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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]

Электронная книга - «La reina en el palacio de las corrientes de aire [Luftslottet som sprängdes - es]». Краткое содержание книги:

Los lectores que llegaron con el corazón en un puño al final de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina quizás prefieran no seguir leyendo estas líneas y descubrir por sí mismos cómo sigue la sene y, sobre todo, qué le sucede a Lisbeth Salander.
Como ya imaginábamos, Lisbeth no está muerta, aunque no hay muchas razones para cantar victoria: con una bala en el cerebro, necesita un milagro, o el más habilidoso cirujano, para salvar la vida. Le esperan semanas de confinamiento en el mismo centro donde un paciente muy peligroso sigue acechándola: Alexander Zalachcnko, Zala. Desde la cama del hospital, y pese a su gravísimo estado, Lisbeth hace esfuerzos sobrehumanos para mantenerse alerta, porque sabe que sus impresionantes habilidades informáticas han a ser, una vez más, su mejor defensa.
Entre tanto, con una Erika Berger totalmente inmersa en las luchas de poder y las estrategias comerciales del poderoso periódico Svenska Morgon-Posten, en horas bajas tras el descenso de las ventas y de los anunciantes, Mikael se siente muy solo. Quizás Lisbeth le haya apartado de su vida, pero a medida que sus investigaciones avanzan y las oscuras razones que están tras el complot contra Salander van tomando forma, Mikael sabe que no puede dejar en manos de la Justicia y del Estado la vida y la libertad de Lisbeth. Pesan sobre ella durísimas acusaciones que hacen que la policía mantenga la orden de aislamiento, así que Kalle Blomkvist tendrá que ingeniárselas para llegar hasta ella, ayudarla, incluso a su pesar, y hacerle saber que sigue allí, a su lado, para siempre.
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Dos semanas antes del juicio contra Lisbeth Salander, Christer Malm terminó la maquetación del libro de trescientas sesenta y cuatro páginas que llevaba el austero título de La Sección. El fondo de la portada era a base de tonos azules. Las letras en amarillo. En la parte baja, Christer Malm había colocado los retratos -en blanco y negro y del tamaño de un sello- de siete primeros ministros suecos. Sobre ellos flotaba la imagen de Zalachenko. Christer había usado la foto de pasaporte de éste como ilustración y le había aumentado el contraste, de modo que las partes más oscuras se veían como una especie de sombra que cubría toda la portada. No se trataba de ningún sofisticado diseño, pero resultaba eficaz. Como autores, figuraban Mikael Blomkvist, Henry Cortez y Malin Eriksson.

Eran las cinco y media de la mañana y Christer Malm llevaba toda la noche trabajando. Estaba algo mareado y sentía una imperiosa necesidad de irse a casa y dormir. Malin Eriksson lo acompañó en todo momento corrigiendo, una por una, las páginas que Christer iba aprobando e imprimiendo. Ella ya se encontraba durmiendo en el sofá de la redacción.

Christer Malm metió en una carpeta el documento, las fotos y los tipos de letra. Inició el programa Toast y grabó dos cedes. Uno lo puso en el armario de seguridad de la redacción. El otro lo recogió un somnoliento Mikael Blomkvist poco antes de las siete.

– Vete a casa a dormir -dijo.

– Eso es lo que voy a hacer -contestó Christer.

Dejaron que Malin Eriksson continuara durmiendo y conectaron la alarma de la puerta. Henry Cortez entraría a las ocho, en el siguiente turno. Se despidieron ante el portal levantando las manos y chocándolas en un high five.

Mikael Blomkvist se fue andando hasta Lundagatan, donde, una vez más, cogió prestado sin permiso el olvidado Honda de Lisbeth Salander. Le llevó personalmente el disco a Jan Köbin, el jefe de Hallvigs Reklamtryckeri, cuya sede se hallaba en un discreto edificio de ladrillo situado junto a la estación de trenes de Morgongåva, a las afueras de Sala. La entrega era una misión que no deseaba confiarle a Correos.

Condujo despacio y sin agobios y se quedó un rato mientras los de la imprenta comprobaban que el disco funcionaba. Confirmó con ellos una vez más que el libro estaría para el día en que empezaba el juicio. El problema no era la impresión sino la encuademación, que podía llevarles más tiempo. Pero Jan Köbin le dio su palabra de que al menos quinientos ejemplares de una primera edición de diez mil se entregarían en la fecha prometida. El libro saldría en formato bolsillo aunque un poco más grande del habitual.

Mikael también se aseguró de que todos entendieran que la confidencialidad debía ser total. Cosa que, a decir verdad, resultaba innecesaria: dos años antes y bajo circunstancias similares, Hallvigs imprimió el libro de Mikael sobre el financiero Hans-Erik Wennerström. De modo que ya sabían que los libros que venían de la pequeña editorial de Millennium prometían algo fuera de lo normal.

Luego Mikael regresó a Estocolmo conduciendo sin ninguna prisa. Aparcó delante de su vivienda de Bellmansgatan y subió un momento a su casa para coger una bolsa en la que metió una muda de ropa, la maquinilla de afeitar y el cepillo de dientes. Continuó hasta el embarcadero de Stavsnäs, en Värmdö, donde aparcó y cogió el ferri hasta Sandhamn.

