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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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Fue él quien entró en la piscina, quien le dio la vuelta y vio su carita amoratada, quien intentó inútilmente insuflar algo de aire por unos labios helados que ya se habían cerrado para siempre. Cuando se volvió, con el rostro desencajado y la niña en sus brazos, se encontró con la mirada aterrada de su sobrino. Deseó que alguien se lo llevara de allí, que le salvara de esa visión horrenda, pero Marc parecía clavado en el suelo. Y sólo entonces se dio cuenta de que algo le rozaba el cuerpo, y vio, casi sin poder creerlo, que había varias muñecas flotando en la misma agua azul.

Buscó con la mano la copa de coñac y dio otro sorbo, pero nada podía ahuyentar ese frío que no conocía estaciones. El cuerpecillo mojado de Iris, sus labios azulados. Las muñecas a su alrededor, como una corte macabra. Imágenes que ya creía haber olvidado, pero que ahora, desde la noche de San Juan, desde esa otra tragedia reciente, le acosaban con más fuerza que nunca. Nada podía hacer para combatirlas: intentaba evocar imágenes agradables, momentos felices… En Marc vivo, Marc sano y salvo, aunque con aquella mirada eternamente triste. El había hecho cuanto estaba en su mano, pero el poso de melancolía permanecía ahí, inmune a sus esfuerzos, listo para desbordarse ante el menor comentario sarcástico por parte de Enric. ¡Cuántas veces le había dicho a su hermano que la ironía no era la forma de educar a un niño! Daba lo mismo: Enric parecía no entender que el sarcasmo podía doler más que un bofetón. Aquella casa necesitaba una mujer. Una madre. Si Joana hubiera estado con ellos las cosas habrían sido distintas. Y Gloria había llegado demasiado tarde: su aparición había contribuido a suavizar la amargura de Enric, pero, con Marc, el daño ya estaba hecho. La posterior adopción de Natalia sirvió para que el nuevo círculo familiar se cerrara, excluyendo a aquel chico tímido y hosco, solitario y poco cariñoso. Su cuñada lo había intentado, aunque tal vez más llevada por un sentido del deber que por auténtica simpatía hacia Marc.

No era justo criticar a Gloria, pensó; había hecho lo que había podido en aquellos años, que para ella tampoco habían sido fáciles. Su incapacidad para concebir un hijo propio le había supuesto un calvario de pruebas médicas que culminó con un largo proceso de adopción. Esas cosas iban despacio, y aunque desde su posición él había conseguido acelerar parte de los trámites, para Gloria la espera había sido interminable. Estaba tan contenta desde que había llevado a la niña a casa. Era, en opinión de Félix, una madre perfecta. Cuando la veía con su hija, Félix se sentía en paz con el mundo. Era una sensación pasajera, pero tan reconfortante que él la buscaba tan a menudo como le era posible. Su efecto le acompañaba luego durante unas horas, disipaba otros fantasmas; gracias a momentos como ése podía seguir perdonando los pecados del mundo. Incluso podía perdonarse a sí mismo… Pero ya no: ese efecto se había desvanecido tras la muerte de Marc, como si ya nada pudiera consolarlo. La imagen de su sobrino, tendido inerte sobre las baldosas del patio, acudía a su memoria cada vez que intentaba descansar. Alguna noche incluso le veía caer, con los brazos abiertos, intentando encontrar en el aire algo a lo que asirse, y sentía su miedo mientras se acercaba el duro suelo. Otras le veía en la ventana, y atisbaba tras él la sombra de una niña de largos cabellos rubios; intentaba avisarle desde abajo, gritaba su nombre, pero no llegaba a tiempo. La sombra empujaba al chico y éste salía disparado con una fuerza casi sobrehumana antes de caer a sus pies con un ruido sordo, un crujido agónico e inconfundible, que iba seguido de una carcajada. Levantaba la cabeza y allí estaba ella: empapada como cuando la sacaron del agua, riéndose, vengándose por fin.

