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La Mordaza De La Chismosa

Электронная книга - «La Mordaza De La Chismosa». Краткое содержание книги:

Mathilda Gillespie, sesenta y cinco años, ha aparecido muerta. Estaba en la bañera de su casa, con la cabeza cubierta por una peculiar mordaza, a modo de jaula, usada en la Edad Media para castigar a las mujeres chismosas: un sórdido artilugio de represión que iluminaba y al tiempo oscurecía el motivo de su muerte.
Porque la jaula, a su vez, estaba recubierta de flores, como una referencia a la Ofelia muerta de Hamlet: Shakespeare era una de las pasiones de la señora Gillespie. ¿Se podía por tanto deducir que la recargada y morbosa escenografía revelada, junto a la ausencia de signos de violencia, un suicidio? La doctora Sarah Blakeney, medica personal de la anciana y una de sus escasas amigas, no acababan de tenerlo claro. E investigaciones someras ponen de manifiesto viejos y terribles traumas familiares. Así como personas interesadas en la muerte de la señora Gillespie…
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Sus ojos se estrecharon detrás de las gafas.

– Por lo tanto, tengo intención de dejarle todo cuanto poseo a la doctora Sarah Blakeney, de Mill House, Long Upton, Dorset, que estoy convencida de que usará con sabiduría su inesperada fortuna. Hasta el punto de que he sido capaz de sentir afecto por alguien, lo he sentido por ella.

Profirió una risa entre dientes.

– No estés enfadada conmigo, Sarah. Tengo que haber muerto sin cambiar de parecer, o no estarías mirando esto. Recuérdame por nuestra amistad y no por esta carga que he depositado sobre tí. Joanna y Ruth te odiarán, como me han odiado a mí, y te acusarán de toda clase de bestialidades, como me han acusado a mí. Pero, «lo que está hecho no puede ser deshecho», así que acéptalo todo con mi bendición y úsalo para promover algo que valga la pena en memoria mía. Adiós, querida.

«Cuando llegan las desgracias, no lo hacen como una especie singular, sino en batallones.» Me temo que el carácter de Ruth está volviéndose compulsivo, pero tengo reticencias a abordarla por miedo a lo que podría hacerme. No sería ajeno a su forma de ser el golpear a una vieja que la irrita o la frustra. Lo veo en sus ojos, una conciencia de que para ella soy más valiosa muerta que viva.

Fue dicho con verdad aquello de: «Quien muere, paga todas sus deudas».

Si supiera adonde va cada día, me ayudaría, pero ella miente sobre eso como miente acerca de todo. ¿Podría ser esquizofrenia? Desde luego, tiene la edad adecuada. Confío en que el colegio hará algo al respecto el próximo trimestre. No estoy lo bastante fuerte como para más escenas, ni dispuesta a que me culpen por lo que jamás fue culpa mía. Dios sabe que en todo esto hubo una sola víctima, y ésa fue la pequeña Mathilda Cavendish. Ojalá pudiera recordarla, aquella niña cariñosa y adorable, pero ahora es tan insustancial para mí como los recuerdos de mi madre. Fantasmas olvidados ambos, víctimas del desamor, el abuso, el abandono.

Doy gracias a Dios por Sarah. Ella me convence de que, como en el caso del triste anciano de Shakespeare, «se ha pecado más contra mí de lo que yo he pecado…»

Capítulo 5

Paul Duggan apagó el televisor y habló en el silencio.

– La grabación de vídeo, por supuesto, no tiene ningún poder legal, motivo por el cual he hecho referencia a la última voluntad y testamento escritos de la señora Gillespie. -Metió la mano en el maletín y sacó un montón de hojas de papel-. Esto son sólo copias pero el original se encuentra disponible para ser examinado en mi oficina de Hills Street. -Le entregó una copia a cada mujer-. La señora Gillespie pensó que usted podría tratar de impugnar este documento, señora Lascelles. Yo sólo puedo aconsejarle que consulte con un abogado antes de hacerlo. Por lo que respecta a la doctora Blakeney… -se volvió a mirar a Sarah-, el señor Hapgood y yo necesitaremos comentar los detalles con usted lo antes posible. Podemos ofrecerle tres mañanas de la semana que viene. La del martes, la del miércoles o la del jueves. Preferiríamos reunirnos en mi oficina, aunque acudiremos a Long Upton si fuera necesario. Comprenderá, sin embargo, que los ejecutores tienen derecho a cobrar gastos. -Le sonrió con expresión alentadora a Sarah, en espera de una respuesta. Parecía por completo inconsciente de la amenazadora hostilidad de la habitación.

