La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
¿Dónde podía escribir sin peligro de ser descubierto? Hernando recorrió la gran biblioteca con la mirada: se trataba de una habitación rectangular con una puerta en cada uno de sus extremos. Entre las estanterías de los libros y las ventanas enrejadas que daban a la galería y al patio había una larga mesa con sillas y lámparas para la lectura y tres escritorios independientes. No tenía dónde esconderse. Observó una tercera puerta al fondo de la estancia, encajonada en la librería, y que daba acceso al antiguo alminar adosado a una esquina del palacio. En alguna ocasión había curioseado en el interior del alminar y lo único que encontró fue la nostalgia al imaginar al muecín llamando a la oración: se trataba de un simple torreón cuadrado, estrecho, con un machón central a cuyo alrededor, en forma circular, ascendían las escaleras que llevaban a lo alto. Debía encontrar algún sitio donde escribir, incluso si ello requería cambiar de costumbres o hacerlo fuera del palacio, en otra casa. ¿Por qué no? Extrajo el arrugado papel de su camisa y contempló el alif. Le pareció diferente a cuantas letras pudiera haber escrito hasta entonces; notó en ella una devoción de la que adolecían las demás. Hizo ademán de romper el papel, pero se arrepintió: era la primera letra que escribía tratando de representar a Dios en ella, igual que le sucedía a Arbasia con sus imágenes sagradas.
¿Dónde podía ocultar sus trabajos? Se levantó, cogió una lámpara, paseó por la biblioteca descartando posibles escondrijos y al final se encontró al pie de las escaleras del alminar. No parecía que nadie acudiese allí a menudo; los escalones estaban llenos de la arenilla que se desprendía de los viejos sillares. Aquella torre no había sido reparada en siglos, quizá por el significado que tenía para los cristianos. Empezó a ascender apoyándose en el pilar central. Algunas de sus piedras se movían. ¿Y si pudiera esconder sus papeles tras alguna de ellas? Las palpó con detenimiento para encontrar alguna que le sirviese. De repente, a mitad de la ascensión, una de las piedras cedió. Hernando acercó la lámpara: no sólo había sido la piedra; un par de ellas, en línea, habían dejado a la vista una rendija casi inapreciable. ¿Qué era aquello? Empujó con fuerza y las piedras se desplazaron: parecía una pequeña portezuela secreta que se abría a un reducido hueco abierto en el pilar.
Iluminó el interior; la lámpara temblaba en su mano y descubrió una arqueta: lo único que cabía en aquel reducido espacio. Se trataba de un arca de cuero repujado y ferreteado muy diferente a las arcas y arcones que se podían encontrar en el palacio, la mayoría de estilo mudéjar, taraceados en hueso, ébano y boj, o fabricados en Córdoba y adornados con guadamecíes. Tiró de ella para extraerla, se arrodilló en las escaleras y acercó la lámpara para examinarla: el cuero estaba muy trabajado, y entre varios motivos vegetales, entrevió un alif como el que acababa de dibujar. ¡No podía ser más que un alif!
Se acercó cuanto pudo y limpió el polvo del cuero. Tosió. Luego acercó la llama de la lámpara a los dibujos que acababa de limpiar y recorrió las letras desgastadas con la yema de sus dedos al tiempo que las leía: «Muham… Ibn Abi Amin. ¡Al-Mansur!, musitó reverentemente. Poco más podía leerse. Un escalofrío recorrió su columna vertebral. ¡Se trataba de una arqueta musulmana de la época del caudillo Almanzor! ¿Qué hacía allí escondida? Se sentó en el suelo. ¡Si pudiera abrirla!
Inspeccionó la cerradura que unía las dos láminas de hierro que recorrían la parte central de la arqueta. ¿Cómo podría abrirla? Mientras sus dedos jugueteaban sobre el cierre, la veta de hierro se desprendió suavemente del cuero al que estaba cosida con un tenue ruido a viejo y a podrido. Hernando se encontró con la cerradura en la mano. Dudó unos instantes. Volvió a arrodillarse y abrió la tapa con solemnidad.
Cuando iluminó el interior, descubrió varios libros escritos en árabe.