Jueves

Capítulo 6

Héctor nunca se había fiado mucho de quienes presumen de saber tratar las neuras humanas. No los consideraba unos farsantes ni unos irresponsables; simplemente creía improbable que un individuo, sujeto igualmente a emociones, prejuicios y manías, tuviera la capacidad de adentrarse en los vericuetos de las mentes ajenas. Y esa idea, arraigada en su interior desde siempre, no se resquebrajaba en lo más mínimo ahora que por primera vez en su vida acudía como paciente a la consulta de uno de ellos.

Observó al joven que tenía sentado al otro lado de la mesa, intentando controlar su escepticismo para no resultar mal educado, aunque al mismo tiempo no dejaba de parecerle curioso que ese chaval -sí, chaval-, recién salido de la facultad y vestido de manera informal, con téjanos y una camisa de cuadros verdes y blancos, tuviera en sus manos la carrera de un inspector de cuarenta y tres años que, de haber echado un mal polvo en la adolescencia, incluso podría ser su padre. La ocurrencia le hizo pensar en Guillermo y en la reacción de su hijo cuando, años atrás, el tutor del colegio señaló que no estaría de más llevarlo a un psicólogo que, palabras textuales, «le ayudara a abrirse a los demás». Ruth tampoco era una gran fan de los comecocos, pero ambos habían decidido que no perdían nada si accedían, aunque lo cierto era que sabían que Guillermo socializaba con quien le daba la gana y no se molestaba en hacerlo con quien no despertaba su interés. El y Ruth se habían reído durante semanas con el resultado. La psicóloga había pedido a su hijo que dibujara una casa, un árbol y una familia; Guille, que a los siete años atravesaba una fase de adoración por los cómics y ya demostraba la misma facilidad para las artes plásticas que su madre, se lanzó a la tarea con entusiasmo, aunque con su habitual vena selectiva: los árboles no le gustaban así que pasó de eso, y en su lugar dibujó un castillo medieval como casa, y a Batman, Catwoman y el Pingüino como familia. No quería imaginar a qué conclusiones llegó la pobre mujer al ver a la supuesta madre plasmada en un traje de cuero y con un látigo en la mano, pero ambos estaban seguros de que había guardado el dibujo para su tesis sobre la familia disfuncional moderna o algo parecido.

Había sonreído sin darse cuenta; lo notó en la mirada interrogante que le dirigió el psicólogo a través de unas gafas de montura metálica. Héctor carraspeó y decidió aparentar seriedad; estaba casi seguro, sin embargo, de que el chico que tenía delante aún leía cómics en sus ratos libres.

– Bueno, inspector, me alegro de que se sienta a gusto.

– Disculpe, de repente me acordé de algo. Una anécdota de mi hijo. -Se arrepintió al instante, seguro de que sacarlo a colación en ese momento no era lo más oportuno.

– Ajá. No tiene usted mucha fe en la psicología, ¿verdad?-No había hostilidad en la frase, sino más bien curiosidad honesta.

– No tengo una opinión formada al respecto.

– Pero desconfía de entrada. Está bien. Claro que lo mismo piensa mucha gente de la policía, ¿no cree?

Héctor tuvo que admitir que era cierto, pero matizó:

– Las cosas han cambiado mucho ahora. La policía ya no es vista como el enemigo.

– Exactamente. Ha dejado de ser ese cuerpo que inspira temor al ciudadano, al menos al honrado. Aunque en este país ha hecho falta tiempo para cambiar esa imagen.

A pesar del tono, neutro e imparcial, Héctor supo que se deslizaban por una pendiente pedregosa.

– ¿Quiere decir algo con eso? -preguntó. Ya no sonreía.

– ¿Qué cree que quiero decir?

– Vayamos al grano… -No pudo evitar cierta impaciencia, lo que solía traducirse en una vuelta al acento de su infancia-. Los dos sabemos qué hago acá y lo que vos tenés que averiguar. No mareemos la perdiz.

Silencio. Salgado conocía la técnica, aunque esta vez él se encontraba al otro lado.

– Está bien. Mire, no debí haberlo hecho. Si es eso lo que quiere oír, ya lo tiene.

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