmura, con voz queda—. Nos ha tocado recibirlos.

—Qué honor, compadre —responde, con voz pastosa.

Se arrodilla en la trinchera. De las barrancas de la otra banda del Vassa Barris un mar de uniformes azules, plomos, rojos, con brillos de abotonaduras y de espadas y bayonetas, viene hacia ellos en la resplandeciente mañana. Eso es lo que sus oídos están oyendo, hace rato: repique de tambores, clarín de cornetas. «Parece que vinieran derechito hacia nosotros», piensa. El aire está limpio y, pese a la distancia, ve con suma nitidez a las tropas, desplegadas en tres cuerpos, uno de los cuales, el del centro, parece enfilar rectilíneamente hacia estas trincheras. Algo pegajoso en la boca le atranca las palabras. Honorio le dice que ha despachado ya dos «párvulos» a Fazenda Velha y a la salida a Trabubú, a avisar a Joáo Abade y Pedráo que vienen por ese lado. —Tenemos que aguantarlos —se oye decir—. Aguantarlos como sea hasta que Joáo Abade y Pedráo se replieguen a Belo Monte.

—Siempre y cuando no estén atacando a la vez por Favela —gruñe Honorio. Antonio no lo cree. Al frente, bajando las barrancas del río seco, hay varios miles de soldados, más de tres mil, tal vez cuatro mil, lo que tiene que ser toda la fuerza útil de los perros. Los yagunzos saben, por los «párvulos» y espías, que en el hospital de la quebrada entre la Favela y el Alto do Mario hay cerca de mil heridos y enfermos. Una parte de la tropa debe haber quedado allí, protegiendo el hospital, la artillería e instalaciones. Esa tropa tiene que ser toda la del asalto. Se lo dice a Honorio, sin mirarlo, la vista clavada en las barrancas, mientras verifica con los dedos si el tambor del revólver está lleno de cartuchos. Aunque tiene un Mánnlicher, prefiere ese revólver, con el que se ha batido desde que está en Canudos. Honorio, en cambio, tiene el fusil apoyado en el reborde, con el alza levantada y el dedo en el gatillo. Así deben estar todos los otros yagunzos, en sus cuevas, recordando la instrucción: no disparar sino cuando el enemigo esté muy cerca, para ahorrar munición y aprovechar la sorpresa. Es lo único que los favorece, lo único que puede atenuar la desproporción de número y de equipo. Llega arrastrándose y se deja caer en la poza, un chiquillo que les trae un zurrón de café caliente y unas tortas de maíz. Antonio reconoce sus ojos vivos y risueños, su cuerpo torcido. Se llama Sebastián y es veterano en estas lides, pues ha servido de mensajero a Pajeú y a Joáo Grande. Mientras bebe el café, que le compone el cuerpo, Antonio ve desaparecer al chiquillo, reptando con sus zurrones y alforjas, silente y veloz como una lagartija.

«Si se acercan unidos, formando una masa compacta», piensa. Qué fácil sería entonces derribarlos con granizadas a quemarropa, en ese territorio sin árboles, matorrales ni rocas. Las depresiones del suelo no les sirven de mucho pues las trincheras de los yagunzos están en altozanos desde los cuales pueden dominarlas. Pero no vienen unidos. El cuerpo del centro avanza más rápido, como una proa; es el primero en cruzar el cauce y en escalar las barrancas. Unas figurillas azulinas, con listas rojas en los pantalones y puntos destellantes, asoman a menos de doscientos pasos de Antonio. Es una compañía de exploradores, un centenar de hombres, todos a pie, que se reagrupan en dos bloques de tres en fondo y progresan rápidamente, sin la menor precaución. Los ve estirar los pescuezos, avizorar las torres de Belo Monte, totalmente inconscientes de esos tiradores rastreros que los apuntan.

«¿Qué espera, compadre?», dice Honorio. «¿Que nos vean?» Antonio dispara y, al instante, como un eco multiplicado, estalla a su alrededor un estruendo que borra a los tambores y clarines. El humo, el polvo, la confusión se apoderan de los exploradores. Antonio dispara, despacio, todos sus tiros, apuntando con un ojo cerrado a los soldados que han dado media vuelta y huyen a la carrera. Alcanza a ver que otros cuerpos han salvado ya las barrancas y se acercan por tres, cuatro direcciones distintas. La fusilería cesa.

—No nos han visto —le dice su hermano.

—Tienen el sol en contra —le responde—. Dentro de una hora estarán ciegos. Ambos cargan sus armas. Se escuchan tiros aislados, de yagunzos que quieren rematar a esos heridos que Antonio ve arrastrándose sobre el cascajo, tratando de alcanzar las barrancas. Por éstas siguen apareciendo cabezas, brazos, cuerpos de soldados. Las formaciones se desmoronan, fragmentan, tuercen, al avanzar por el terreno quebradizo, danzante. Los soldados han comenzado a disparar, pero Antonio tiene la impresión de que aún no localizan las trincheras, que disparan por encima de ellos, hacia Canudos,

creyendo que las ráfagas que segaron a su punta de lanza provenían del Templo del Buen Jesús. El tiroteo adensa la polvareda y remolinos parduzcos envuelven y desaparecen por instantes a los ateos que, agazapados, apretados unos contra otros, los fusiles enhiestos y la bayoneta calada, se adelantan al compás de toques de corneta y tambor y gritos de: «¡Infantería! ¡Avanzar!».

