El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
El rostro de Khouri estaba muy cerca del suyo. Podía verle cada poro, y al estar tan cerca podía mirarla a los ojos sin tener la sensación de que los estaba clavando en ella.
—Dolerá. ¿Te dieron una buena paliza?
—Nada que tus amigos de abajo no me hayan hecho antes. Sobreviviré, creo. —Hizo una mueca—. Fueron bastante implacables.
—No se les dio ninguna orden especial, solo el chivatazo habitual. Lo siento, pero tenía que ser así. Si un solo detalle de tu arresto parece orquestado, estamos acabados.
—¿Te importa si me siento?
Khouri lo ayudó a llegar a una silla.
—Siento que se haya tenido que herir también a otras personas.
Thorn recordó a los policías que arremetieron contra la mujer de la mala dentadura.
—¿Puedes asegurarte de que todos salgan bien de esta?
—No detendrán a nadie. Forma parte del plan.
—Hablo en serio. Esas personas no merecen sufrir solo porque tuviera que haber testigos, Ana.
Ella le aplicó más desinfectante.
—Van a sufrir un huevo más si esto no funciona, Thorn. Nadie pondrá un pie en esas lanzaderas a menos que confíen en ti para que los guíes. Merece la pena sufrir un poco ahora si eso significa no morir más tarde. —Como si quisiera enfatizar su argumento, Khouri le apretó la bolita de algodón contra la ceja. Thorn gruñó al sentir el incómodo pinchazo.
—Esa es una forma muy fría de ver las cosas —dijo—. Empiezo a pensar que has pasado más tiempo con esos ultras de lo que me has dicho.
—No soy ninguna ultra, Thorn. Yo los utilicé a ellos. Ellos me utilizaron a mí. Eso no nos convierte en lo mismo. —Cerró el botiquín y lo volvió a meter con brusquedad en el escritorio—. Intenta tener eso presente, ¿quieres?
—Lo siento. Es solo que todo este puñetero asunto es tan brutal, joder… Estamos tratando a la gente de este planeta como si fueran ovejas, pastoreándolas a donde sabemos que es mejor para ellos. No confiamos en que sean capaces de tomar sus propias decisiones.
—No tienen tiempo para tomar una decisión, ese es el problema. Me encantaría hacer esto de una forma democrática, de verdad. Nada me gustaría más que tener la conciencia tranquila. Pero eso no es posible. Si la gente supiera lo que les va a pasar, que lo que les espera, aparte de permanecer en este puto planeta condenado, es un viaje a una nave estelar que resulta que ha sido consumida y transformada por el cuerpo de su antiguo capitán, infectado por la plaga, y que, por cierto, resulta que es un asesino completamente desquiciado, ¿crees que va a haber una estampida para llegar a esos trasbordadores? Si a eso le añadimos que la que despliegue la alfombra roja cuando lleguen allí será la triunviro Ilia Volyova, la figura más odiada de Resurgam, yo creo que habrá un montón de personas que digan: «gracias, pero no, gracias». ¿No te parece?
—Por lo menos habrán tomado su propia decisión.
—Ya. Menudo consuelo va a ser ese cuando contemplemos cómo los incineran. Lo siento, Thorn, pero ahora pienso hacerlo en plan zorra y ya me preocuparé por la ética más tarde, cuando hayamos salvado unas cuantas vidas.
—No los salvarás a todos ni siquiera si funciona tu plan.
—Lo sé. Podríamos, pero no lo haremos. Es inevitable. Hay doscientas mil personas ahí fuera. Si empezáramos ahora, podríamos sacarlos a todos de este planeta en seis meses, aunque es más probable un año, dadas todas las variables. Pero incluso así, quizá no sea tiempo suficiente. Creo que tendré que considerarlo un éxito si salvamos solo a la mitad. Quizá menos, no lo sé. —La mujer se frotó la cara, de repente parecía mucho más vieja y cansada que antes—. Estoy intentando no pensar en lo mal que podría ir todo.
