La Mordaza De La Chismosa
- Автор: Уолтерс Майнет
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Mordaza De La Chismosa». Краткое содержание книги:
Porque la jaula, a su vez, estaba recubierta de flores, como una referencia a la Ofelia muerta de Hamlet: Shakespeare era una de las pasiones de la señora Gillespie. ¿Se podía por tanto deducir que la recargada y morbosa escenografía revelada, junto a la ausencia de signos de violencia, un suicidio? La doctora Sarah Blakeney, medica personal de la anciana y una de sus escasas amigas, no acababan de tenerlo claro. E investigaciones someras ponen de manifiesto viejos y terribles traumas familiares. Así como personas interesadas en la muerte de la señora Gillespie…
– Eso resulta todavía más deprimente -comentó Sarah, sombría-. Eso significa que uno tiene que tener hijos para conferir significado a su vida.
– Tonterías. Yo no tengo hijos pero no pienso que eso me haga en nada menos valiosa. Nuestras vidas son lo que nosotros hacemos de ellas. -No miró a Sarah mientras hablaba, y Sarah tuvo la sensación de que las palabras eran sólo palabras, sin significado-. Resulta triste -continuó Jane- que Mathilda hiciera muy poco de la suya. Nunca consiguió superar que su esposo la abandonara, y eso la amargó. Creo que pensaba que la gente se reía de ella a sus espaldas. Cosa que, por supuesto, muchos de nosotros hacíamos -admitió con sinceridad.
– Yo pensaba que era viuda. ¡Qué poco sabía en realidad de esa mujer!
Jane negó con la cabeza.
– Lo divertido es que todavía vive, así que James es su viudo. Hasta donde yo sé, nunca se molestaron en tramitar el divorcio.
– ¿Qué sucedió con él?
– Se marchó a Hong Kong a trabajar en un banco.
– ¿Cómo lo sabes?
– Paul y yo fuimos de vacaciones al Extremo Oriente alrededor de diez años después de que él y Mathilda se separasen, y nos tropezamos por accidente con él en un hotel de Hong Kong. Lo conocíamos muy bien en los primeros tiempos porque él y Paul habían pasado juntos por la guerra. -En su rostro apareció una fugaz sonrisa-. Era más feliz que un gato al sol, viviendo entre los otros expatriados, y bastante indiferente respecto a su esposa e hija que estaban aquí.
– ¿Quién las mantenía?
– Mathilda. Su padre la dejó en muy buena posición económica, lo cual he pensado a veces que fue una lástima. Habría sido una mujer diferente si hubiese tenido que usar ese cerebro suyo para mantener el hambre alejada de su casa. -Chasqueó la lengua con desaprobación-. Es malo para el carácter el que a uno se lo den todo en bandeja.
Bueno, eso era verdad, sin duda, pensó Sarah; si uno podía juzgar por Jack. Mitad y mitad, y una porra, pensó, iracunda. Antes lo vería en el infierno.
– ¿Y cuándo la dejó? ¿Hace poco?
– Qué va, no. Fue unos dieciocho meses después de que se casaran. Hace bastante más de treinta años, en cualquier caso. Durante uno o dos años recibimos cartas suyas, y luego perdimos el contacto. Para serte sincera, nos resultaba bastante tedioso. Cuando nos lo encontramos en Hong Kong se había dado a la bebida de lleno, y se ponía muy agresivo cuando se emborrachaba. Nos sentimos bastante aliviados cuando las cartas se acabaron. Nunca volvimos a saber nada de él.
– ¿Sabía Mathilda que os había escrito? -preguntó Sarah, curiosa.
– La verdad es que no lo sé. Por entonces nos habíamos trasladado a Southampton y teníamos poco que ver con ella. Los amigos comunes la mencionaban de vez en cuando, pero aparte de eso perdimos por completo el contacto. Regresamos aquí hace apenas cinco años, cuando la salud de mi pobre viejo se deterioró, y yo tomé la decisión de que el aire limpio de Dorset tenía que ser mejor para él que la basura contaminada de Southampton.
Paul Marriott sufría de enfisema crónico y su pobre esposa sufría por su estado de salud.
– Es lo mejor que podías hacer -replicó Sarah con firmeza-. Me ha dicho que se encuentra mucho mejor desde que ha vuelto a casa, a sus raíces. -Sabía por experiencias pasadas que Jane no sería capaz de dejar el tema una vez embarcada en él, y luchó para apartarla del mismo-. ¿Conocías bien a Mathilda?
Jane pensó la pregunta.