El ex–comerciante vacía dos veces su revólver. El arma se recalienta y le quema la mano, así que la enfunda y empieza a usar el Mánnlicher. Apunta y dispara, buscando siempre, entre los cuerpos enemigos, aquellos que por el sable, los entorchados o las actitudes parecen los que mandan. De pronto, viendo a esos heréticos y fariseos de caras asustadas, descompuestas, que caen de a uno, de a dos, de a diez, por balas que ignoran de dónde vienen, siente compasión. ¿Cómo es posible que le inspiren piedad quienes quieren destruir Belo Monte? Sí, en este momento, mientras los ve desplomarse, los oye gemir y los apunta y los mata, no los odia: presiente su miseria espiritual, su humanidad pecadora, los sabe víctimas, instrumentos ciegos y estúpidos, atrapados en las artes del Maligno. ¿No les hubiera podido ocurrir a todos? ¿A él mismo, si, gracias a ese encuentro con el Consejero, no lo hubiera rozado el ángel? —A la izquierda, compadre —le da un codazo Honorio.

Mira y ve: jinetes con lanzas. Unos doscientos, quizá más. Han cruzado el Vassa Barris a medio kilómetro a su diestra y están agrupándose en pelotones para atacar ese flanco, bajo la algarabía frenética de un cornetín. Están fuera de la línea de trincheras. En un segundo, ve lo que va a ocurrir. Los lanceros cortarán de través, por el lomerío encrespado, hasta el cementerio, y como no hay en ese ángulo trinchera que les obstruya el paso alcanzarán en pocos minutos Belo Monte. Al ver la vía libre, por esa ruta seguirá la tropa de a pie. Ni Pedráo, ni Joáo Grande ni Pajeú han tenido tiempo de refluir hacia la ciudad a reforzar a los yagunzos parapetados en los techos y torres de las Iglesias y el Santuario. Entonces, sin saber qué va a hacer, guiado por la locura del instante, coge la bolsa de municiones y salta del pozo, gritando a Honorio: «Hay que pararlos, que me sigan, que me sigan». Echa a correr, inclinado, el Mánnlicher en la derecha, el revólver en la izquierda, la bolsa en el hombro, en un estado que se parece al sueño, a la embriaguez. En ese momento, el miedo a la muerte —que a veces lo despierta empapado en sudor o le hiela la sangre en medio de una conversación trivial — desaparece y se adueña de él un soberbio desprecio a la idea de ser herido o de desaparecer de entre los vivos. Mientras corre derecho hacia los jinetes que, formados en pelotones, comienzan a trotar, zigzagueando, alzando polvo, a los que ve y deja de ver, según las ondulaciones de la tierra, ideas, recuerdos, imágenes, chisporrotean en la fragua que es su cabeza. Sabe que esos jinetes son parte del batallón de lanceros del Sur, los gauchos, a los que ha avistado merodeando detrás de la Favela en procura de reses. Piensa que ninguno de esos jinetes hollará Canudos, que Joáo Grande y la Guardia Católica, los negros del Mocambo o los kariris flecheros matarán a sus animales, blancos tan magníficos. Y piensa en su mujer y en su cuñada y en si ellas y las otras habrán regresado a Belo Monte. Entre esas caras, esperanzas, fantasías, aparece Assaré, allá en los confines del Ceará, adonde no ha vuelto desde que salió huyendo de la peste. Su pueblo suele presentarse en momentos como éste, cuando siente que toca un límite, que pisa un extremo más allá del cual sólo quedan el milagro o la muerte. Cuando las piernas ya no responden se deja caer y estirándose, sin buscar abrigo, se acomoda el fusil al hombro y comienza a disparar. No tendrá tiempo de recargar el arma, así que apunta cuidadosamente, cada vez. Ha cubierto la mitad de la distancia que lo separaba de los jinetes. Éstos cruzan frente a él, entre la polvareda, y se pregunta cómo no lo han visto, pese a haber venido corriendo a campo traviesa, pese a estarlos tiroteando. Ninguno de los lanceros mira hacia aquí. Pero, como si su pensamiento los hubiera alertado, el pelotón que va a la cabeza gira súbitamente hacia la izquierda. Ve que un jinete hace un movimiento circular con el espadín, como llamándolo, como saludándolo, y que la docena de lanceros galopa en su dirección. El fusil está sin balas. Coge el revólver con las dos manos, los codos apoyados en tierra, decidido a guardar esos cartuchos hasta tener encima a los caballos. Ahí están las caras de los diablos, deformadas por la rabia, ahí la ferocidad con que taconean los ¡jares, las largas varillas que tiemblan, los bombachos que el viento infla. Dispara al del sable, una, dos, tres

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