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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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– Estábamos comentando el asunto de la puerta rota -intervino el inspector Salgado, y ella se volvió hacia él rebosante de gratitud.

– Sí -respiró, aliviada. Ahí estaba en terreno seguro: su voz adoptó un tono formal y conciso-. El problema es que nadie tenía muy claro cuándo se rompió. La asistenta creía haberla visto rota cuando se fue esa tarde, pero no estaba segura. En cualquier caso, había varios petardos en la zona trasera de la casa, con toda probabilidad procedentes del jardín vecino. Sus propietarios tienen cuatro hijos, y los chicos admitieron que habían estado tirándolos parte de la tarde y de la noche.

– Ya. Al fin y al cabo era San Juan -terció el comisario-. ¡Dios! Odio esa noche. Antes era divertido, pero ahora esos monstruitos lanzan pequeñas bombas.

Leire prosiguió:

– Lo cierto es que en la casa no faltaba nada, y no había ninguna huella significativa que indicara que alguien había entrado por allí. Además…

– Además, el supuesto ladrón habría tenido que subir hasta la buhardilla para empujar al chico. ¿Y para qué? No, no tiene sentido. -El comisario hizo un gesto de fastidio.

– Con todo respeto -dijo Andreu, que había permanecido callada hasta entonces-, ese chico se cayó. O, en el peor de los casos, saltó. El alcohol afecta de manera distinta a la gente.

– ¿Hay algo que haga pensar en un suicidio? -preguntó Héctor.

– Nada destacable -respondió Leire al instante. Luego se dio cuenta de que la cuestión no iba dirigida a ella-. Perdón.

– Ya que lo ha afirmado con tanta seguridad, explíquenos por qué -le espetó el comisario.

– Bien -ella se tomó unos segundos para ordenar sus ideas-, Marc Castells había regresado a casa hacía un tiempo después de pasar seis meses en Dublín, aprendiendo inglés. Según su padre, el viaje le había sentado bien. Antes de irse había tenido algunos problemas en el instituto: faltas de asistencia, actitud negativa, incluso una expulsión de tres días del centro. Consiguió aprobar segundo de bachillerato pero no obtuvo la nota necesaria para estudiar lo que quería. Al parecer, tampoco tenía muy claro qué quería estudiar realmente, así que el inicio de la carrera se aplazó un año.

– Ya. Y lo mandaron a Irlanda a estudiar inglés. En mi época lo habrían puesto a trabajar. -El comisario no pudo evitar la nota sarcástica. Cerró el expediente-. Ya basta. Esto parece una junta escolar. Id a hablar con los padres y con la chica que durmió esa noche en la casa, y cerrad el caso. Si hace falta, interrogad al otro chico, pero ojo con los Rovira. El doctor Rovira fue tajante al manifestar que, dado que su hijo se había ido antes de que sucediera la tragedia, no estaba muy predispuesto a que se metieran en su vida. Y teniendo en cuenta que atendió los partos de los hijos de varios consellers, entre ellos el nuestro, es mejor no tocarle las pelotas. En realidad, no creo que ninguno de ellos esté muy por la labor, ya os aviso. Enric Castells dejó muy claro que, si la investigación ha terminado, quiere que los dejen en paz a todos, y en parte no puedo reprochárselo. -Su atención se centró un instante en la foto de sus hijas-. Bastante duro tiene que ser enterrar a un hijo para encima tener que soportar que la prensa y la policía metan las narices a todas horas. Yo veré a Joana la semana que viene e intentaré tranquilizarla. ¿Algo más que añadir, Castro?

Leire se sobresaltó. Ciertamente, estaba pensando en aportar un detalle del que no habían hablado.

– No estoy segura -dijo, aunque su tono transmitía lo contrario-. Quizá sea una impresión mía, pero la reacción de la chica, Gina Martí, fue… inesperada.

– ¿Inesperada? Tiene dieciocho años, se acuesta medio borracha y al despertar se entera de que su novio se ha matado. Creo que «al borde de la histeria», como usted misma la describe en su informe, es una reacción más que esperable.

– Por supuesto. Pero… -Recuperó la firmeza cuando encontró las palabras justas-. La histeria era lógica, comisario. Pero Gina Martí no estaba triste. Más bien parecía asustada.

