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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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SEXTA SEMANA: LA JUSTICIA SUPERIOR

Ninguna teoría escandalizará probablemente tanto a nuestros contemporáneos como esta: es imposible establecer un orden social justo.

Bertrand de Jouvenal, Soberanía

Alvin Hardy hizo una comprobación final. Todo estaba dispuesto. La biblioteca, la gran sala con las paredes forradas de libros donde el senador celebraba los juicios, había sido arreglada y cada cosa estaba en su sitio.

Jellison se hallaba en la sala de estar. No se encontraba bien. Al no sabía qué le ocurría a su jefe, pero parecía muy fatigado. Era cierto que trabajaba en exceso, como todo el mundo, pero el senador lo había hecho durante largas etapas en Washington y nunca tuvo tan mal aspecto.

—Todo está listo —anunció Hardy.

—Bien. Empieza —le ordenó Jellison.

Al salió de la casa. No llovía y brillaba la luz del sol. A veces el sol brillaba hasta dos horas al día. El aire estaba claro, y Hardy podía ver la nieve en las cimas de la Sierra Alta. Nieve en agosto. Ayer parecía mantenerse en el nivel de los mil ochocientos metros. Hoy, tras la tormenta de anoche, parecía más baja. La nieve avanzaba inexorablemente hacia la fortaleza.

Hardy pensó que se estaban preparando para hacerle frente. Desde el porche de la casa pudo ver una docena de invernaderos, estructuras de madera cubiertas con tela plastificada que habían encontrado en una ferretería, y cada invernadero bajo una tela de araña formada por cuerdas de nylon para impedir que el delgado plástico oscilara con el viento. No durarían más que una estación, pero aquella era la única estación que les preocupaba.

La zona que rodeaba la casa era como una colmena de actividad. Los hombres empujaban carretillas cargadas con estiércol y las volcaban en unos agujeros dentro de los invernaderos. Al pudrirse, el estiércol produciría calor, y esperaban que así los invernaderos se mantendrían calientes en invierno. La gente podría dormir en ellos, añadiendo su propio calor corporal al estiércol en putrefacción y la hierba cortada, todo cuanto pudiera mantener a las plantas en crecimiento lo bastante calientes. Hoy, bajo el brillante sol de agosto, aquellas precauciones parecían absurdas, pero ya se notaba una cierta frialdad en el aire, cuando bajaban las brisas de las montañas.

Gran parte de su esfuerzo sería en vano. En el valle no estaban acostumbrados a los huracanes y tornados, y por mucho que se esforzaran en colocar los invernaderos resguardados de los vientos pero de manera que recibieran la luz solar, no podrían evitar que a algunos de ellos se los llevara el viento. Hardy musitó que estaban haciendo lo que podían. Siempre había más quehacer, cosas en las que no habían pensado hasta que era demasiado tarde, pero sus esfuerzos deberían bastar. Por mucho que les costara, lograrían mantenerse con vida. «Eso en cuanto a las buenas noticias —se dijo Hardy—. Ahora veamos las malas.»

Un grupo de desharrapados estaba cerca del porche. Eran granjeros que querían solicitar algo, refugiados que habían logrado introducirse en la fortaleza y querían suplicar que les permitieran quedarse. Se las habían ingeniado para hablar con Al, Maureen o Charlotte para que les consiguieran una cita con el senador. Había otro grupo a bastante distancia de los solicitantes. Eran granjeros armados que custodiaban prisioneros. Hoy los presos eran sólo dos.

Al Hardy les hizo una señal a todos para que entrasen. Se sentaron en sillas bien separadas de la mesa del senador. Todos dejaron sus armas fuera de la estancia, excepto Al Hardy y los rancheros en los que éste confiaba. Al deseaba registrar a todo el que iba a ver al senador, y algún día lo haría. Pero por el momento causaría demasiados problemas. Dos hombres armados en los que Al confiaba plenamente permanecían en la habitación de al lado y vigilaban a través de pequeños agujeros ocultos entre los estantes de libros, con los rifles a punto. Al pensó que era una pérdida de trabajo y que parecía inútil, pero ¿a quién le importaba lo que pensaran los demás? Cualquiera en su sano juicio sabría que era importante proteger al senador.

