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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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Un nuevo ataque de estornudos lo interrumpió. Pero se repuso y siguió hablando, con una excitación progresiva, que, por momentos, le trababa la lengua. Sus ojos revoloteaban, azogados, detrás de los cristales.

Había habido un cambio de opiniones a ver cuál de los cuatro médicos lo hacía. Fue el Mayor Miranda Curio, jefe del Servicio Sanitario en campaña, el que cogió el serrucho, mientras los otros sujetaban el cuerpo. Pretendían sumergir la cabeza en un recipiente de alcohol, pero como los restos de pellejo y carne comenzaban a desintegrarse, la metieron en un saco de cal. Así fue traída a Salvador. Se confió la delicada misión de transportarla al Teniente Pinto Souza, héroe del Tercer Batallón de Infantería, uno de los contados oficiales sobrevivientes de ese cuerpo diezmado por Pajeú en el primer combate. El Teniente Pinto Souza la entregó a la Facultad de Medicina y el Doctor Nina Rodríguez presidió la Comisión de científicos que la observó, midió y pesó. No había informes fidedignos sobre lo que se dijo, durante el examen, en el anfiteatro. El comunicado oficial era de una parquedad irritante, y el responsable de ello, al parecer, nadie menos que el propio Doctor Nina Rodríguez. Fue él quien redactó esas parcas líneas que desencantaron a la opinión pública diciendo, secamente, que la ciencia no había comprobado ninguna anormalidad constitutiva manifiesta en el cráneo de Antonio Consejero.

—Todo eso me recuerda a Galileo Gall —dijo el Barón, echando una ojeada esperanzada a la huerta—. También él tenía una fe loca en los cráneos, como indicadores del carácter. Pero el fallo del Doctor Nina Rodríguez no era compartido por todos sus colegas de Salvador. Así, el Doctor Honorato Nepomuceno de Alburquerque preparaba un estudio discrepante del informe de la Comisión de científicos. Él sostenía que ese cráneo era típicamente braquicéfalo, según la clasificación del naturalista sueco Retzius, con tendencias a la estrechez y linearidad mentales (por ejemplo, el fanatismo). Y que, de otro lado, la curvatura craneal correspondía exactamente a la señalada por el sabio Benedikt para aquellos epilépticos que, según escribió el científico Samt, tienen el libro de misa en la mano, el nombre de Dios en los labios y los estigmas del crimen y del

bandidismo en el corazón.

—¿Se da cuenta? —dijo el periodista miope, respirando como si acabara de realizar un esfuerzo enorme—. Canudos no es una historia, sino un árbol de historias. —¿Se siente mal? —preguntó el Barón, sin efusividad—. Veo que tampoco a usted le hace bien hablar de estas cosas. ¿Ha estado visitando a todos esos médicos? El periodista miope estaba replegado como una oruga, hundido en sí mismo y parecía muerto de frío. Terminado el examen médico, había surgido un problema. ¿Qué hacer con esos huesos? Alguien propuso que la calavera fuera enviada al Museo Nacional, como curiosidad histórica. Hubo una oposición cerrada. ¿De quién? De los masones. Bastaba ya con Nosso Senhor de Bonfim, dijeron, bastaba ya con un lugar de peregrinación ortodoxo. Esa calavera expuesta en una vitrina convertiría al Museo Nacional en una segunda Iglesia de Bonfim, en un Santuario heterodoxo. El Ejército estuvo de acuerdo: era preciso evitar que la calavera se volviera reliquia, germen de futuras revueltas. Había que desaparecerla. ¿Cómo? ¿Cómo? —Evidentemente, no enterrándola —murmuró el Barón.

Evidentemente, pues el pueblo fanatizado descubriría tarde o temprano el lugar del entierro. ¿Qué lugar más seguro y remoto que el fondo del mar? La calavera fue metida en un costal repleto de piedras, cosido y llevado de noche, en un bote, por un oficial, a un lugar del Atlántico equidistante del Fuerte San Marcelo y la isla de Itaparica, y lanzada al cieno marino, a servir de asiento a las madréporas. El oficial encargado de la secreta operación fue el mismo Teniente Pinto Souza: fin de la historia.