Era la primera vez desde Navidad que pisaba la casita. Abrió los postigos de las ventanas, dejó entrar aire fresco y se tomó una botella de Ramlösa. Como le sucedía siempre que terminaba un trabajo y enviaba el texto a la imprenta -cuando ya nada se podía cambiar-, se sintió vacío.

Luego se pasó una hora barriendo, quitando el polvo, limpiando la ducha, poniendo en marcha la nevera, controlando que el agua funcionara y cambiando las sábanas del loft dormitorio. Fue al supermercado ICA y compró todo lo que iba a necesitar para el fin de semana. Luego encendió la cafetera y se sentó en el embarcadero de delante de la casa a fumarse un cigarrillo sin pensar en nada concreto.

Poco antes de las cinco bajó al embarcadero del barco de vapor para ir a buscar a Monica Figuerola.

– No creía que pudieras cogerte el día libre -le dijo antes de besarla en la mejilla.

– Yo tampoco. Pero le conté a Edklinth la verdad. Durante las últimas semanas he estado trabajando día y noche, y ya empiezo a ser ineficaz. Necesito dos días libres para recargar las pilas.

– ¿En Sandhamn?

– No le he dicho adánde pensaba ir -dijo ella, sonriendo.

Monica Figuerola dedicó un rato a husmear por la casita de veinticinco metros cuadrados de Mikael Blomkvist. El rincón de la cocina, el espacio para la higiene y el loft dormitorio fueron objeto de un examen crítico antes de dar su aprobación con un movimiento de cabeza. Se lavó un poco y se puso un fino vestido de verano mientras Mikael Blomkvist preparaba unas chuletas de cordero en salsa de vino tinto y ponía la mesa en el embarcadero. Cenaron en silencio mientras contemplaban el trasiego de barcos de vela que iban al puerto deportivo de Sandhamn o venían de él. Compartieron una botella de vino.

– Es una casita maravillosa. ¿Es aquí adonde traes a todas tus amiguitas? -preguntó Monica Figuerola de repente.

– A todas no. Sólo a las más importantes.

– ¿Erika Berger ha estado aquí?

– Muchas veces.

– ¿Y Lisbeth Salander?

– Ella estuvo aquí unas cuantas semanas cuando escribí el libro sobre Wennerström. Y también durante las fiestas de Navidad de hace dos años.

– ¿Así que tanto Berger como Salander son importantes en tu vida?

– Erika es mi mejor amiga. Llevamos más de veinticinco años siendo amigos. Lisbeth es una historia completamente distinta. Ella es muy especial y la persona más asocial que he conocido jamás. Se puede decir que la primera vez que la vi me causó una profunda impresión. La quiero mucho. Es una amiga.

– ¿Te da pena?

– No. Una buena parte de todo ese montón de mierda que le ha caído encima se lo ha buscado ella. Pero siento una gran simpatía hacia ella. Sintonizamos.

– Pero ¿no estás enamorado de ella ni de Erika Berger?

Mikael se encogió de hombros. Monica Figuerola se quedó contemplando a un tardío fueraborda Amigo 23 que, con las luces encendidas, pasó ronroneando de camino al puerto deportivo.

– Si amor significa querer mucho a alguien, entonces supongo que estoy enamorado de varias personas -dijo.

– ¿Y ahora de mí?

Mikael asintió. Monica Figuerola frunció el ceño y lo miró.

– ¿Te molesta? -preguntó Mikael.

– ¿Que hayas traído a otras mujeres antes? No. Pero me molesta no saber muy bien qué es lo que está pasando entre nosotros. Y no creo que pueda mantener una relación con un hombre que va por ahí tirándose a quien le da la gana…

– No pienso pedir disculpas por mi vida.

– Y yo supongo que, en cierto modo, me gustas porque eres como eres. Me gusta acostarme contigo porque no hay malos rollos ni complicaciones y me siento segura. Pero todo esto empezó porque cedí a un impulso loco. No me ocurre muy a menudo y no lo tenía planeado. Y ahora hemos llegado a esa fase en la que yo soy una de las mujeres a las que traes aquí.

Mikael permaneció callado un instante.

– No estabas obligada a venir.

– Sí. Tenía que venir. Joder, Mikael…

– Ya lo sé.

– ¡Qué desdichada soy! No quiero enamorarme de ti. Me va a doler demasiado cuando termine.

– Esta casita la heredé cuando murió mi padre y mi madre volvió a Norrland. Lo repartimos todo de manera que mi hermana se quedó con el piso y yo con esto. Hace ya casi veinticinco años…

– Ajá.

– Aparte de unos cuantos conocidos ocasionales a principios de los años ochenta, son exactamente cinco las chicas que han estado aquí antes que tú. Erika, Lisbeth, mi ex esposa, con la que estuve casado en los años ochenta, una chica con la que salí en plan serio a finales de los noventa, y una mujer algo mayor que yo que conocí hace dos años y a la que veo de vez en cuando. Son unas circunstancias un poco especiales…

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