La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
La apariencia de Eliza y la personalidad adjudicada a ella son esbozos tomados del natural. La fidelidad, piedad y honradez del tío Tom tuvieron más de un original, conocidos por ella personalmente. Algunos de los incidentes más profundamente trágicos y heroicos y algunos de los más crueles tienen su paralelo en la realidad. El caso de la madre que cruzó el río Ohio sobre el hielo es un hecho conocido por muchos. La historia de «la vieja Prue» del segundo volumen fue un suceso que vio personalmente el hermano de la escritora mientras trabajaba de cobrador para una gran firma mercantil de Nueva Orleáns. El personaje del plantador Legree procedió de la misma fuente. Al hablar de una visita que hizo a su plantación durante un viaje de recaudación, su hermano escribió lo siguiente: «Hasta me obligó a tocarle el puño, que era como el martillo de un herrero o una bola de hierro, y me dijo que estaba "endurecido de derribar a los negros". Cuando abandoné la plantación, suspiré con alivio, sintiéndome como si me hubiera escapado de la madriguera de un ogro.»
Existen testigos vivos que pueden dar fe del trágico sino del tío Tom, que ha tenido paralelo muchas veces en toda nuestra tierra. Recuerden que en todos los estados del sur es un principio de la jurisprudencia que una persona de extracción negra no puede testificar en un juicio contra un blanco, y es fácil ver que un caso así puede ocurrir allí donde haya un hombre cuyas pasiones son más fuertes que sus intereses y un esclavo con hombría suficiente para resistirse a su voluntad. De hecho, no hay nada que proteja la vida del esclavo excepto el carácter de su amo. De vez en cuando llegan a oídos del público hechos demasiado espantosos para contemplarlos, y los comentarios que provocan son a menudo más espantosos aún que el hecho en sí. Se dice: «Es muy probable que tales hechos ocurran de vez en cuando, pero no son una muestra del proceder general.» Si las leyes de Nueva Inglaterra dispusieran que un amo podía de vez en cuando torturar a un esclavo hasta matarlo, ¿serían vistas con la misma compostura? ¿Se diría: «Éstos son casos poco frecuentes, y no una muestra del proceder general»? Esta injusticia es inherente al sistema de esclavitud, que no puede existir sin ellas.
La vergonzosa venta pública de muchachas mulatas y cuarteronas ha adquirido triste fama gracias a los incidentes que siguieron a la captura de la Pearl. Lo siguiente es un extracto de la declaración del honorable Horace Mann, uno de los abogados de la defensa en aquel caso. Dice: «Entre el grupo de setenta y seis personas que en 1848 intentaron escapar del Distrito de Columbia en la goleta Pearl y a cuyos oficiales ayudé a defender, había varias muchachas jóvenes y sanas que tenían esos peculiares atractivos de cuerpo y facciones que tanto aprecian los entendidos. Elizabeth Russel era una de ellas. Cayó inmediatamente en las garras del tratante de esclavos e iba destinada al mercado de Nueva Orleáns. Los corazones de los que la vieron se conmovieron de pena por su suerte. Ofrecieron mil ochocientos dólares para redimirla, y a alguno de los que lo ofrecieron le quedaría poco después de darlo, pero la fiera del tratante era inexorable. Fue despachada a Nueva Orleáns; pero, a mitad de camino hacia allí, Dios se apiadó de ella dándole muerte. Había dos muchachas llamadas Edmundson en el mismo grupo. Cuando estaban a punto de ser enviadas al mismo mercado, la mayor de las hermanas se jugó la vida yendo a suplicar al desgraciado de su amo que, por el amor de Dios, se compadeciera de sus víctimas. Él se burló de ella diciéndole que iban a tener bonitos vestidos y espléndidos muebles. "Sí", dijo ella, "eso está muy bien en esta vida, pero ¿qué será de nosotras en la próxima?". A ellas también las enviaron a Nueva Orleáns pero después fueron redimidas, a un precio exorbitante, y llevadas de vuelta.» ¿No está claro, entonces, que la historia de Cassy y Emmeline puede tener muchas analogías?
