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La Mordaza De La Chismosa

Электронная книга - «La Mordaza De La Chismosa». Краткое содержание книги:

Mathilda Gillespie, sesenta y cinco años, ha aparecido muerta. Estaba en la bañera de su casa, con la cabeza cubierta por una peculiar mordaza, a modo de jaula, usada en la Edad Media para castigar a las mujeres chismosas: un sórdido artilugio de represión que iluminaba y al tiempo oscurecía el motivo de su muerte.
Porque la jaula, a su vez, estaba recubierta de flores, como una referencia a la Ofelia muerta de Hamlet: Shakespeare era una de las pasiones de la señora Gillespie. ¿Se podía por tanto deducir que la recargada y morbosa escenografía revelada, junto a la ausencia de signos de violencia, un suicidio? La doctora Sarah Blakeney, medica personal de la anciana y una de sus escasas amigas, no acababan de tenerlo claro. E investigaciones someras ponen de manifiesto viejos y terribles traumas familiares. Así como personas interesadas en la muerte de la señora Gillespie…
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Sarah sonrió apenas.

– Presumo que habrá comprobado dónde estaban la noche en que ella murió.

Él volvió a asentir con la cabeza.

– La señora Lascelles estaba en un concierto de Londres con una amistad; la señorita Lascelles se hallaba a cuarenta y ocho kilómetros de distancia bajo el ojo vigilante de un ama de llaves en el colegio.

Ella forzó otra sonrisa.

– Lo que las deja fuera del escenario.

– Puede que sí y puede que no. Yo nunca les doy mucha importancia a las coartadas y alguien tuvo que entrar en Cedar House. -Frunció el ceño-. Aparte de la señora Spede y la propia señora Gillespie, las dos Lascelles eran las únicas otras personas que tenían llaves.

– Está decidido a que sea un asesinato -protestó Sarah, con suavidad.

Él prosiguió como si ella no hubiese hablado.

– Hemos interrogado a todos los del pueblo. La señora Spede estaba en el pub con su marido y, por lo que respecta a los amigos de ellos, no hemos podido encontrar a nadie que estuviera en términos amistosos con la señora Gillespie, mucho menos como para hacerle una visita a eso de las nueve de un sábado de noviembre por la noche. -Se encogió de hombros-. En cualquier caso, los vecinos de ella, el señor y la señora Orloff, dicen que habrían oído el timbre si alguien hubiese llamado a la puerta. Cuando la señora Gillespie les vendió su parte de la casa, se limitó a hacer quitar el timbre de la cocina, que ahora es de ellos, y trasladarlo al corredor de arriba, que continuó siendo suyo. Si esa noche hubiese sonado, no podría haberles pasado por alto.

Sarah lo miró a los ojos.

– Entonces, parece bastante obvio que tiene que haber sido un suicidio.

– No para mí, doctora Blakeney. En primer lugar, tengo intención de poner esas dos coartadas bajo microscopio y, en segundo, si el asesino de la señora Gillespie fue alguien a quien ella conocía, podría haber llamado con un golpe en las ventanas o la puerta trasera sin que los Orloff oyeran nada. -Cerró su libreta de notas y se la metió en el bolsillo-. Lo cogeremos antes o después. Tal vez por las huellas dactilares.

– Entonces, ¿piensa continuar con el asunto? Pensaba que su jefe había decidido abandonar.

– Hemos recogido una serie de huellas dactilares en la casa que no pertenecen ni a la señora Gillespie ni a las tres mujeres que tenían llaves. Les pediremos a todos los del pueblo y a los forasteros como usted, que la conocían, que nos permitan tomarles las huellas con la finalidad de compararlas. He convencido al jefe de averiguar quién más entró allí antes de darle el carpetazo a este asunto.

– Parece estarse tomando la muerte de la señora Gillespie como algo muy personal.

– El trabajo de policía no es diferente de cualquier otro, doctora. Cuanto más alto está uno en la escalera, mejor es la jubilación al final. -Su rostro dócil se volvió cínico de repente-. Pero los ascensos tienen más que ver con la construcción de imperios que con la habilidad, y hasta el día de hoy mi luz ha estado siempre oculta por los matorrales de otro. Es verdad que me tomo como algo muy personal la muerte de la señora Gillespie. Es mi caso.

A Sarah, esto le resultó fríamente presuntuoso. Se preguntó cómo se sentiría Mathilda respecto a que un policía se aprovechara de su muerte, suponiendo, por descontado, que pudiera demostrar que se trataba de un asesinato y luego condenar al asesino. Puede que se hubiera sentido más feliz de no haber estado convencida que iba a conseguir las dos cosas.

– ¿Keith? Soy Sarah. Sarah Blakeney. ¿Se ha puesto Jack en contacto contigo, por casualidad? -Jugó con el cable del teléfono mientras oía al coche de Cooper alejándose en la distancia. Había demasiadas sombras en este vestíbulo, pensó.

