El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
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—Algunas —dijo Jellison—. ¿Quieres empezar, Al, por favor?
Hardy sacó unos papeles de su portafolio y empezó a leer. Cuántos acres habían limpiado de piedras y cuánto trigo podrían plantar. Hizo un inventario del ganado, armas y equipo. La mayor parte de los presentes parecían aburridos antes de que Hardy terminara.
—La conclusión es que, con suerte, aguantaremos el invierno.
Aquello despertó el interés de los presentes.
—Habrá dificultades —les advirtió Hardy—. Pasaremos bastante hambre antes de la primavera. Pero tenemos una oportunidad. Incluso tenemos suministros médicos, aunque no suficientes, y la clínica del doctor Valdemar está en funcionamiento. —Hardy se detuvo un momento—. Ahora pasemos a las malas noticias. Los muchachos de Harvey Randall han estado inspeccionando las presas y centrales eléctricas de ahí arriba. No es posible hacerlas funcionar de nuevo. Ha desaparecido demasiado. Y no tenemos ni una cuarta parte de las cosas que piden los ingenieros. Pasará algún tiempo antes de que podamos reconstruir aquí gran parte de una civilización.
—Diablos, estamos civilizados —dijo el jefe de policía Hartman—. Casi no hay delitos y tenemos bastante que comer. Tenemos un médico y una clínica, y a la mayoría no nos faltan servicios higiénicos. ¿Qué más necesitamos?
—La electricidad no estaría mal —dijo Harvey Randall.
—Sí, pero podemos vivir sin ella —dijo el jefe de policía Hartman—. Podemos aguantar hasta la primavera.
Harvey le comprendía. El viaje hasta la fortaleza había sido terrible... ¡y ahora estaban hablando como si no fuera suficiente con vivir! Pensó que podían haberle impedido el paso, abandonarle en la carretera...
—Yo preferiría expresarlo de una manera más positiva —dijo el reverendo Varley—. Deberíamos cantar hosannas. —La expresión del sacerdote era sombría, en contraste con sus palabras—. Naturalmente, el coste ha sido elevado. Tal vez, señor jefe de policía, usted lo haya expresado correctamente, después de todo...
El senador Jellison se aclaró la garganta para reclamar atención. En la estancia se hizo el silencio.
—Tenemos algunas noticias más —dijo Jellison—. Hay un nuevo pretendiente al puesto de presidente de Estados Unidos. Héctor Shorey.
—¿Quién diablos es Héctor Shorey? —preguntó George Christopher.
—Presidente de la Cámara de Representantes. Recién seleccionado por la junta de dirigentes del partido. Ni siquiera recuerdo que la Cámara votara formalmente, pero con todo su pretensión es la más verosímil, y parece que el gobierno de Colorado Springs todavía está al frente del estado.
—Yo también podría hacer eso —dijo Christopher.
El senador se echó a reír.
—No, George. Tú no podrías. Yo sí.
—¿A quién le importa? —preguntó George Christopher en tono beligerante—. No pueden ayudarnos ni meternos en la cárcel. Tendrían que abrirse paso contendiendo con los demás gobiernos de Estados Unidos, y aun así no pueden llegar hasta nosotros. ¿Por qué damos importancia a lo que digan?
—Quisiera decir —intervino Al Hardy— que Colorado Springs probablemente dispone de los efectivos militares más numerosos que sobreviven en esta parte del mundo. Los cadetes de la Academia, el NORAD, o Defensa Aérea Norteamericana, cuyo mando está en Cheyenne Mountain y la base aérea de Ent. Y al menos un regimiento de tropas de montaña.
—Aun así no pueden llegar hasta nosotros —insistió Christopher—. Comprenda que no tengo nada en contra de que Estados Unidos funcione de nuevo, pero quiero saber el coste. ¿Nos pedirán que paguemos impuestos?
Jellison asintió.
—Buena pregunta. —Miró a su alrededor—. Pase lo que pase, puede esperar hasta la primavera, ¿verdad? Y entonces, una de dos, o bien estaremos a salvo o habremos muerto. Al dice que no estaremos muertos.
