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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Hace frío —le dijo el reverendo Varley—. Debería ponerse una chaqueta.

—Estoy bien. —Dio unos pasos, alejándose de él, y volvió a ver la Sierra. El hijo de Harvey estaría en aquellas montañas. Unos viajeros dijeron que los niños exploradores se desenvolvían bien allí. Se volvió de nuevo al reverendo—. Me han dicho que se puede confiar en usted.

—Así lo espero. —Como ella no dijo nada más, añadió—: Escuchar los problemas de la gente es mi principal ocupación aquí.

—Creía que su principal ocupación era rezar —dijo ella cínicamente, sin saber por qué quería herir a aquel hombre.

—Lo hago, pero eso no es una ocupación.

—No, claro.

Tom Varley era un hombre robusto y parecía mejor alimentado de lo que estaba en realidad. Mucha gente del valle le daba parte de sus propias raciones, las cuales él distribuía. Nunca decía cómo. George pensaba que daba de comer a gente de afuera, pero George no diría ni una palabra a Tom Varley. Le tenía miedo. Los sacerdotes y los magos son temidos en las sociedades primitivas.

—Ojalá éste hubiera sido realmente el Día del Juicio —dijo ella abruptamente.

—¿Por qué?

—Porque entonces tendría algún sentido. Nada de todo esto tiene sentido. Y no me hable de la voluntad de Dios y sus inescrutables razones.

—No lo haré si usted dice que no quiere oírlo, pero ¿está segura?

—Sí. Ya intenté eso y no funcionó. ¡No puedo creer en un Dios que hizo esto! Y no hay ninguna finalidad, ninguna razón para nada. —Señaló la nieve en las montañas—. Pronto vendrá el invierno y tendremos que resistir, los que podamos. Y luego vendrá otro, y otro. ¿Por qué molestarse?

No podía mirar al sacerdote, cuyos ojos de perro pastor traslucían preocupación y simpatía, y ella supo que eso era lo que había querido de él, pero ahora era insoportable. Se volvió y caminó rápidamente.

El la siguió.

—Maureen. —Ella continuó andando hacia el camino de la casa, pero el hombre se puso a su lado—. Por favor.

—¿Qué quiere? —dijo ella, mirándole—. ¿Qué puede decir? ¿Qué puedo decir yo? Todo es verdad.

—La mayoría de nosotros queremos vivir —dijo él.

—Sí. Me gustaría saber por qué.

—Usted lo sabe. También usted quiere vivir.

—No de esta manera.

—Las cosas no están tan mal...

—Usted no comprende. Creí que había encontrado algo. La vida consiste en hacer el trabajo de uno. Podía creer en eso, de veras. Pero no tengo un trabajo. Soy total y absolutamente inútil.

—Eso no es cierto.

—Es verdad. Siempre lo ha sido. Incluso antes... Antes. Simplemente existía. A veces podía ser feliz formando parte de la vida de otra persona. Podía engañarme a mí misma, pero eso tampoco servía de nada. Iba a la deriva, y no le veía a eso mucho sentido, pero tampoco estaba tan mal. Por lo menos entonces. Pero llegó el Martillo y acabó incluso con eso. Acabó con todo.

—Pero usted es necesaria aquí —dijo Varley—. Muchas de estas personas dependen de usted. La necesitan...

Ella se echó a reír.

—¿Para qué? Al Hardy y Eileen hacen el trabajo. Papá toma las decisiones. ¿Y Maureen? —Rió de nuevo—. Maureen hace a la gente desgraciada, Maureen tiene accesos de negra depresión que se extienden como la peste. Maureen se desliza furtivamente para ver a su amante y luego destruye al pobre hijo de perra al no hablarle en público porque teme que le maten, pero Maureen ni siquiera tiene redaños para dejar de hacer el amor. ¿Qué es peor que ser inútil?

Su lenguaje no produjo ninguna reacción en el sacerdote, y se avergonzó por tratar de... ¿de qué? No importaba.

—¿Ve como es verdad que se preocupa por algo? —dijo Varley—. Ese amante. Es alguien cuya vida usted quiere compartir.