– No recientemente -dijo la agradable voz de Keith Smollett-. ¿Debería de haberlo hecho?

No tenía sentido salirle con evasivas.

– Tuvimos una pelea. Le dije que quería el divorcio y se marchó hecho una furia. Dejó una nota en la que decía que podía ponerme en contacto con él a través de tí.

– ¡Oh, buen Dios, Sarah! Bueno, no puedo hacer de abogado de los dos. Jack va a tener que buscarse otro.

– Ha optado por tí. Soy yo la que tiene que buscar otro abogado.

– A la porra con eso. Mi cliente eres tú, tesoro. La única razón por la que alguna vez he hecho algo por ese vago que no sirve para nada es porque te casaste con él.

Él y Sarah eran amigos desde la época universitaria y había habido un tiempo, antes de que Jack entrara en su vida, en que el propio Keith había tenido planes con respecto a Sarah. Ahora estaba felizmente casado, tenía tres robustos hijos varones, y sólo pensaba en ella en raras ocasiones, cuando lo llamaba por teléfono.

– Sí, bueno, ése es un asunto al margen, de momento. El principal problema es que necesito hablar con él con bastante urgencia. Él se pondrá en contacto contigo así que, ¿quieres hacerme el favor de decirme dónde está en cuanto lo haga? Es desesperadamente importante. -Miró hacia las escaleras; su rostro era un pálido resplandor en la luz que se reflejaba desde la cocina. Demasiadas sombras.

– Lo haré.

– Hay algo más. ¿Cuál es mi posición legal con respecto a una investigación policial en un posible caso de asesinato? -Oyó cómo él inspiraba-. No quiero decir que yo esté implicada ni nada parecido, pero creo que se me ha dado cierta información que debería transmitir. La policía no parece estar enterada, pero es algo que se hace cada vez más delicado y es muy de segunda mano, y si no tiene ninguna importancia yo estaría traicionando una confidencia que va a afectar a unas cuantas vidas de modo bastante grave. -Se detuvo. ¿Por qué Ruth le había hablado de la carta y no se lo había contado a Cooper? ¿O le había hablado también a Cooper del asunto?-. ¿Tiene sentido algo de eso?

– No mucho. Mi consejo es que, por tu propio bien, no le ocultes nada a la policía a menos que se trate de información médica confidencial sobre un paciente. Para eso, oblígalos a pasar por los canales adecuados. Lo harán, por supuesto, pero tú estarás limpia por completo.

– La persona que me lo dijo no es siquiera paciente mía.

– Entonces no tienes ningún problema.

– Pero podría arruinar vidas si hablara a destiempo -dijo ella con tono dubitativo-. En este caso estamos hablando de ética, Keith.

– No, no hablamos de ética. La ética no sale fuera de las iglesias ni de las torres de marfil. Estamos hablando del gran mundo malo donde incluso los médicos van a la cárcel por obstruir las investigaciones de la policía. No tendrías nada a lo que agarrarte, muchacha, si resultara que has ocultado información que podría haber resultado en una condena por asesinato.

– Pero es que no estoy segura de que se trate de un asesinato. Parece un suicidio.

– Entonces, ¿por qué la voz te tiembla un par de puntos por encima de lo normal? Pareces María Callas en una noche mala. No es más que un juicio parcial, por supuesto, pero yo diría que estás un ciento por ciento segura de que te encuentras ante un asesinato, y un noventa y nueve por ciento segura de que sabes quién lo hizo. Habla con la policía.

Ella guardó silencio durante tanto tiempo que él comenzó a preguntarse si la línea no se habría cortado.

– Estás equivocado respecto al noventa y nueve por ciento -dijo al fin-. En realidad, no tengo ni idea de quién puede haberlo hecho. -Con una despedida muda, colgó.

El teléfono comenzó a sonar antes de que hubiera retirado la mano del receptor, pero tenía los nervios tan destrozados que pasaron varios momentos antes de que pudiera reunir el valor suficiente como para cogerlo.

A la mañana siguiente, el sábado, un abogado acudió desde Poole a Fontwell, con el testamento de Mathilda en un maletín. Había telefoneado a Cedar House la noche anterior para presentarse y lanzar una granada, a saber, que todos los anteriores testamentos de Mathilda quedaban anulados y sin efecto por el que había firmado en la oficina de él dos días antes de morir. La señora Gillespie le había ordenado que les diera la noticia en persona a su hija y su nieta en el plazo más breve que resultara conveniente después del funeral, y que lo hiciera en presencia de la doctora Sarah Blakeney, de Mill House, Long Upton. La doctora Blakeney estaba libre al día siguiente. ¿Las once en punto sería una hora conveniente para la señora y la señorita Lascelles?

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