Hubo murmullos y gestos de asentimiento.
Jellison prosiguió:
—He pedido a Harvey que asistiera a esta reunión porque tiene una propuesta que hacer. Harvey ha pedido que hagamos otra expedición al exterior, para conseguir más equipo que necesitaremos en primavera. —Mostró un papel con la lista que habían preparado Harvey, Brad Wagoner y Tim Hamner—. La mayor parte de las cosas no serán necesarias antes de la primavera.
—Pero son perecederas, senador —dijo Harvey—. Herramientas eléctricas, transistores, componentes, motores eléctricos... muchas cosas que serían útiles aun cuando hayan estado sumergidas, ya no estarán en condiciones para la primavera.
—La última vez que salimos al exterior perdimos cuatro hombres —dijo George Christopher—. Es muy peligroso.
—Porque no llevamos bastantes hombres —replicó Harvey—. Tenemos que ir en un grupo compacto. Una gran columna no será atacada.
Harvey estaba orgulloso de su dominio. No creía que nadie pudiera adivinar por el tono de su voz cuánto le aterraba la idea de salir de aquel valle. Miró brevemente a Maureen. Ella lo sabía. No le miraba, pero lo sabía.
—Pero gastaremos mucha gasolina —adujo Al Hardy—, y además interrumpiremos los programas de trabajo. Y todavía puede ser preciso luchar.
—Bien, si llevamos bastantes hombres, las cosas no irán tan mal —dijo George Christopher—. Pero no pienso salir más con un par de camiones. Harvey tiene razón. Si vamos, iremos con mucha gente. Diez camiones y de cincuenta a cien hombres.
—Supongo que hemos de pensar bien estas cosas —dijo el reverendo Varley en tono melancólico y triste.
—Sí, señor. —Christopher estaba decidido—. Reverendo, yo deseo la paz tanto como usted, pero no sé cómo conseguirla. No se olvide de los vecinos de Deke, los que fueron devorados.
El reverendo Varley se estremeció.
—No lo he olvidado.
Hubo una pausa y Harvey aprovechó para intervenir.
—Tim ha estado trabajando con la guía telefónica y unos mapas. Ha localizado una tienda de material de inmersión. No estará a más de cuatro metros por debajo del agua. Podríamos bucear y rescatar los equipos de inmersión.
—¿Y qué vas a utilizar para cargar las botellas de aire? —preguntó Steve Cox.
—Podemos construir un compresor —dijo Harvey—. No es difícil diseñarlo.
—Puede que no sea difícil diseñarlo —dijo Joe Henderson—, pero sin electricidad va a ser difícil construirlo.
Henderson había sido el propietario de la gasolinera del pueblo, y ahora ayudaba a Ray Christopher en la herrería y taller mecánico.
—Dejadme que diga otras cosas que necesitamos —dijo Harvey—. Herramientas mecánicas, tornos, taladradoras, toda clase de herramientas, y las hemos localizado en su mayoría... en el mapa, claro. Y un día las vamos a necesitar.
Henderson sonrió melancólicamente.
—Desde luego, me irían bien unas cuantas herramientas —comentó.
—Cable de generador —prosiguió Harvey—. Cojinetes, piezas de repuesto para nuestros vehículos de transporte, cable eléctrico.
—Para —dijo Henderson—. Me rindo. Vayamos a por ello.
—Al —llamó Jellison—. ¿Podemos prescindir de cincuenta hombres durante una semana?
Al Hardy no pareció complacerle la pregunta.
—Eileen, ven un momento. —La interpelada salió de otra habitación—. Dame esas listas de operarios, por favor.
—En seguida.
Antes de retirarse, Eileen dedicó a Harvey una de sus espléndidas sonrisas. Eileen Hancock Hamner se había equivocado: incluso después de que cayera el cometa eran necesarios buenos administradores. A menudo Al Hardy le decía al senador que ella era la persona más útil de la fortaleza. Los hombres fuertes, granjeros, tiradores, hasta mecánicos e ingenieros no eran tan difíciles de encontrar, pero alguien que pudiera coordinar todo el esfuerzo valía su peso en oro.