La sonrisa de Maureen era amarga.

—¿No lo comprende? ¡No lo sé! Y temo averiguarlo. Quiero amar, pero no creo que pueda hacerlo, y temo incluso que sea ya imposible. Y no puedo descubrirlo porque mi trabajo consiste en ser la princesa coronada. Quizá debería casarme con George y terminar con esto.

Esta vez el sacerdote reaccionó. Pareció sorprendido.

—¿George Christopher es su amante?

—¡Dios mío, no! El es el que mataría...

—Lo dudo. George es un buen hombre.

—Desearía... Me gustaría estar segura de eso. Entonces podría averiguarlo. Podría averiguar si todavía puedo amar a alguien. Y quiero saberlo, quiero saber si el Martillo también destruyó eso. Lo siento. No debí haberle dicho todo esto. Usted no puede hacer nada.

—Puedo escuchar. Y puedo decirle que veo una finalidad en la vida. Este vasto universo no fue creado por nada. Y fue creado. No surgió por casualidad.

—¿Surgió el Martillo por casualidad?

—No lo creo.

—¿Entonces, por qué?

Varley meneó la cabeza.

—No lo sé. Quizá para conmocionar suficientemente a la clase alta de Washington y hacerle reconsiderar su vida. Tal vez sólo por eso. Por usted.

—Eso es absurdo. No puede creerlo.

—Creo que tiene un fin, pero ese fin será distinto para cada uno de nosotros.

—Será mejor que entremos. Tengo frío.

Maureen se volvió y se alejó rápidamente del sacerdote, en dirección a la casa de piedra. Pensó que aquella noche vería a Harvey, y se lo diría. Todo. Tenía que hacerlo. No podía soportar más aquella situación.

FINAL DEL VIAJE

En la inminente edad oscura, la gente sufrirá penalidades, y durante la mayor parte de su tiempo trabajará para satisfacer necesidades primarias. Unos pocos ostentarán posiciones de privilegio, y su trabajo no consistirá en... cultivar la tierra o construir refugios con sus propias manos, sino en una serie de tretas e intrigas, más sombrías y violentas que cualquiera de las que hoy conocemos, a fin de mantener sus privilegios personales...

Roberto Vacca, La próxima Edad Oscura

Sonó la alarma del cronómetro de cocina que utilizaba Tim Hamner. Este dejó el libro que estaba leyendo y tomó los prismáticos. Disponía de dos juegos de prismáticos en la cabaña donde montaba guardia. Los que acababa de coger tenían lentes potentes, para la luz del día; los otros eran mucho más grandes y no aumentaban tanto, pero recogían mucha luz y eran ideales para la observación nocturna. Hubieran sido unos lentes perfectos para observaciones astronómicas, pero ahora el cielo estaba siempre cubierto de nubes y Tim casi nunca veía las estrellas.

La cabaña había sido muy mejorada. Ahora disponía de aislamiento y la estructura de madera se encontraba reforzada. Incluso disponía de calefacción. Contenía una cama, una silla, una mesa y algunas estanterías para libros. En el dorso de la puerta había un sujetador de rifles. Tim se puso al hombro el Winchester, antes de salir, y por un breve instante le divirtió un pensamiento: ¡El, Tim Hamner, astrónomo aficionado y playboy, armado hasta los dientes para ir en busca de los malvados!

Trepó al risco, junto al cual crecía un árbol. Desde cualquier distancia, Tim sería invisible entre la frondosidad de sus ramas. Apoyado en el tronco, inició su minuciosa exploración del terreno de abajo.

Malpaso no salía en los mapas. Era el nombre dado por Harvey Randall al punto más bajo entre las colinas que rodeaban a la fortaleza. Malpaso era la ruta más probable que seguiría cualquiera que tuviera la intención de entrar a pie en terrenos del rancho, y Tim lo exploró primero. Sólo un cuarto de hora antes había mirado al mismo lugar. El cronómetro sonaba a intervalos de quince minutos, de acuerdo con la teoría de que nadie, a pie o a caballo, podía rebasar el paso y perderse de vista en menos de un cuarto de hora.

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