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La Mordaza De La Chismosa

Электронная книга - «La Mordaza De La Chismosa». Краткое содержание книги:

Mathilda Gillespie, sesenta y cinco años, ha aparecido muerta. Estaba en la bañera de su casa, con la cabeza cubierta por una peculiar mordaza, a modo de jaula, usada en la Edad Media para castigar a las mujeres chismosas: un sórdido artilugio de represión que iluminaba y al tiempo oscurecía el motivo de su muerte.
Porque la jaula, a su vez, estaba recubierta de flores, como una referencia a la Ofelia muerta de Hamlet: Shakespeare era una de las pasiones de la señora Gillespie. ¿Se podía por tanto deducir que la recargada y morbosa escenografía revelada, junto a la ausencia de signos de violencia, un suicidio? La doctora Sarah Blakeney, medica personal de la anciana y una de sus escasas amigas, no acababan de tenerlo claro. E investigaciones someras ponen de manifiesto viejos y terribles traumas familiares. Así como personas interesadas en la muerte de la señora Gillespie…
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»Hasta ese punto le estaba agradecida. En todos los demás aspectos lo despreciaba y aborrecía. -Sonrió con frialdad-. Yo era una niña de trece años cuando me violó por primera vez.

Sarah estaba conmocionada… no sólo por lo que estaba diciendo Mathilda, sino por la forma en que lo decía. No se trataba de una Mathilda que ella reconociera. ¿Por qué estaba comportándose de modo tan brutal, tan fríamente calculador?

– Era un monstruo borracho, como mi padre, y yo los odiaba a los dos. Entre los dos destruyeron cualquier posibilidad que yo hubiese podido tener de formar una relación duradera y de éxito. Nunca he sabido si mi padre estaba enterado de lo que hacía Gerald pero, aunque lo hubiese sabido, no tengo la más mínima duda de que habría permitido que continuase por miedo a que Gerald nos expulsara de Cedar House. Mi padre era un haragán consumado que gorroneó a la familia de su esposa hasta que ella murió, y luego gorroneó a su hermano. La única vez en que lo vi trabajar fue más tarde, cuando se presentó a las elecciones para la Cámara de los Comunes, y en ese caso sólo porque veía su participación en el Parlamento como una ruta fácil para conseguir un título de caballero. Una vez elegido, por supuesto, regresó a lo que en realidad era: un hombre despreciable. -Hizo una nueva pausa y su boca descendió ante los amargos recuerdos.

»Los abusos cometidos por Gerald conmigo continuaron de modo intermitente durante doce años, momento en que, por desesperación, se lo conté a mi padre. No puedo explicar de modo adecuado por qué pasó tanto tiempo antes de que lo hiciera, excepto decir que yo vivía con un constante terror a ambos. Era una prisionera, económica y socialmente, y se me había educado, al igual que a muchas de mi generación, en la creencia de que los hombres tenían la autoridad natural dentro de una familia. Doy gracias a Dios porque esos tiempos estén ya pasando, porque ahora veo que la autoridad natural pertenece sólo a quienes se ganan el respeto de ejercitarla, sean varones o mujeres. -Hizo una pausa momentánea.

»Mi padre, por supuesto, me culpó por lo sucedido, llamándome asquerosa ramera, y se sintió poco dispuesto a hacer algo. Prefirió, como yo sabía que haría, mantener el statu quo a costa mía. Pero resultaba vulnerable. Ahora era miembro del Parlamento, y por desesperación lo amenacé con escribir al partido conservador y a los periódicos para exponer la clase de familia que en realidad eran los Cavendish. Como resultado de esto, se llegó a un compromiso. Se me permitió casarme con James Gillespie, que había declarado interés por mí, y a cambio yo consentí en no decir nada. En estas circunstancias, realizamos algunos intentos de reanudar nuestras vidas aunque mi padre, temeroso de que yo pudiera desdecirme, insistió en que el matrimonio con James se celebrara de inmediato. Le aseguró a James un puesto en el Tesoro, y nos facturó hacia un apartamento de Londres.

Esta vez se produjo un silencio más largo mientras ella miraba otra página de sus notas, al tiempo que se ajustaba las gafas.

– Por desgracia, yo ya estaba embarazada, y cuando Joanna nació menos de cinco meses después de nuestro matrimonio, incluso James, que de ningún modo era el más inteligente de los hombres, se dio cuenta de que era imposible que la niña fuese suya. La vida se volvió muy difícil después de eso. Cosa que no deja de ser razonable, él se resintió con nosotras dos, y eso llevó a estallidos de violencia siempre que él bebía demasiado. Continuamos en esta vena de infelicidad durante otros dieciocho meses hasta que, misericordiosamente, James anunció que había conseguido un puesto en el extranjero y que se embarcaba al día siguiente sin nosotras. Nunca he lamentado su partida ni me ha importado un ardite lo que le sucedió. Era un individuo muy desagradable.