Sonó el teléfono negro de su escritorio. Khouri lo dejó sonar unos segundos con un ojo puesto en el cilindro plateado. Las luces siguieron de color verde. Le hizo un gesto a Thorn para que se quedara callado y cogió el pesado auricular negro que luego apoyó en un lado de la cabeza.
—Vuilleumier. Espero que sea importante. Estoy entrevistando a un sospechoso en la investigación sobre Thorn.
La voz del otro lado del teléfono le contestó algo. Khouri dejó escapar un suspiro y luego cerró los ojos. La voz siguió hablando. Thorn no oía ninguna de las palabras que se pronunciaban, pero le llegó lo suficiente del tono para que quedara clara una cierta desesperación creciente. Al parecer, alguien estaba intentando explicar algo que había salido muy mal. La voz alcanzó un crescendo y luego se quedó callada.
—Quiero los nombres de los implicados —dijo Khouri y luego devolvió el auricular a la horquilla.
Luego miró a Thorn.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Han matado a alguien, cuando la policía interrumpió la reunión. Murió hace unos minutos. Una mujer…
Él la detuvo.
—Sé a quién te refieres.
Khouri no dijo nada. El silencio llenó la habitación, amplificado y atrapado por las masas de papeleo que los rodeaban; vidas anotadas y documentadas con una precisión paralizadora, y todo con el fin de suprimirlas.
—¿Sabías su nombre? —preguntó Khouri.
—No. Solo era una seguidora. Solo era alguien que quería encontrar la forma de abandonar Resurgam.
—Lo siento. —Khouri estiró el brazo por encima del escritorio y le cogió la mano—. Lo siento. Hablo en serio, Thorn. No quería que empezara así.
A pesar de sí mismo, él lanzó una carcajada que sonaba a falsa.
—Bueno, lo consiguió, ¿no? Lo que quería. Una forma de salir de este planeta. Ha sido la primera.
25
Embutida en una coraza negra, Skade recorrió a grandes zancadas la nave que ahora era suya por completo. De momento estaban a salvo, tras haber pasado desapercibidos por el último anillo de defensas del perímetro demarquista. Ya no había nada entre la Sombra Nocturna y su destino, salvo años luz vacíos.
Skade frotó los dedos de acero contra la capa metálica del pasillo, le encantaba la lustrosa conjunción de cosas artificiales. Durante un tiempo la nave había llevado el hedor de propietario de Clavain, e incluso después de su deserción había tenido que vérselas con Remontoire, el simpatizante y aliado de Clavain. Pero ahora habían desaparecido los dos y ella podía considerar suya por derecho propio la Sombra Nocturna. Podía, si eso quería, cambiarle el nombre y darle otro de su gusto, o quizá desechar la idea entera de darle un nombre a la nave, algo tan firmemente opuesto al pensamiento combinado. Pero Skade pensó que había un placer perverso en mantenerlo. Sería divertido volver la valiosa arma de Clavain contra él, y esa diversión sería todavía más dulce si esa arma aún llevaba el apelativo que él le había conferido. Sería la humillación definitiva, una generosa compensación por todo lo que le había hecho.
Y sin embargo, a pesar de todo lo que despreciaba lo que él había hecho, no podía negar que se estaba acostumbrando al nuevo estado de su cuerpo de un modo que la habría alarmado semanas antes. Su coraza se estaba convirtiendo en ella. Admiraba su forma en el destello de mamparas y portales. La torpeza final ya había desaparecido, y en la privacidad de su alojamiento pasaba largas horas divirtiéndose con asombrosos trucos de fuerza, destreza y malabarismos. La coraza estaba aprendiendo a anticipar sus movimientos, a liberarse de la necesidad de esperar a que las señales se arrastrasen columna arriba o abajo. Skade tocaba fugas en un holoclavicordio con una mano, a la velocidad del rayo; sus dedos enfundados en guanteletes se convertían en una mancha borrosa de metal, tan rápida y letal como una trilladora. La Tocata en re, de alguien llamado Bach, se derrumbaba bajo su dominio. Se convertía en un rápido estallido de sonido, como el fuego de una pistola de repetición, que requería un postproceso neuronal para separarlo y convertirlo en algo parecido a la música.