La justicia también obliga a la autora a decir que la imparcialidad y la generosidad atribuidas a St. Clare tampoco carecían de parangón, como se puede deducir de esta anécdota. Hace unos años, un joven caballero del sur se encontraba en Cincinnati con un criado favorito, que había sido su asistente personal desde la niñez. El joven esclavo aprovechó la oportunidad para procurar su libertad, huyendo a ponerse bajo la protección de un cuáquero bastante conocido por casos semejantes. El amo se indignó muchísimo. Siempre había tratado al esclavo con tanta indulgencia y tenía tanta confianza en su afecto que creía que alguien le había debido de influir para inducirle a sublevarse contra él. Fue muy airado a visitar al cuáquero, pero, al ser extraordinariamente imparcial y justo, los argumentos y las exposiciones de éste enseguida lo aplacaron. Nunca había oído los argumentos de los otros implicados en el tema de la esclavitud y nunca había pensado en ellos; inmediatamente le dijo al cuáquero que si el esclavo estaba dispuesto a decirle a su propia cara que quería ser libre, lo emanciparía en el acto. Así que se concertó una entrevista y a Nathan le preguntó su joven amo si tenía motivos para quejarse de cualquier aspecto del trato recibido.
– No, amo -dijo Nathan-. Siempre se ha portado usted bien conmigo.
– Entonces, ¿por qué quieres dejarme?
– El amo podría morir, y ¿de quién sería yo entonces? Preferiría ser un hombre libre.
Después de unos minutos de deliberación, el joven amo respondió:
– Nathan, en tu lugar creo que sentiría lo mismo que tú. Eres libre.
Le preparó enseguida los papeles de la manumisión, puso una cantidad de dinero en manos del cuáquero para que lo utilizase juiciosamente para ayudarle a buscarse un futuro y dejó una carta muy sensata y amable con consejos para el joven libre. La autora tuvo en su poder esa carta durante algún tiempo.
La autora espera haber hecho justicia al retratar la nobleza, generosidad y humanidad que caracterizan en muchos casos a individuos del sur. Estos ejemplos nos libran de desesperar absolutamente de nuestros semejantes. Pero, pregunta a cualquier persona que conozca el mundo, ¿tales personajes son corrientes en algún lugar?
Durante muchos años de su vida, la autora evitó toda lectura y alusión al tema de la esclavitud por considerarlo demasiado doloroso para indagar en él y por creer que la ilustración y la civilización crecientes sin duda la abolirían. Pero a partir de la ley de 1850, cuando oyó, con enorme sorpresa y consternación, a personas cristianas y humanitarias recomendar que, como obligación de buenos ciudadanos, se devolvieran a la esclavitud a los esclavos fugados; cuando oyó en todas partes a personas amables y bondadosas de los estados libres del norte deliberar y debatir sobre cuál debía de ser el deber cristiano en esta cuestión, sólo pudo pensar: «Estos hombres cristianos no pueden saber en qué consiste la esclavitud; si lo supieran, esta cuestión no se prestaría a la discusión.» Y de allí nació el deseo de presentarla como una auténtica realidad dramática. Ha intentado mostrarla con justicia, con sus aspectos mejores y peores. En el mejor aspecto, puede que haya tenido éxito; pero, ¡ay!, ¿quién puede decir qué queda sin contar aún en el valle y las tinieblas de la muerte, que están al otro lado?
A vosotros, generosos y nobles hombres y mujeres del sur, a vosotros, cuya virtud, magnanimidad y pureza de carácter son mayores por la terrible prueba por la que han pasado, a vosotros dirige su súplica. En el fondo de vuestras almas, en vuestras conversaciones secretas, ¿no habéis pensado que hay miserias y penas en este maldito sistema que van mucho más allá de lo que aquí se refleja, o de lo que es posible reflejar? ¿Puede ser de otro modo? ¿Se puede confiar al hombre, acaso, un poder totalmente irresponsable? ¿Y no es cierto que el sistema de la esclavitud, al negar al esclavo el derecho de testificar, convierte a cada amo individual en déspota irresponsable? ¿Existe alguien incapaz de darse cuenta de cómo va a acabar? Si es verdad que existe, como lo reconocemos, un sentimiento público entre vosotros, hombres de honor, justicia y humanidad, ¿no hay otro tipo de sentimiento público que existe entre los rufianes, los brutales y los degenerados? Y, según la ley de esclavos, ¿no pueden los rufianes, los brutales y los degenerados poseer a tantos esclavos como los mejores y los más puros? En algún lugar del mundo, ¿son mayoría los honorables, los justos, los nobles y los compasivos?