Sudaba tanto y se había puesto tan pálido que el Barón pensó: «Se va a desmayar». ¿Qué sentía este fantoche por el Consejero? ¿Admiración? ¿Fascinación morbosa? ¿Simple curiosidad de chismoso? ¿Había llegado de veras a creerlo mensajero del cielo? ¿Por qué sufría y se atormentaba con Canudos? ¿Por qué no hacía como todo el mundo, tratar de olvidar?

—¿Dijo usted Galileo Gall? —lo oyó decir.

—Sí —asintió el Barón, viendo los ojos enloquecidos, la cabeza rapada, oyendo los discursos apocalípticos—. Esa historia, Gall la habría entendido. Creía que el secreto de las personas estaba en los huesos de la cabeza. ¿Llegaría finalmente a Canudos? Si llegó, sería terrible para él comprobar que ésa no era la revolución con la que soñaba. —No lo era y sin embargo lo era —dijo el periodista miope—. Era el reino del oscurantismo y, a la vez, un mundo fraterno, de una libertad muy particular. Tal vez no se hubiera sentido tan decepcionado. —¿Supo qué fue de él?

—Murió en alguna parte, no muy lejos de Canudos —dijo el periodista—. Yo lo veía mucho, antes de todo esto. En «El Fuerte», una taberna de la ciudad baja. Era hablador, pintoresco, alocado; palpaba cabezas, profetizaba tumultos. Lo creía un embustero. Nadie hubiera adivinado que se convertiría en un personaje trágico. —Tengo unos papeles de él —dijo el Barón—. Una especie de memoria, o testamento, que escribió en mi casa, en Calumbí. Debí entregarlos a unos correligionarios suyos. Pero no pude. No por mala voluntad, pues fui hasta Lyon para cumplir el encargo. ¿Por qué había hecho ese viaje a Lyon, desde Londres, para entregar personalmente el texto de Gall a los redactores de l'Étincelle de la révolte? No por afecto al frenólogo, en todo caso; lo que había llegado a sentir por él era curiosidad, interés científico por esa variante insospechada de la especie humana. Se había dado el trabajo de ir a Lyon para ver la cara y oír a esos compañeros del revolucionario, comprobar si se parecían a él, si creían y decían las cosas que él. Pero había sido un viaje inútil. Todo lo que consiguió averiguar fue que l'Étincelle de la révolte, hoja esporádica, había dejado de salir tiempo atrás, y que la editaba una pequeña imprenta cuyo propietario había sido encarcelado, bajo la acusación de imprimir billetes falsos, hacía ya tres o cuatro años. Congeniaba muy bien con el destino de Gall haber estado, acaso, enviando artículos a unos fantasmas y haber muerto sin que nadie que lo hubiera conocido, en su vida europea, supiera dónde, cómo y por qué murió.

—Historia de locos —dijo, entre dientes—. El Consejero, Moreira César, Gall. Canudos enloqueció a medio mundo. A usted también, por supuesto.

Pero un pensamiento le tapó la boca: «No, ellos estaban locos desde antes. Canudos hizo

perder la razón sólo a Estela». Tuvo que hacer un esfuerzo para evitar las lágrimas. No recordaba haber llorado de niño, de joven. Pero, desde lo ocurrido a la Baronesa, lo había hecho muchas veces, en su despacho, en las noches de desvelo.

—Más que de locos es una historia de malentendidos —volvió a corregirlo el periodista miope—. Quiero saber una cosa, Barón. Le suplico que me diga la verdad. —Desde que me aparté de la política, casi siempre la digo —susurró el Barón—. ¿Qué quiere saber?

—Si hubo contactos entre el Consejero y los monárquicos —le repuso, espiando su reacción, el periodista miope—. No hablo del grupito de nostálgicos del Imperio que tenían la ingenuidad de proclamarse que lo eran, como Gentil de Castro. Sino de gentes como ustedes, los Autonomistas, los monárquicos de corazón, que, sin embargo, lo ocultaban. ¿Tuvieron contactos con el Consejero? ¿Lo azuzaron? El Barón, que lo había escuchado con burla, se echó a reír.

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