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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Unos pocos, señor —dijo uno de los asistentes. Era una mujer de cuarenta años que parecía tener sesenta—. Cuatro o cinco gallinas y un gallo.

—No necesitas tanto pienso para tan pocos pollos —dijo Jellison razonablemente.

—El pienso es mío —insistió Bonar.

—Y la semilla de maíz. Aquí hay gente que pasa hambre para ahorrar suficiente semilla y tener una cosecha el año próximo, y tú tienes ocultos setenta kilos. Eso es asesinato, Bonar. Asesinato.

—Eh...

—Ya conoces las reglas. Si encuentras algo, tienes que informar. Diablos, no vamos a quedarnos con todo. No vamos a coartar la iniciativa. Pero tienes que informar de inmediato para que podamos hacer nuestros planes.

—Y quedaros con la mitad o más.

—Claro. Bueno, no vale la pena seguir hablando —dijo Jellison—. ¿Alguien quiere defenderle? —Nadie respondió—. ¿Al?

Hardy se encogió de hombros.

—Tiene mujer y dos hijos, de once y trece años.

—Eso complica las cosas —dijo Jellison—. ¿Alguien quiere defender a su familia?... ¿No? —Ahora había un deje nervioso en su voz.

—Eh, usted no puede... ¡Betty no tiene nada que ver en esto!

—Sabía que tenías todo eso oculto —dijo Jellison.

—Bueno, los niños...

—Sí, los niños.

—Es el segundo delito, senador —dijo Hardy—. La última vez acaparó gasolina.

—Era mi gasolina y estaba en mi tierra.

—Hablas mucho —dijo Jellison—. Más de la cuenta. Acaparamiento. La última vez saliste bien librado. ¡Maldita sea, sólo hay una manera de convencer a la gente de que lo que digo lo digo en serio! George, ¿tienes algo que decir?

—No —respondió Christopher.

—La carretera —dijo Jellison—. Hoy a mediodía. Dejaré que Hardy decida lo que puedes llevarte. Peter Bonar, se te condena a ser abandonado en la carretera.

—¡No tiene ningún derecho a echarme de mi propia tierra! —gritó Bonar—. ¡Si me abandona, nosotros le abandonaremos! No necesitamos nada de usted...

—¡No digas sandeces! —gritó George Christopher—. ¡Ya has tenido nuestra ayuda! Comida, invernaderos, hasta te dimos gasolina mientras nos ocultabas cosas. ¡Gracias a esa gasolina pudiste traer en el camión lo que habías encontrado!

—Creo que el hermano Varley cuidará de los niños —dijo una de las mujeres—. Y de la señora Bonar también, si puede quedarse.

—¡Ella vendrá conmigo! —gritó Bonar—. ¡Y los niños también! ¡No tienen derechos a separarme de mis hijos!

Jellison suspiró. Bonar intentaba inspirar compasión, apostando a que no enviarían a su mujer y sus hijos a la carretera, y como no podían separar a los niños de Bonar... tampoco le enviarían a él. Jellison pensó que dejar a Bonar sin castigo sería como dejar una herida enconada dentro de la fortaleza. Los niños odiarían a todo el mundo. Y, además, la responsabilidad familiar era importante.

—Como quieras —dijo Jellison—. Deja que vayan con él, Al.

—¡Jesús, ten piedad! —gritó Bonar—. ¡Por favor! ¡Por el amor de Dios!

—Arregla las cosas, Al —dijo Jellison con un gran cansancio en la voz—. Ya discutiremos quién puede establecerse en esa granja.

—Sí, señor.

Hardy se dijo que el jefe odiaba aquello, pero ¿qué podían hacer? No podían encarcelar a la gente. Ni siquiera podían alimentar a los que tenían.

—¡Podrido bastardo! —gritó Peter Bonar—. ¡Cerdo hijo de perra! ¡Te veré en el infierno!

—Lleváoslo —ordenó Al Hardy. Dos de los granjeros armados hicieron salir a Bonar a empujones. El granjero aún soltaba maldiciones cuando salió. Hardy creyó oír golpes cuando llegaron al vestíbulo. No estaba seguro, pero las maldiciones se detuvieron abruptamente—. Haré que se cumpla la sentencia, señor —dijo Hardy.