Los ancianos ojos miraban directamente desde la pantalla, arrogantes y desdeñosos, pero para Sarah, al menos, había una sensación de algo encubierto. Mathilda no estaba siendo del todo sincera.

– Ahora resulta tedioso recordar las dificultades de esos meses posteriores a su partida. Baste decir que faltaba el dinero. Joanna misma experimentó problemas similares cuando murió Steven. La diferencia fue que mi padre se negó a ayudarme -ya había recibido su título de caballero y había pasado bastante agua bajo los puentes como para mitigar mis amenazas de denuncia- mientras que yo sí que te ayudé, Joanna, aunque nunca me lo has agradecido. Al final, cuando quedó claro que el desalojo estaba convirtiéndose en una posibilidad real, le escribí a Gerald, por desesperación, y le pedí que mantuviera a su hija. Esto, según conjeturo, fue lo primero que supo él de la existencia de Joanna -sonrió con cinismo-, y mi carta lo impulsó al único acto honorable de su vida. Se mató con una sobredosis de barbitúricos. La lástima es que no haya tenido la decencia de hacerlo antes. -Su voz estaba cargada de aversión.

»Se estableció un veredicto de muerte accidental, pero no puedo creer que ambas cosas no estuvieran relacionadas, en particular a la vista de la carta que le envió a su abogado, en la que hacía a Joanna heredera de todas sus propiedades.

Miró lo que obviamente era la última página de sus notas.

– Ahora viene lo que me impulsó a hacer esta película. Primero, Joanna. Me amenazaste con denunciarme públicamente si no abandonaba de inmediato Cedar House y te entregaba la herencia. No tengo ni idea de quién te sugirió que buscaras la carta de tu padre, a pesar de que -sonrió con ferocidad-, tengo mis sospechas. Pero fuiste muy mal informada por lo que respecta a tus derechos. El absurdo testamento de Gerald no podía romper el fideicomiso mediante el cual su padre le había concedido un interés de por vida sobre la propiedad, después de lo cual debía pasar al siguiente familiar varón, a saber, mi padre. Al morir, Gerald no hizo otra cosa que conferirle a su hermano y a los herederos de su hermano un interés de por vida sobre la fortuna Cavendish. También él lo sabía.

»Por favor, no imagines que su patético codicilo fuera algo más que la expiación de un hombre débil por los pecados de comisión u omisión. Tal vez era lo bastante ingenuo como para creer que mi padre haría honor a la obligación, quizá sólo pensó que Dios sería menos duro con él si mostraba voluntad de enmienda. En cualquiera de los dos casos, fue un estúpido. Tuvo, sin embargo, la sensatez de enviarme una copia del codicilo y, mediante la amenaza de acudir con ella a los tribunales para impugnar el fideicomiso, tuve la posibilidad de usarlo para influir sobre mi padre. Accedió a mantenernos a tí y a mí en Londres mientras estuviera vivo, y dejarme la herencia a mí, cosa que tenía derecho a hacer. Como ya sabes, murió al cabo de dos años, y tú y yo regresamos a Cedar House. -Sus ojos, que miraban con fijeza al objetivo, miraron a su hija.

»Nunca debiste de amenazarme, Joanna. No tenías ninguna razón para hacerlo, mientras que yo tenía todas las razones del mundo para amenazar a mi padre. Te he hecho algunas asignaciones muy generosas, en uno y otro sentido, y pienso que me he descargado de todas mis obligaciones para contigo. Si todavía no me has llevado a los tribunales cuando veas esto, entonces te aconsejo que no malgastes tu dinero cuando me haya marchado. Créeme, te he dejado más de lo que la ley te garantizó nunca por derecho.

»Ahora, Ruth. -Se aclaró la garganta.

»El comportamiento que has tenido desde que cumpliste diecisiete años, me ha espantado. No puedo encontrar forma ninguna de explicarlo ni excusarlo. Siempre te he dicho que la propiedad sería tuya cuando yo muriera. Estaba refiriéndome a Cedar House pero tú diste por sentado, sin ninguna insinuación por mi parte, que el contenido de la misma y el dinero también serían tuyos. Ésa era una falsa suposición. Mi intención ha sido siempre la de dejarle a Joanna los objetos más valiosos y el dinero, y la casa a tí. Joanna, según yo suponía, no desearía trasladarse fuera de Londres, y a tí te habría quedado la elección de vender o instalarte aquí, pero estoy segura de que habrías vendido porque la casa habría perdido el encanto una vez regularizado el asunto de las tierras. Lo poco que quedara de la propiedad nunca te habría satisfecho porque eres codiciosa como tu madre. En conclusión, sólo puedo repetir lo que le dije a Joanna: te he hecho algunas asignaciones muy generosas y pienso que me he librado de mis obligaciones para contigo. Puede que sea culpa de la endogamia, por supuesto, pero he llegado a darme cuenta de que ninguna de vosotras es capaz de tener un pensamiento decente o generoso.

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