La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– Igual que hice con vos -explicó Hernando-, también salvé la vida de una niña cristiana llamada Isabel. Se la entregué al marqués y a su hijo don Diego a las puertas de Berja. Salvé a varias personas -mintió al tiempo que miraba descaradamente a Silvestre, cuyo semblante estaba demudado. El duque escuchaba con atención-. Pero para eso tenía que parecer morisco, pues en caso contrario me hubiera sido imposible hacerlo. Algunos llegaron a saber de mí, la mayoría no. Isabel sí que me conoció y, como se trataba de una niña, la llevé adonde se encontraban los Vélez. Podéis preguntarle a ellos.
– Estás hablando del segundo marqués de los Vélez, el «Diablo Cabeza de Hierro» que luchó en las Alpujarras. Murió poco después -le comunicó el duque-. El actual marqués, el cuarto, también se llama Luis. -Hernando suspiró-. No te preocupes -le animó don Alfonso como si hubiera entendido el porqué de aquel suspiro-. Podemos confirmar tu historia. Su hijo Diego, el que le acompañaba en Berja, caballero de la orden de Santiago, sí que vive y además es pariente lejano mío. El Diablo casó con una Fernández de Córdoba. -El duque dejó transcurrir unos instantes-. Te admiro por lo que hiciste en esa maldita guerra -dijo después-. Y estoy seguro de que todos cuantos viven en esta casa comparten este sentimiento, ¿no es cierto, Silvestre?
Don Alfonso ni siquiera se volvió hacia su secretario, pero el tono imperativo de sus palabras bastó para que Silvestre entendiera que su señor no iba a tolerar más murmullos o suspicacias acerca de su amigo morisco.
– Por supuesto, excelencia -contestó el secretario.
– Pues ponte en contacto con don Diego Fajardo de Córdoba e interésate por esa niña cristiana. Yo te creo, Hernando -aclaró, dirigiéndose a él-. No necesito confirmar tu historia, pero quiero que cuando cabalgues por las Alpujarras seas recibido como lo que eres: un cristiano que arriesgó su vida por los demás cristianos. El rey no debe ver en peligro sus intereses por los posibles recelos de los cristianos viejos que habitan esos lugares.
El duque dio por finalizada una audiencia que se había prolongado mucho más tiempo del que le ocupaban otros temas, por importantes que fuesen, pero que despachaba con rapidez.
– Continuemos con los suplicantes -ordenó don Alfonso. Al instante, de algún lugar del que Hernando no llegó a ver, salió corriendo un paje de escritorio para avisar al maestresala-. No es necesario -dijo el duque interrumpiendo la carrera del pequeño.
El niño se detuvo y, extrañado, interrogó al escribano. Silvestre le hizo señas de que retornase a un pequeño banco situado en una esquina escondida y oscura, en el que se hallaba sentado otro joven paje. El mismo duque, rompiendo el protocolo, acompañó a Hernando hasta la puerta, la abrió y, delante de las sorprendidas visitas, siempre pendientes de las correrías de los pajes con sus instrucciones y mensajes, le abrazó y se despidió de él con sendos besos en las mejillas. Muchos, que no habían ocultado su desprecio a la entrada del morisco, bajaron ahora la vista mientras éste volvía a cruzar la antesala en dirección a las caballerizas.
Aún pendiente de la confirmación del hijo del marqués de los Vélez, el rumor de la ayuda prestada por Hernando a Isabel y a un número indeterminado de cristianos durante la revuelta, que crecía a medida que corría de boca en boca, se propagó tanto por la comunidad cristiana como por la morisca. Los esclavos moriscos del duque se ocuparon de ponerlo en conocimiento de Abbas y de los demás miembros del consejo, quienes encontraron en aquellas informaciones la prueba de cuantas acusaciones vertían contra el traidor.
– ¿Cómo es posible? -le gritó Aisha en una de las ocasiones en que fue a visitarla. Paseaban por la ribera del Guadalquivir en dirección al molino de Martos, cerca de las curtidurías, allí desde donde años ha, se embarcaba en La Virgen Cansada. El cabildo municipal había decidido hacer de aquella zona un lugar de esparcimiento de los cordobeses. Aisha no reparó en la gente que circulaba a su alrededor: hablaba en tono ofendido, no exento de tristeza-. ¡Nos engañaste a todos! ¡A tu pueblo! ¡Al propio Hamid!
– Sólo era una niña, madre. ¡Querían venderla como esclava! No creas en las habladurías…
– ¡Una niña igual que tus hermanas! ¿Las recuerdas? Las mataron los cristianos en la plaza de Juviles junto a más de mil mujeres. ¡Más de mil, Hernando! Y las que no fueron asesinadas terminaron vendidas en almoneda en la plaza de Bibarrambla de Granada. Miles y miles de nuestros hermanos fueron ejecutados o esclavizados. ¡El mismo Hamid! ¿Lo recuerdas?