—Gracias. ¿El siguiente?

—La señora Darden. Ha llegado su hijo de Los Angeles y quiere quedarse.

El senador Jellison observó la dura línea en que se había convertido la boca de Christopher George. Permaneció sentado muy erguido en su sillón de alto respaldo, y externamente parecía concentrado. En realidad, se sentía cansado y derrotado, pero no podía abandonar. Tenía que mantenerse en su sitio hasta el próximo otoño. Entonces podría descansar. El próximo otoño habría una buena cosecha. Tendría que haberla. Un año más era todo lo que pedía. Un año más, Señor.

Al menos el siguiente caso fue sencillo. Una anciana sin nadie que cuidara de ella, y se había presentado un familiar. Su hijo era uno de ellos, y George no podía oponerse. Estaba en el reglamento.

Se preguntó si podrían alimentarle el próximo invierno.

El senador miró a la anciana. Supo que, ocurriera lo que le ocurriese a su hijo, no sobreviviría hasta la primavera, y Arthur Jellison la detestó por lo que habría comido antes de morir.

NOVENA SEMANA: EL ORGANIZADOR

Sin embargo, hay que señalar, que muchos de los que ahora deploran la opresión, la injusticia y la intrínseca fealdad de la vida en una técnicamente avanzada y superpoblada sociedad, llegarán a la conclusión de que las cosas eran antes mejores cuando ellos las consideraban malas; y descubrirán que carecer de las ventajas propias de un sistema desarrollado tales como teléfono, luz eléctrica, automóviles, correo, puede ser divertido durante unos días, pero no como modo de vida.

Roberto Vacca, La próxima Edad Oscura

Harvey Randall nunca había trabajado tan duramente en toda su vida. El campo estaba lleno de pedruscos y había que extraerlos. Algunos podían ser recogidos y trasladados por uno, dos o una docena de hombres. Otros era preciso volarlos y luego acarrear sus fragmentos para construir muros bajos de piedra.

Los diseños en cruz de los muros bajos en Nueva Inglaterra y la Europa meridional siempre le habían parecido elegantes y bellos. Hasta entonces Harvey Randall no se había percatado de cuánta miseria humana estaba representada en cada uno de aquellos muros. No se habían construido para que constituyeran un adorno, ni para marcar límites, ni siquiera para que el ganado y los cerdos estuvieran apartados de los campos. Estaban allí porque costaba demasiado trabajo sacarlas de los campos, y los campos necesitaban estar libres de piedras.

Tenían que arar la mayor parte de los pastos para sembrar en ellos. Sembrar lo que fuera: cebollas, cebada, granos silvestres que crecían en las cunetas de las carreteras, lo que fuera. Las semillas escaseaban, y había que tomar la decisión de plantar para recoger más tarde o comer de inmediato.

—Es como una maldita prisión —murmuró Mark.

Harvey descargó el mazo y partió una piedra limpiamente. Aquello le produjo una agradable sensación y casi olvidó los gruñidos de su estómago. El trabajo era pesado y no había mucho que comer. ¿Hasta cuándo resistirían? La gente del senador había calculado programas dietéticos, tantas calorías por tantas horas de duro trabajo, y según los libros, los habían calculado correctamente, pero el estómago de Harvey no parecía estar de acuerdo.

—Convertir los pedruscos en piedrecitas —dijo Mark—. Un trabajo brutal para un productor asociado.

Mark cogió un extremo del fragmento que habían arrancado de la roca mientras Harvey cogía el otro extremo. Juntos trabajaban bien, y no necesitaban hablar. Llevaron la piedra al muro. Harvey paseó su mirada de experto por el muro y señaló un lugar. La piedra encajó perfectamente en el sitio que había seleccionado. Fueron en busca de otro fragmento.

Permanecieron unos segundos ociosos y Harvey miró al otro lado del campo, donde una docena de hombres despedazaban rocas y las transportaban al muro bajo. La escena podría pertenecer a varios siglos antes.

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