El comisario permaneció unos instantes en silencio.

– Bueno -dijo por fin-. Ve a verla esta tarde, Héctor. Extraoficialmente, sin demasiada presión. No quiero problemas con los Castells y sus amigos -recalcó-. Que te acompañe la agente Castro. La chica ya la conoce y las adolescentes tienden a confiar más en las mujeres. Castro, llame a los Martí y avíseles de su visita. -El comisario se volvió hacia Andreu-. Espera un momento. Tenemos que hablar de esos cursillos de autodefensa para mujeres en peligro de maltrato doméstico. Ya sé que ellas están encantadas, pero ¿de verdad puedes seguir dándolos?

Salgado y Castro se miraron antes de salir: no les cabía duda de que Martina Andreu no sólo podía, sino que deseaba seguir impartiendo esos cursos.

¿estás?

aleix, tío, ¿estás?

La pantallita del ordenador indicaba que «Aleix está ausente y tal vez no responda a sus mensajes». La chica se mordió el labio inferior, nerviosa; tenía ya el móvil en la mano cuando el estado de su interlocutor pasó de ausente a ocupado. Gina soltó el móvil y pasó al teclado.

¡tengo que hablar contigo! contesta.

La respuesta apareció por fin. Un «hola» acompañado de una cara sonriente que le guiñaba el ojo. El ruido del pomo de la puerta la sobresaltó. Tuvo el tiempo justo de minimizar la pantalla antes de que el olor a perfume de su madre inundara el aire.

– Gina, cariño, me voy. -La mujer no pasó del umbral. Llevaba al hombro un bolso blanco, abierto, en el que buscaba algo mientras seguía hablando-. ¿Dónde narices estará el dichoso mando del coche? ¿No pueden hacerlos más pequeños aún? -Por fin lo encontró y entonces esbozó una sonrisa triunfal-. Cielo, ¿estás segura de que no quieres venir? -Su sonrisa flaqueó un poco al ver la carita ojerosa de Gina-. No puedes quedarte encerrada aquí todo el verano, cielo. No es bueno. ¡Mira qué día! Necesitas aire fresco.

– Te vas a L'Illa, mamá, a diez minutos de casa -rezongó Gina-. En coche. No a correr por el campo.

Por si quedaba alguna duda de que el campo no entraba en los planes de su madre, bastaba con echar una ojeada a su atuendo: vestido blanco sujeto a la cintura por un cinturón de la misma tela; sandalias blancas con el tacón justo para elevar su metro sesenta y cinco de estatura hasta un honroso metro setenta y dos; el cabello, rubio natural, brillante, rozándole los hombros. Sobre un fondo de palmeras, habría sido la imagen perfecta de un anuncio de champú.

Regina Ballester ignoró el sarcasmo. Ya hacía tiempo que se había curtido ante los comentarios mordaces de esa hija que, en pijama a la una y media de la tarde, parecía más niña que nunca. Se acercó a ella y le dio un beso en la cabeza.

– No puedes seguir así, cariño. No me voy nada tranquila, la verdad.

– ¡Mamá! -No quería empezar una discusión; esos días su madre apenas la dejaba sola y ella tenía que hablar con Aleix. Urgentemente. Así que, venciendo lo mucho que le molestaba esa intensa fragancia, se dejó achuchar, e incluso sonrió. Y pensar en que hubo un tiempo en que se echaba a esos brazos espontáneamente; ahora sentía que la ahogaban. ¡Se había echado perfume hasta en las tetas! Sonrió, con más malicia que espontaneidad-. ¿Pasarás por la tienda de bañadores? -Eso no fallaba: darle a su madre algo que hacer que incluyera las palabras «tienda» y «comprar» solía ser un pasaporte seguro a la tranquilidad. Y, aunque no podía jurarlo, las tetas perfumadas indicaban que el centro comercial era un destino secundario en los planes de su madre-. Tráeme el que vimos en el escaparate. -Teniendo en cuenta que no pensaba ir a la playa en todo el verano y que el puto bañador le importaba bien poco, consiguió dar un tono bastante convincente a la petición. E incluso insistió, en un tono de niña consentida que ella misma odiaba con todas sus fuerzas-: Va, por favor.

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