Sarah reunió sus trozos esparcidos y se rehízo.

– ¿Tengo algún derecho de voto en esto?

– ¿En qué, doctora Blakeney?

– En el testamento.

– ¿Se refiere a si tiene libertad para rechazar el legado de la señora Gillespie?

– Sí.

– Existe una disposición alternativa que encontrará en la última página del documento. -Joanna y Ruth pasaron con prisa las páginas de sus copias-. Si por alguna razón no pudiera usted aceptar el legado, la señora Gillespie nos ha dado instrucciones para vender toda la hacienda y donar el producto al Seton Retirement Home para burros. Dijo que, si usted no podía o no quería aceptar el dinero, sería mejor que fuera a parar a burros merecedores de él. -Observaba a Sarah con atención y ella pensó que, al fin y al cabo, no era tan complaciente como parecía. Esperaba que esa observación provocara la reacción correcta-. ¿Martes, miércoles o jueves, doctora Blakeney? Debo señalar que resulta esencial celebrar una reunión lo antes posible. Hay que tomar en consideración el futuro de la señora Lascelles y de su hija, por ejemplo. La señora Gillespie reconoció que ellas estarían residiendo en Cedar House en el momento de leerse el testamento, y no tenía ningún deseo de que los ejecutores exigiéramos el inmediato desalojo de la propiedad. Por esta razón, y sin intención ninguna de ofender -les sonrió cordialmente a las dos mujeres-, se realizó un inventario completo de su contenido. Estoy seguro de que lo último que quiere cualquiera de nosotros es una batalla campal por lo que había en la casa en el momento de la muerte de la señora Gillespie.

– Oh, eso es jodidamente fabuloso -dijo Ruth, con tono mordaz-. Ahora nos acusa usted de robo.

– En absoluto, señorita Lascelles. Es un procedimiento corriente, se lo aseguro.

Los labios de ella se fruncieron con un gesto feo.

– ¿Qué tiene que ver nuestro futuro con nada, en cualquier caso? Pensaba que habíamos dejado de existir. -Tiró deliberadamente el cigarrillo sobre la alfombra persa y lo aplastó con el tacón.

– Según tengo entendido, señorita Lascelles, le quedan aún dos trimestres de internado antes de obtener su bachillerato. Hasta la fecha, su abuela pagaba los honorarios del colegio, pero no hay ninguna previsión hecha en el testamento para futuros gastos en su educación así que, dadas las circunstancias, el que permanezca o no en Southcliffe podría muy bien depender de la doctora Blakeney.

Joanna levantó la cabeza.

– O de mí -dijo con frialdad-. Yo soy su madre, al fin y al cabo.

Se produjo un corto silencio antes de que Ruth profiriera una ronca carcajada.

– Dios, eres una estúpida. No es de extrañar que la abuela no quisiera dejarte el dinero. ¿Con qué piensas pagar, querida madre? Nadie va a pasarte una pensión nunca más, ¿sabes?, y no supondrás que tus arreglos florales van a darte un beneficio de cuatro mil por trimestre, ¿verdad?

Joanna esbozó una leve sonrisa.

– Si yo impugno este testamento, entonces es de suponer que las cosas continuarán con normalidad hasta la resolución. -Le dirigió una mirada interrogativa a Paul Duggan-. ¿Tiene autoridad para darle el dinero a la doctora Blakeney si también lo reclamo yo?

– No -admitió él-, pero, por lo mismo, tampoco usted recibirá nada. Está poniéndome en una posición difícil, señora Lascelles. Yo era el abogado de su madre, no el suyo. Lo único que diré es que hay límites de tiempo estipulados, y la insto a que busque asesoramiento legal independiente sin demora. Las cosas, como usted dice, no continuarán con normalidad.

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