– ¿Cómo no voy a recordar a…?
– Y Aquil y Musa… -le interrumpió su madre, gesticulando con violencia-, ¿qué hay de ellos? Nos los robaron nada más llegar a esta maldita ciudad y los vendieron como esclavos pese a ser sólo unos niños. ¡Ningún cristiano acudió en su defensa! Eran tan niños como esa…, esa Isabel de la que hablas. -Anduvieron una buena distancia en silencio-. No lo entiendo -se lamentó Aisha con voz rendida, ya cerca del molino que se introducía en el río para aprovechar la corriente y moler el grano-. Ya me costó hacerlo con lo del noble, pero ahora… ¡Traicionaste a tu pueblo! -Aisha se volvió hacia su hijo; su rostro expresaba una firmeza que él pocas veces había percibido en ella antes-. Tal vez seas el jefe de la familia… de una familia que ya no existe, tal vez seas lo único que me queda en este mundo, pero aun así, no quiero volver a verte. No quiero nada de ti.
– Madre… -balbuceó Hernando.
Aisha le dio la espalda y se encaminó al barrio de Santiago.
46
Hernando evocó todos y cada uno de los momentos vividos hacía catorce años, cuando había recorrido aquel mismo camino en dirección a Córdoba, desastrado y maltrecho, junto a miles de moriscos. Sintió de nuevo el peso de los ancianos a los que había tenido que ayudar y escuchó el eco de los lamentos de madres, niños y enfermos.
De malos modos ordenó hacer noche en la abadía de Alcalá la Real, todavía en construcción.
– Podríamos continuar un poco más -se quejó don Sancho-. En primavera los días son más largos.
– Lo sé -contestó Hernando, muy erguido, a lomos de Volador-. Pero nos detendremos aquí.
Don Sancho, el hidalgo designado por el duque para acompañar a Hernando en el viaje, torció el gesto ante las imperativas instrucciones de quien no hacía mucho era su pupilo. Los cuatro criados armados que los acompañaban, y que vigilaban la reata de mulas cargadas con sus pertenencias, cruzaron miradas de complicidad ante lo que no era más que una nueva muestra de autoridad de las muchas producidas durante las jornadas precedentes. Hernando hubiera preferido viajar solo.
La comitiva se acomodó en la abadía. El sol empezaba a ponerse y el morisco pidió que le aparejasen de nuevo a Volador y, solo, al paso, observado por las gentes de la villa, descendió del cerro donde estaban fortaleza y abadía, con las extensas tierras de cultivo a sus pies y Sierra Nevada en la lejanía. Al abandonar la medina y encontrarse en campo abierto, espoleó a Volador. El caballo corcoveó con alegría, como si agradeciera el galope que le pedía su jinete tras las largas, lentas y tediosas jornadas en que había tenido que acompasar su ritmo al de las mulas.
A Hernando no le costó identificar el llano donde pasaron la noche en su éxodo a Córdoba, pero sí encontrar la acequia en la que Aisha lavó a Humam después de arrancar su cadáver de brazos de Fátima. No podía estar muy lejos del campamento. Cabalgó por los campos atento a las acequias que los regaban. No habían señalado la tumba del pequeño; lo enterraron en tierra virgen, sólo envuelto por el triste silencio de Fátima y el monótono canturreo de Aisha.
Creyó adivinar el lugar, cerca de un hilo de agua que aún corría igual que entonces. Se lo debía, pensó. Se lo debía a Fátima y a sus hijos, a quienes ni siquiera había podido enterrar; se lo debía a sí mismo. La tumba de aquel niño muerto era el único resto que le quedaba de su esposa y sus hijos, que, igual que Humam, habían nacido del vientre de Fátima. Hernando desmontó frente a un pequeño túmulo de piedras que el paso del tiempo no había logrado esconder, seguro de que bajo esa tierra reposaba el cadáver del hijo de Fátima. Miró a uno y otro lado: no se veía a nadie; sólo se oía la respiración del caballo a sus espaldas. Ató a Volador a unos matorrales y se dirigió a la acequia, donde se lavó lenta y cuidadosamente. Contempló los destellos rojizos del sol crepuscular, se quitó la capa y se postró sobre ella, pero cuando iniciaba las oraciones, se le formó un nudo en la garganta y rompió a llorar. Sollozó mientras trataba de cantar las suras hasta que el color ceniciento del cielo le indicó que era momento de poner fin a la oración de la noche.