Cuando todos estuvieron sentados, Al regresó a la sala de estar.

—Listo —dijo. Luego se dirigió rápidamente a la cocina.

Hoy estaba allí George Christopher en persona. Siempre asistía un miembro del clan Christopher. Los demás entraban y ocupaban el asiento reservado al representante de Christopher, y se ponían de pie cuando entraba el senador en la sala, pero no George. George entraba con el senador. No exactamente como un igual, pero no como alguien que se pondría en pie cuando el senador entrara...

Al Hardy no cambió ni una sola palabra con George. No tenía necesidad de hacerlo. Ahora el ritual estaba bien establecido. George siguió a Al hacia el salón, con su cuello bovino del color rojo vivo que sólo tienen los campesinos... Bueno, no tanto, admitió Al, pero debió haberlo sido. George se encontró con el senador y ambos caminaron juntos, detrás de Al. Todo el mundo se levantó. Al no tuvo que decir nada, lo cual le complació. Le gustaba que las cosas siguieran el rumbo que debían con precisión y suavidad, sin que pareciera que Al Hardy tenía que hacer nada.

Al se sentó ante su propio escritorio, cubierto de papeles. Frente a él había una silla vacía. Estaba reservada para el alcalde, pero éste ya nunca acudía. Al pensaba que se había cansado de la farsa, y no podía echárselo en cara. Al principio aquellos juicios se celebraban en el Ayuntamiento, lo cual daba credibilidad a la pretensión de que el alcalde y el jefe de policía eran importantes, pero ahora el senador había decidido no perder tiempo en trasladarse al pueblo...

—Pueden empezar —dijo Jellison.

La primera parte fue fácil. Al principio se otorgaban las recompensas. Dos chicos de Stretch Tallifsen habían ideado una nueva clase de ratonera, y atraparon tres docenas de pequeños merodeadores, así como una docena de ardillas listadas. Se daban premios semanales a los mejores cazadores de ratas: algunas de las últimas barras de caramelo del mundo.

Hardy miró sus papeles e hizo una mueca. El siguiente caso iba a ser más difícil.

—Peter Bonar. Acusado de acaparamiento —dijo Al.

Bonar se puso en pie. Tendría treinta años o un poco más. Llevaba una barba fina y rubia y tenía la mirada apagada, probablemente a causa del hambre.

—¿Acaparamiento, eh? —dijo el senador—. ¿Qué es lo que acapara?

—Toda clase de cosas, senador. Cuatrocientas libras de pienso para pollos. Setenta kilos de semillas de maíz. Pilas. Dos cajas de cartuchos de rifle y probablemente otras cosas que desconocemos.

Jellison parecía sombrío.

—¿Has hecho eso? —preguntó al acusado.

Este no respondió.

—¿Lo ha hecho? —preguntó Jellison a Hardy.

—Sí, señor.

—¿Tienes algo que objetar? —Jellison miró fijamente a Bonar.

—¡No tenía derecho a venir a mi casa y registrarla! ¡No tenía orden judicial!

Jellison se echó a reír.

—Lo que me extraña es cómo diablos pudieron descubrirlo.

Al Hardy lo sabía. Tenía agentes en todas partes. Hardy dedicaba mucho tiempo a hablar con la gente, y no era difícil enterarse de cosas. Pescaba a alguien en una falta y no lo denunciaba, sino que le hacía vigilar, y pronto conseguía más información.

—¿Eso es todo lo que te preocupa? —preguntó Jellison—. ¿Cómo lo descubrimos?

—El pienso es mío —dijo Bonar—. Todo ese género es mío. Lo encontramos mi mujer y yo. Lo encontramos y lo trajimos en mi camión, ¿y qué derecho tiene usted sobre él? Es mi propiedad y estaba en mi tierra.

—¿Tenías pollos? —preguntó Jellison.

—Sí.

—¿Cuántos? —Bonar no respondió y Jellison miró a los demás presentes en la sala—. ¿Cuántos tenía?

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