– Crecimos juntas… mi padre fue el médico de aquí durante muchos años, y Paul fue durante algún tiempo el agente político del padre de ella… sir William era miembro del Parlamento por el distrito… pero con sinceridad, no creo que conociera en absoluto a Mathilda. El problema era que nunca me cayó bien. -Adoptó un aire de disculpa-. Es desagradable decir eso de alguien que ha muerto, pero me niego a ser hipócrita al respecto. Era casi la mujer más repelente que jamás haya conocido. Nunca culpé a James por abandonarla. El único misterio era por qué se había casado con ella, para empezar.
– Por dinero -dijo Sarah, con sentimiento.
– Sí, creo que tiene que haber sido por eso -convino Jane-. Él era de nobleza pobre, heredero de nada más que un apellido, y Mathilda era hermosa, por supuesto, como Joanna. Todo el asunto fue un desastre. James aprendió con mucha rapidez que había cosas peores que la pobreza. Y el ser gobernado por una mujer regañona que tenía el control del dinero, era una de ellas. Él la odiaba.
Uno de los mensajes que había sobre el escritorio de Sarah era de Ruth Lascelles, una nota corta, presumiblemente metida por debajo de la puerta del consultorio la noche anterior. Tenía una escritura sorprendentemente infantil para una chica de diecisiete o dieciocho años de edad.
«Querida doctora Blakeney, por favor, ¿podría ir a verme a casa de la abuela mañana (viernes)? No estoy enferma pero me gustaría hablar con usted. Tengo que estar de regreso en el colegio el domingo por la noche. Dándole anticipadamente las gracias, la saluda atentamente, Ruth Lascelles.»
El otro era un mensaje telefónico del sargento detective Cooper.
«Llamada de la doctora Blakeney notificada al sargento detective Cooper esta mañana. La llamaré más tarde.»
Eran casi las tres de la tarde cuando Sara encontró por fin tiempo para acudir a Cedar House. Entró con el coche por el corto sendero de grava y aparcó delante de los ventanales del comedor que daban a la carretera por el flanco izquierdo de la casa. Se trataba de un edificio georgiano de piedra gris amarillenta, con ventanas profundas y habitaciones de techos altos. Sarah siempre había pensado que era demasiado grande para Mathilda, y muy inconveniente para una persona que, en los días malos, era poco menos que una inválida. Su única concesión a la salud deteriorada había sido la introducción de un ascensor de escalera que le permitía el acceso al piso superior. Sarah había sugerido en una ocasión que la vendiera y se trasladara a una casa de una sola planta, a lo que Mathilda había contestado que no soñaría siquiera con algo semejante.
– Mi querida Sarah, sólo las clases inferiores viven en casas de una sola planta, razón por la que siempre los llaman Mon Repos o Dunroamin. Haz lo que quieras en tu vida, pero nunca bajes de nivel.
Ruth salió cuando ella estaba abriendo la puerta del coche.
– Hablemos en el cenador -dijo de modo espasmódico.
No aguardó una respuesta, sino que se puso en camino y giró en la esquina de la casa; su cuerpo, vestido sólo con una camiseta y unas mallas, se encorvaba para defenderse del penetrante viento norte que arremolinaba las hojas otoñales en el sendero.
Sarah, mayor que ella y más susceptible al frío, cogió su gabán del asiento trasero y la siguió. De reojo, captó un atisbo de Joanna que la observaba desde las oscuras profundidades del comedor. ¿Le habría dicho Ruth a su madre que le había pedido a ella que acudiera a verla?, se preguntó Sarah mientras avanzaba pesadamente por el césped en pos de la muchacha. ¿Y por qué tanto secreto? El cenador estaba a unos buenos doscientos metros del alcance auditivo de Joanna.
Ruth estaba encendiendo un cigarrillo cuando Sarah se reunió con ella entre los restos de sillas y mesas de mimbre art decó, reliquias de una época anterior… ¿más feliz?
– Supongo que va a echarme un sermón -dijo con el ceño fruncido mientras cerraba las puertas y se dejaba caer en una silla.
– ¿Sobre qué? -Sarah ocupó otra silla y se envolvió el gabán sobre el pecho. Hacía mucho frío, incluso con las puertas cerradas.
– Por fumar.
Sarah se encogió de hombros.
– No tengo costumbre dar sermones.
Ruth la contempló con ojos malhumorados.
– Su esposo dijo que la abuela la llamaba a usted su mordaza de la chismosa. ¿Por qué iba a hacer eso si usted no la hubiese censurado por chismorrear?