45
Cesare Arbasia vivía solo en una casa cerca de la catedral, donde estuvo la alcaicería. La noche en que invitó a cenar a Hernando tuvo la cortesía de evitar el tocino, así como los rábanos, los nabos o las zanahorias, que los moriscos relacionaban con la alimentación de los marranos y por tanto detestaban.
– Lo que no he podido conseguir -le confesó el pintor antes de cenar, mientras los dos tomaban una limonada en la galería que daba a un patio primorosamente cuidado- es que el carnero haya sido sacrificado de acuerdo con vuestras leyes.
– Hace mucho tiempo que no podemos permitirnos esos alimentos. Vivimos amparados por la taqiya. Dios lo comprenderá. Sólo en contadas ocasiones, en la soledad de las alquerías perdidas en los campos, algunos de nuestros hermanos pueden hacerlo.
Ambos hombres cruzaron sus miradas en silencio, oliendo el perfume de las flores en la noche de primavera. Hernando aprovechó para dar un sorbo de limonada y se dejó llevar por los aromas, con el recuerdo de otro patio similar y las risas de sus hijos mientras jugaban con el agua. Esa misma mañana había descubierto el último rostro que Arbasia había pintado en el fresco de la Santa Cena que embellecía la capilla del Sagrario. La pintura aparecía en el frontón, sobre la misma hornacina destinada a guardar el cuerpo de Cristo, el lugar principal. Hernando no pudo apartar los ojos de la figura que se sentaba a la izquierda del Señor, abrazada por Él; parecía… ¡parecía una mujer!
– Tengo que hablar contigo -le dijo con los ojos clavados en la figura de mujer.
– Espera. Aquí, no -contestó el pintor al tiempo que seguía la mirada del morisco e intuía su desconcierto.
Entonces, por primera vez, lo invitó a cenar a su casa.
Con el rumor del agua de la fuente siempre presente, charlaron un rato hasta que el maestro decidió tomar la iniciativa:
– ¿De qué querías hablarme? ¿Es sobre la pintura?
– Tenía entendido que en la última cena sólo se hallaron presentes los doce apóstoles. ¿Por qué has pintado una mujer abrazada por Jesucristo?
– Se trata de san Juan.
– Pero…
– San Juan, Hernando, no insistas.
– De acuerdo -accedió Hernando-. Escúchame entonces porque hay algo que quiero contarte. Hará cerca de un mes, encontré en el antiguo alminar del palacio del duque las copias en árabe de varios libros, junto a la nota de un escriba de la corte califal. En los dos años que he pasado en casa del duque he leído mucho sobre él. Al-Mansur, que los cristianos llamaban Almanzor, fue caudillo del califa Hisham II y el mejor general musulmán de la historia de la Córdoba musulmana. Llegó a atacar Barcelona y hasta Santiago de Compostela, en el interior de cuya catedral permitió que abrevara su caballo. De allí hizo traer hasta Córdoba las campanas, a hombros de los cristianos, para luego fundirlas y convertirlas en lámparas para la mezquita; más tarde, el rey Fernando el Santo vengó esa afrenta. -Arbasia escuchaba con atención, sorbiendo limonada-. Pero Almanzor también fue un fanático religioso, lo que le llevó a cometer verdaderas tropelías para con la cultura y la ciencia. Se da el caso de que el padre del califa, al-Hakam II, fue uno de los califas más sabios de Córdoba. Una de sus preocupaciones fue la de reunir en Córdoba el saber de la humanidad, para lo que mandó emisarios a los confines del mundo a fin de que comprasen cuantos libros y tratados científicos hallasen. Reunió una biblioteca de más de cuatrocientos mil volúmenes. ¿Te imaginas? ¡Cuatrocientos mil volúmenes! Más libros que en la biblioteca de Alejandría o en la que ahora se encuentra en la Roma de los papas.
Hernando hizo una pausa para beber y comprobar el efecto de sus palabras en el maestro, que asentía levemente, como si imaginase tal maravilla del saber.
– Pues bien -continuó-, Almanzor ordenó que, salvo los relativos a medicina y matemáticas, debían quemarse todos aquellos libros que se separasen un ápice o que no tuvieran relación con la palabra revelada; libros de astrología, de poesía, de música, de lógica, de filosofía… ¡De todas las artes y ciencias conocidas! ¡Miles de libros únicos, irrepetibles en su saber, ardieron en Córdoba! El propio caudillo los echaba a la pira.